domingo, 22 de mayo de 2016

Mi Alien y yo (Una convivencia imposible) Capítulo 6

6

La habitación 315. Nuevos problemas y esperas.

         Lo de la tarde se había juntado con lo de la mañana y me encontraba al borde de la extenuación. Tumbado en la cama, sin ganas de hacer nada, empecé a sentir que tenía algo viscoso en la garganta y, de repente, tosí, tosí con fuerza, y un coágulo de sangre y mocos salió disparado por la cánula y se fue a estrellar en la pared de enfrente, un poco por debajo del dichoso televisor, a unos tres metros de distancia, y allí se quedó pegado… Me asusté y llamé con el timbre a la enfermera.

         Se presentó la auxiliar, una extrovertida mujer de ojos azules y saltones que, a primera hora de la tarde, se me había presentado, con voz cantarina, como:
         - Mi nombre es Susana, y, aunque estoy contratada como auxiliar, soy enfermera titulada, si necesita alguna cosa no tiene más que decirlo… -y, como un torbellino, se puso a mover cosas por la habitación.
         La verdad es que debía tener muchas tablas, porque no le dio ninguna importancia al coágulo pegado en la pared, se puso a limpiarlo con una gasa mientras me calmaba:
         - Eso no es nada, si le hicieron una biopsia esta mañana es normal que le queden restos de sangre por ahí, le voy a traer un antiséptico para que se enjuague.

         Apenas si probé la cena y me pasé la noche inquieto, entre pocos ratos de sueño y muchos de vela, levantándome a intervalos para ir al baño.

         Desde que me quitaron la sonda de la vejiga ya podía, con sumo cuidado de no salpicarme la cánula y su anclaje, ducharme sin necesidad de ayuda. La sensación gratificante del agua templada me tonificaba, y era una delicia enfundarme un nuevo pijama limpio y afeitarme cada mañana.

         Lo del agua y la cánula no dejaba de inquietarme: ¡se había acabado para mí la natación, una de las actividades que más me gustaban y que contribuían a mantenerme en forma! Desde que aprendí a nadar en los Cursillos Municipales como a los siete años no había dejado de practicar los deportes acuáticos en todas sus modalidades, con el Club Moscardó participé, a nivel local y de Castilla, en muchos campeonatos de natación y waterpolo; como dije, con 17 años ya era Monitor de Natación y Socorrista, más tarde hice un curso de submarinismo con escafandra, y siempre que podía ir al mar disfrutaba haciendo inmersiones en apnea. Me había sumergido en dos océanos, el Atlántico y el Pacífico, que no lo es tanto como le bautizó Núñez de Balboa, y conocí algunas calas en el Mediterráneo que todavía estaban semivírgenes en los años ochenta. 



         No había ninguna nueva prueba programada para aquella mañana, menos mal, porque ¡vaya como había sido la jornada anterior!, de órdago a la grande. Me puse a leer, por matar el tiempo, pero la incomodidad de los gases me hacía ir al baño a cada rato. Como ya podía caminar con libertad por los pasillos, me acerqué al control y le conté mi problema a una enfermera, que me dio un pequeño enema y me instruyó sobre su uso. Me lo puse pero no me dio el resultado esperado. No me daba cuenta, pero también había dejado de orinar.
         
        En el almuerzo, algo me decía que no debía tomar el hierro, recordé que alguna vez, allá por mi adolescencia, me habían recetado hierro y también estuve estreñido. Otra de las características al tomarlo es que se defeca muy oscuro. Tiré directamente a la papelera el chupito con el líquido negro. Después de comer algunos días me quedaba traspuesto algún rato, hacía la siesta, que se dice, pero aquella tarde la incomodidad no me daba respiro. Volví a echar mano al libro del periódico, y me volvieron los recuerdos de la adolescencia.

