martes, 24 de mayo de 2016

Mi Alien y yo (Una convivencia imposible) Capítulo 7

7
La habitación 315. Sondado de nuevo, en espera de resultados..

         Cada uno de los cuatro brazos, perpendiculares entre sí, que formaba el hospital de residentes estaba servido, en los tres turnos diarios, por una enfermera o enfermero y una auxiliar, que iban rotando su servicio, cada día en uno diferente, para impedir que surgieran posibles afinidades o animadversiones entre pacientes y empleados, que pudieran distorsionar el correcto servicio. 

        Cuando la enfermera, que me tocó en suerte aquella tarde, intentó colocarme la sonda, a través de la uretra, se encontró con que, llegada a cierto punto, la guía encontraba algún obstáculo antes de llegar a la vejiga que le impedía seguir avanzando. Lo volvió a intentar con el mismo resultado negativo y, sin perder el ánimo, salió en busca de la enfermera de otra de las alas. Tampoco dio resultado, y empezaba a sentir un doble dolor, el de la acumulación de orina se juntaba con el de las sucesivas manipulaciones. Se agotaron las cuatro posibilidades de la planta, y un enfermero, que salió de no sabemos dónde, decidió intentarlo por la fuerza, hasta que empecé a sangrar por la uretra. La situación me resultaba un tanto desesperante porque la solución, con que intentaron consolarme, de que siempre estaba la posibilidad del quirófano y el cirujano para resolver la cuestión no era muy halagüeña.
                         


         - Antes de llegar a ese extremo vamos a intentar localizar a una uróloga que tiene una habilidad especial para los sondajes, le voy a poner un calmante en el suero…

          Pasé como una hora en la que la impaciencia se me mezclaba con la angustia, hasta que apareció una doctora joven con una bata blanca sobre la ropa de calle.

      La mujer tenía tanta suficiencia sobre la cuestión que hizo que vinieran a la habitación todas las enfermeras de la planta, después de aclararme que el motivo de su tardanza era que vivía como a unos cuarenta y cinco minutos del centro hospitalario, viniendo en automóvil…

         - Lo primero colocar al paciente con la cabeza lo más baja posible… Luego mucho lubricante: “con paciencia y saliva, mucha saliva, se la metió el elefante a la hormiga”, alcánceme otro tubo de gel… -ordenaba a una enfermera, sin dejar de seguir masajeando mi aparato, para que el lubricante fuera bajando por la uretra-,  y ahora la guía con mucha suavidad… y una sonda del 14 con cabeza de pico de pato… Ya está.
         En efecto una mezcla sanguinolenta de orina comenzaba a llenar la bolsa. Ni me había enterado que me la puso.

         - ¿Lo han visto bien? -preguntó a las enfermeras-. Sobre todo no mezquinen en el gel, sean espléndidas, que rebose, hemos gastado dos tubos… A ver si la próxima vez no es preciso que me llamen. Esperemos que pase una buena noche, ya le veré en consulta -se despidió de mí, y salió de la habitación seguida por las enfermeras.

         Sólo se quedó Susana, poniendo orden en la estancia y retirando los diversos materiales que se habían ido desechando durante el proceso.
             - Que sencillo lo hace -me comentó-, no sé donde está la diferencia…
        - En el título -afirmé-, ella es titulada, marca la diferencia, también yo soy titulado: arquitecto -sonreí. Aunque no padezco esa enfermedad que prolifera tanto en nuestra sociedad: la “titulitis”, y profeso una gran admiración por colegas como Le Corbusier, que nunca llegó a recibirse en Arquitectura, me encontraba tan contento por la forma en que se había resuelto la cuestión, que la “boutade” acompañó al relax.


     
          Debía ser la vejiga hinchada la causante de toda la perturbación en la zona, porque en las siguientes horas fue desapareciendo la acumulación de gases, y aquella noche pude dormir algunas horas. No obstante, tener que estar otra vez llevando la bolsa de un lado para otro era una incomodidad, y un incordio en lo relacionado con la ducha.
         