         Como ya quedo dicho más arriba, prensa diaria no compraba pero, de vez en cuando, si me acerqué  al quiosco a mercar la revista “Triunfo”. Esta publicación,  que en sus principios de dedicó al mundo del espectáculo y las variedades, se había convertido en la segunda mitad de los sesenta en portavoz de una progresía que estaba a favor de los cambios, en las costumbres y en la política, lo que le costó no pocos secuestros de ediciones y cierres por parte de la censura franquista. Tampoco me sentía yo, por aquella época, estudiante de Bachillerato en el Instituto Cardenal  Cisneros, allá en la calle Noviciado, cerca de la plaza de España, con su monumento a Cervantes, ni vinculado a ningún tipo de pensamientos novedosos ni con ninguna inclinación a meterme ni en políticas, ni en camisas de once varas. Estudiaba mediante becas y aprovechaba mi tendencia a ser empolloncete, para procurar sacar buenas notas; y como, también, tenía un cierto carisma entre los compañeros, por la práctica del deporte -además de entrenar la natación en mi club, estaba en el equipo de esgrima del Instituto, y si surgía algún campeonato de atletismo o balompié también me presentaba voluntario-, fui delegado de curso. Lo que me venía muy bien para estar mejor relacionado con el profesorado, y que redundaba en la subida de las puntuaciones al terminar el año escolar, en Junio. Por dos años consecutivos obtuve el galardón de mejor alumno de mi curso, que tenía como premio la entrega de un libro dedicado, en el salón de actos, el día de la inauguración del curso siguiente: Las Almas Muertas, de Nicolás Gogol y La Guía del Museo del Prado, de Bernardino de Pantorba, seudónimo del historiador de arte y pintor sevillano José López Jiménez siguen ocupando, por su propio valor, y por su significado, un lugar de honor en mi biblioteca, aunque la distribución de las obras en el museo tal como aparecen en el libro y la ubicación actual, sobre todo después de la ampliación al claustro de los Jerónimos Reales, tienen poco que ver. Pero las circunstancias sociales de la época, y del lugar, en que me tocó vivir se irían encargando, como a todos los integrantes de la generación a la que pertenezco, de despertar mis inquietudes por la libertad, la solidaridad y la justicia.
         Tarde unos años en enterarme de que estuve a punto de ser detenido, porque don Pablo Maruri Maza, que era profesor de Historia del Arte, y a la sazón Jefe de Estudios, tuvo una forma muy elegante de tratar aquel conflicto: Nos llevó a los delegados de las tres secciones del curso quinto a su despacho una mañana de finales de mayo, nos contó no sé que cuento y que íbamos a participar en algún certamen, que no había definido muy bien todavía, cuando nos dijo que esperáramos allí que enseguida volvía, y salió. Comentamos que le encontrábamos nervioso, y no acertábamos a encontrar que motivo podía tener. Cuando regresó como una hora más tarde estaba risueño y sin más nos dijo que podíamos regresar a nuestras respectivas aulas. Al año siguiente, por motivos que nadie supo, se cambio al Instituto Lope de Vega, que estaba cerca del nuestro y era sólo para chicas, pero siguió en contacto con nosotros y hasta organizó una excursión conjunta de ambos centros a la ciudad de Toledo, la ciudad de las tres culturas: judía, árabe y cristiana, con su Escuela de Traductores, creada en la Edad Media por Alfonso X, el Sabio.

                                   

           Ya en la Escuela Superior de Arquitectura, un compañero del “insti”, que también se vino a la Politécnica, mi tocayo José Antonio Olangua Alonso, que hoy ejerce la profesión por Albacete, y que no había perdido la relación con don Pablo, me dijo que si quería acompañarle a una tertulia cultural a la que también asistía el profesor. Siempre curioso, acepté. Así conocí la sección española del YMCA, la popular, por otras latitudes, Asociación de Jóvenes Cristianos, que había importado don Joaquín Ruiz-Giménez, Ministro de Educación del 51 al 56 y Consejero Nacional del Movimiento en el 61, que más tarde fundaría el Partido Democratacristiano y llegaría a ser el primer Defensor del Pueblo, cuando se instauró la democracia… Allí hacíamos, entre otras actividades, teatro leído, y me honro en haber participado como protagonista en el primer “Calígula”, según la obra teatral de Albert Camus, que se representó en Las Españas, en plena Dictadura franquista, sólo leído, eso sí, pero con un auditorio  selecto de asustados, por el sicalíptico texto del existencialista, jóvenes democratacristianos… Y allí pregunté una tarde a don Pablo por la lejana y extraña mañana de mayo.
         - Estuvieron a punto de llevaros detenidos los de la Brigada Político-social, pero entre el Director y yo logramos convencerlos de que eráis buena gente… -me explicaba.
         - ¿Por qué motivo? -le interrumpí.
         - Uno de los delegados, Ortega, ¿te acuerdas de él?
      - Como no, en “Preu”, sólo había alumnado para hacer dos secciones y estábamos juntos. Iba a estudiar medicina…
      - Pues alumnos universitarios, que andaban de huelgas solidarias con los estudiantes franceses y tenían cerradas sus facultades, le habían convencido de que solicitara nuestro Salón de Actos para organizar una charla sobre Mao, el chino…
           - No recuerdo que nos comentara nada al respecto.
         - Antes de que le diera tiempo de mover ningún hilo al respecto, algún confidente, infiltrado entre los universitarios, había dado por supuesto que el acto estaba ya programado, y venían con todo a por vosotros, porque también daban por sentado que los tres estabais metidos en el ajo. Así siguen funcionando las cosas por aquí.
         Atando cabos, más tarde, me dio la impresión de que la amistad de don Pablo con Ruiz-Giménez, y las buenas relaciones que tenía éste con el Régimen, habían tenido algo que ver en que no siguieran los secretas adelante con el procedimiento… Por su parte, el susodicho Ortega, al que tuve ocasión de tratar más tarde alguna vez, terminó la carrera de Medicina, y llegó a ser Rector de la Universidad Autónoma de Tres Cantos, cercana a Madrid. Fumador empedernido, defendía la polémica tesis de que la nicotina es un gran oxigenador del cerebro, y que fumar ayuda a pensar…