          A un amigo, que vino a visitarme en la mañana posterior, le encargue que me comprara un periódico, pues en la planta baja había, además de la cafetería-restorán, algunas tiendas como el quiosco de prensa, con libros y material de papelería, panadería con horno para pan y pasteles, y una floristería, entre otras. Se cumplía una semana desde que me hicieron la traqueostomía, que había pasado, en cierto modo, a pesar de los intermitentes dolores e insomnios, volando, y, en su transcurso, había permanecido alejado del “mundanal ruido”, ya iba siendo hora de que dejara tanta introspección y me ocupara más de ponerme al día.

         Le encargué “El país”, que era el diario que me acostumbré a leer en los aviones, cuando mi trabajo en la construcción de depuradoras de agua, potable y residual, me obligó a ello, con una periodicidad casi semanal, y, en ocasiones, con más frecuencia, pues como mi labor, cuando no había que presentar algún nuevo Concurso o redactar un Proyecto de Ejecución, era de control y apoyo a las obras, mi estancia en cada una de ellas era breve, la necesaria para comprobar los avances, resolver los problemas y mantener el contacto adecuado con las diversas Administraciones Públicas y los principales subcontratistas y proveedores. La rutina era: en mi coche hasta el garaje del aeropuerto de Barajas, muy temprano, para coger el primer vuelo, o el puente aéreo, si era a Barcelona, a veces solo, y otras acompañado por mi homólogo en la parte de los equipos técnicos de la actuación, por lo general un Ingeniero Industrial, coche de alquiler en el aeropuerto, visita a obra, comida de hermandad, a cargo de la empresa, con mi equipo, un Ingeniero de Obras Públicas o de Caminos y su auxiliar técnico, y, en su caso, si lo había, con el Vigilante de obra, puesto por la Administración Pública de turno, resolución de los problemas detectados y seguimiento del Plan de Obra, por la tarde, unas cervezas con el equipo tras el trabajo, noche en hotel, precontratado desde la central de Madrid, si tenía que prolongar la estancia, vuelta a aeropuerto, sala de espera, demora, casi siempre, vuelo, lectura de prensa, la amable azafata de turno ofreciendo un bote de refresco con una bolsita de panchitos salados, Madrid a vista de pájaro, cinturones abrochados, aterrizaje, tique de aparcamiento, automóvil, autopista de Barcelona, M-30, atascada siempre, a cualquier hora, casa, teléfono, ducha, cama, despertador...    
        Sólo lo compraba los fines de semana, que venía acompañado por cantidad de suplementos y cuadernillos coleccionables, que acababan por convertirse en libros tras de pasar por la encuadernación.


        Hacía años que ya no le compraba, porque utilizaba la edición digital, que resultaba mucho más cómoda… y también más barata. Pero me subió otro, “El Mundo”, porque ya se había agotado, consecuencia directa de que se comprara menos prensa escrita era que las rotativas imprimieran cada vez menos ejemplares, desde el punto de vista de la deforestación y el medio ambiente en general, era un progreso. 
        
        Me informó también que había dejado pagado “El País” de mañana, que me traería el responsable del quiosco a mi habitación, y le podría encargar el del domingo, si lo deseaba, y, así, sucesivamente. Un buen negocio, que me recordó los tiempos que viví en Villaverde Bajo, a donde me llevó mi primer trabajo como asalariado, siendo ya titulado, cuando regresé del servicio militar obligatorio, que cumplí por Badajoz, en un regimiento de tanques: como delineante, proyectando material ferroviario para una empresa del Instituto Nacional de Industria, AteinSA; un quiosquero, que tenía un pequeño chiringuito de venta en una callejuela medio oculta -justo al lado de la peluquería de la mujer con quien yo andaba ennoviado por aquellos días-, cogía debajo del brazo un buen montón de ejemplares de prensa surtida, y, mientras repartía los encargos que tenía, iba vendiendo por la calle. Una forma de luchar contra la competencia de otros quioscos mejor ubicados.

         Dejé para más tarde el periódico y atendí a mi amigo. La conté la movida que se lió con lo de la sonda y no pudo reprimir una carcajada. Le acompañé en las risas. Menos mal que los humanos tenemos ese mecanismo de defensa, que nos permite olvidar lo más dramático de las situaciones y quedarnos con la visión más amable de ellas, sino las depresiones, que ya son epidémicas en tiempo de crisis, nos tendrían abatidos de forma permanente. Cuando le aseguré que el chiste, del elefante y la hormiga, lo había contado la joven doctora en forma literal, a como lo he transcrito, volvió a desternillarse de risa. Y estas estábamos cuando entró Miriam, la trabajadora social del centro.

         Tal y como había prometido volvió al día siguiente de su primera visita, pero fue ésta tan breve que hasta se me olvidó situarlo en su cronología. Se limitó a decirme que entre las tiendas de la planta baja habían abierto una peluquería y que era posible que pudieran atender las habitaciones. Le pregunté por las tarifas. Suponía que ocho y diez euros, pero no lo sabía  fijo, me dijo que se informaría y de marchó. Ahora ya lo sabía y me lo venía a comunicar.
         - No es necesario que dejé la habitación -le dijo a mi amigo, que se había levantado al verla entrar y se disponía a salir-, sólo vengo a darle una información que me pidió sobre el servicio de peluquería. Luego se dirigió a mí: -Ya pregunté, son como unos 12 o 15 euros, según sea el servicio…
         - Tan caro -me asombré.
         - Es una empresa particular que no tiene nada que ver con el hospital y eso me han dicho.
         - Y no pueden hacer excepciones, como verá tengo la cabeza un tanto despoblada -me atragante al intentar hablar deprisa, coordinar el dedo que debe tapar la cánula con la respiración no es tarea fácil, como todo, requiere entrenamiento, y la tos no me dejaba proseguir, cuando me calmé, después de llenar un par de gasas con mucosidades, proseguí: -Con que me pasen la maquinilla al 3, o al 2, me apañan en cinco minutos, y cinco euros me parecería un precio justo…
         - Ya hablé de la posibilidad de tener un precio especial y me dijeron que son tarifas fijas, que se atienen a los precios de mercado y que tienen que pagar una franquicia por estar aquí.
         - Lo que pasa es que son unos ladrones -mi buen amigo estaba deseando meter baza, es de esas personas que tienen que hablar aunque tengan la cabeza metida debajo del agua, tal vez sea una deformación profesional, pues es Educador Social, y ya se sabe, un educador tiene, con razón o no, que llevar siempre la voz cantante, es una condición imprescindible, como la presencia autoritaria en el domador de leones, y continuó: -Querer hacer negocio aprovechando la  precaria salud de la gente que está aquí recluida, sin posibilidad de buscarse otras alternativas, no está nada bien -, lo de introducir siempre algo de moralina en el discurso también es una condición imprescindible para ser un buen profesional.
           - Inténtelo de nuevo, si hace el favor.
           - Entonces, no.
           - No a ese precio.
       - También le quería preguntar que si en caso de que le dieran hoy el alta, le recuerdo que el lunes es fiesta aquí, y los fines de semana los doctores no suben a planta, a no ser que tengan un hueco cuando hacen las guardias en urgencias, ¿estaría preparado para irse a su domicilio?
          - No me la van a dar -dije con rotundidad -, el doctor Juan Antonio me dijo que tengo que seguir en el hospital hasta que suba de peso, para que me pueda operar.
         - Pero, en caso de que se la dieran, ¿dispone de medios de atención para que le puedan ayudar en las curas que necesite?
           - Pues, no - su insistencia en lo del alta me empezaba a mosquear-. No -remarqué, no más fuerte, porque mi voz asistida no tiene esa posibilidad, y resulta un tanto monocorde, como nunca se me dio bien cantar no lo echaré de menos, pero sí más claro.
            - Eso es un problema. Ya veremos que se puede hacer -dijo sin mucha convicción, y parecía que iba a irse.
             - No se olvide de gestionar lo del pelo.
         - Sí, volveré a hablar con la peluquería… Que tengan ustedes un buen fin de semana.
           Cuando salió, el tema de conversación recayó, como no, a través del tema de la peluquería, en la sanidad pública. Hasta que al cabo de un rato mi amigo decidió que ya había hecho suficientes “pellas” en su trabajo y también se fue.
         Me quedé solo, bueno no tan solo, con algunos kilos de información entre el periódico en sí y los suplementos que le acompañaban. A partir del viernes, los diarios se acompañaban de la más variopinta multitud de encartes, folletos y cuadernillos adicionales, dedicados a temas y actividades específicas.

                                                                                         (Continuará)


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