       Volviendo a “Triunfo”, la revista me servía como fuente de información alternativa a la que se daba en los medios habituales, como la radio, donde los informativos se seguían dando en el formato con el que comenzaron como partes de guerra, en el lejano 1939, y así se les conocía entre la gente: “He escuchado este almediodía en “el parte” una noticia sobre…”, uno de sus principales redactores era Eduardo Haro Tecglen, que unas veces utilizaba su propia firma y otras alguno de sus variados seudónimos, según el grado de compromiso político, y por tanto el riesgo, que representara el escrito. Le tuve siempre como referente cuando en alguna ocasión hice mis pinitos en el periodismo y, como quien dice, hasta ayer no tuve noticia de su pasado como falangista ni de que escribió una ¡Oda a José Antonio Primo de Rivera!, el fundador de la fascista Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas, ni de que pusiera a parir en alguna de sus críticas teatrales a mi reconocido Adolfo Marsillach, rey absoluto de mi Parnaso teatral desde que le viera actuar en el Tartufo, de Molière, y mente clarividente donde las haya: me encontré con él en el mitin con que cerraba campaña, en 1982, don Felipe González Márquez, en la Ciudad Universitaria de Madrid; aquello era un hervidero de gente entusiasmada por el piquito de oro del líder socialdemócrata, y flotaba en el aire de la hermosa tarde-noche otoñal que iba a arrasar en las urnas, y así se lo comenté a mi admirado farandulero, que un tanto ceñudo afirmó: “Este es bastante mejor actor que yo, verás que chasco se van a llevar…” y acertó cien por cien, comenzando por la entrada de Las Españas en la OTAN.     
        
        Mis breves incursiones en el mundo periodístico tuvieron su culmen cuando fui Redactor Jefe de la Revista “Adarga”, cultural y libertaria… Sólo alcanzamos a sacar a la calle cinco números, pero en su Consejo de Redacción contaba con intelectuales de la talla del escritor, guionista y director cinematográfico Antonio Artero,  y  con colaboradores como la Ministra de la 2ª República doña Federica Montseny, un auténtico carácter preclaro e irreductible, o el profesor, lingüista y filósofo estadounidense Noam Chomsky
          
           En el periódico “CNT”, vocero del sindicato Confederación Nacional del Trabajo siempre publiqué mis poemas, escritos y chistes gráficos bajo seudónimo, pienso que, los artículos, más porque no les consideraba de una calidad literaria medianamente aceptable que por las implicaciones negativas que me pudiera acarrear en mi actividad profesional, como arquitecto. Así que no queda constancia tangible de mi paso por allí.
             
             Cuando a media tarde sentí que tenía el vientre hinchado, y tenso como el parche de un tambor, y que cada vez me dolía más toda la zona, se lo comuniqué a la enfermera de turno, que a su vez llamó al cirujano de urgencias. Éste llegó enseguida y, tras explorarme, determinó que me debían volver a sondar la vejiga, y también descubrió unos bultos más duros en algunas partes del vientre, por lo que dio órdenes de que me hicieran una ecografía.

                                                                                              (Continuará)


1 comentario:

  1. Yo también conocí a Maruri en el Cardenal Cisneros. Y también colaboré en Adarga con un artículo de homenaje a Camus en su aniversario...no recuerdo bien, de su muerte claro. Otras vidas, otros yoes.

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