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Mediodía del
22 de abril de 2016, abordo de una ambulancia llego a las Urgencias del
Hospital Universitario del Sureste, una gran mole de arquitectura funcional de
reciente construcción, situada sobre una loma entre el municipio de Arganda Rey
(Madrid) y la carretera de Valencia, con síntomas de ahogo, a pesar de llevar
respiración asistida con oxígeno. Algo hay en la garganta que impide el paso
del aire.
Me debió de ver tan mal la responsable
de evaluación que sin pasar a observación me llevan en una silla de ruedas a la
consulta de otorrinolaringología donde una joven, guapa y amable doctora me
introduce un endoscopio, minicámara de vídeo en el extremo de una sonda
flexible, por el orificio izquierdo de la nariz y enseguida afirma:
- Ya casi no puede respirar por la
nariz y la boca, es urgente hacer una traqueoctomía para que pueda coger aire…
-fue el primer facultativo que se topó con mi Alien.
- Pero...
- No hay otra solución -, y como es una
señora muy decidida continúa: -Voy a dar orden de que vayan preparando el
quirófano -, y la da.
- No hay otro modo… -balbuceo.
- Lo siento pero no. Voy a imprimir su
autorización a realizarla para que la firme mientras acaban de preparar el
quirófano, cosa de cinco minutos. Este tranquilo que todo irá perfectamente.
Al poco la llaman por teléfono para
comunicar que todo está listo. Me suben al quirófano y la doctora me acompaña.
Cuando entramos compruebo que aquello es una efervescencia de batas y gorros verdes
y mascarillas azules bajo una luz cenital de gran intensidad, cada uno debe
saber a la perfección lo que tiene que hacer porque el ritmo de sus movimientos
parece un ballet. La doctora me pregunta si puedo subir por mi propio pie a la
mesa de operaciones y al ver que la están poniendo todos los aditamentos que
llevan sus compañeros me convenzo de que va a ser ella quien me intervenga,
mientras que siguiendo sus indicaciones me voy despojando de la parte superior
de mi vestimenta.
Final de algo que comenzó la
medianoche pasada y que diversas dejadeces funcionariales y procedimientos
burocráticos han alargado de una forma innecesaria que ponía en peligro la vida
del paciente.
Ya había tenido un par de
insuficiencias respiratorias con la ingestión de alimentos sólidos y tras de
visitar al médico de cabecera dos días antes me encontraba a la espera de que
me concertaran una cita con los especialistas de otorrinolaringología, que me
indicaron me comunicarían por teléfono, pero aquella noche, que sería muy
larga, me alarme porque se produjo, estando ya en pijama, al intentar aclararme
la garganta con agua antes de ir a dormir, y pedí que llamaran a las urgencias
del Samur, no podía casi hablar. Me vestí con precipitación pues tenía
entendido que este servicio, según las propagandas que podemos ver por la
televisión y en boca de los responsables de la Comunidad, era de una actuación
casi inmediata… Pasada una hora empecé a pensar si habrían dado bien la
dirección o había habido algún error, pero como la respiración se me había ido
acomodando un tanto, más que preocupación lo que sentía era incertidumbre…
Media hora después las luces intermitentes azules y rojas golpearon los
cristales del balcón, ¡por fin habían llegado!
Tras
explicar lo que me había sucedido y los antecedentes, me dijeron que debían
llevarme a un hospital para ver la cuestión con mayor claridad y poder hacer
una evaluación de lo que me sucedía. Les advertí de que aunque transitoriamente
estoy viviendo por San Isidro, el castizo barrio cercano al Manzanares, célebre
por su pradera tantas veces pintada por Goya, desde diferentes aspectos, en sus
series de cartones para tapices, al estar empadronado en el municipio de
RivasVaciamadrid mi hospital de referencia y desde donde esperaba la cita para
el otorrino era el Hospital Universitario del Sudeste, y los de la ambulancia
me dijeron que ni locos se iban a ir ellos a esas horas hasta Arganda que me
llevaban al más cercano pues en cualquiera tenían la obligación de atender a un
paciente de urgencias, y que éste era el Hospital Militar Gómez Ulla y
llegaríamos en un periquete, me pusieron el cinturón de seguridad y con su
bamboleo de luces intermitentes la ambulancia se puso en marcha.
En
efecto, en menos de diez minutos habíamos llegado, descendí del vehículo por mi
propio pie y me encaminaran hacia la sala de valoración. Pasadas casi dos horas
de la crisis mis constantes vitales y oxigenación eran normales, y me indicaron
que pasara a una amplia sala de espera donde me llamarían por los
altavoces cuando hubiera un médico disponible. Comprobé que había poca gente
esperando, en realidad como dos o tres grupos, uno de ellos bastante nutrido,
de etnia gitana, sobre el que hablaré más tarde, lo que me dio esperanzas de
que sería tratado con celeridad, pues me encontraba ya bastante cansado a esas
horas de la madrugada después de haberme levantado como a las 7 de la mañana.
De vez en cuando en el altavoz pronunciaban un nombre y el box de urgencias al
que debía dirigirse. Para entretener la espera unas veces meditaba sentado,
otras paseaba entre las grises sillas metálicas enrejilladas y otras observaba
a los otros pacientes, por lo general parejas que susurraban en voz baja y que
representaban perfiles neutros sin ningún tipo de atractivo para entretener el
tedio, por completo opuestos a la superfamilia que mencioné que además era de
personajes cambiantes pues de continúo unos salían y otros entraban,
supongo que a tomar el aire fuera o a fumar, había mujeres, hombres y adolescentes,
y no dudaban en alzar la voz para hacer algún comentario.
-
“Quillo” llevas el bolsillo de atrás del vaquero medio “desprendió”.
- No
me molesta para nada -respondió el adolescente.
- Se
van a pensar que tu madre es una guarra que no te lo cose…
Seguía pasando el
tiempo y nunca se escuchaba mi nombre por el altavoz. “Seguro que la próxima ya
me llaman”, pensaba cada vez, para sufrir luego una nueva decepción. En una
ocasión anunciaron a la familia de un nombre, que no entendí, que el paciente
ya salía, y la nutrida familia se puso en pie como impulsada por un resorte
dirigiéndose hacia la puerta. Cerca de ella, procedente de urgencias apareció
un anciano con traje marrón, un sombrero del mismo color y un bastón con empuñadura
curvada y adornado con flecos blancos y azules, sin duda “el Patriarca”
revestido con todos sus atributos. ¡Eso explicaba tanta presencia familiar en
aquella sala!
Cuando salieron el poco entretenimiento que me quedaba para aguantar la espera
desapareció y el cansancio se me hizo tan acuciante que me dieron ganas de
tumbarme sobre algunas de las sillas de rejilla: eran ya las tres y media de la
madrugada, además me sentía mareado, tal vez de forma progresiva me iba faltado
de nuevo oxigenación en la sangre. Reuniendo fuerzas me dirigí a urgencias: un
largo pasillo con boxes a ambos lados. Hacia la mitad del mismo dos médicos
charlaban animádamente, uno era joven y el otro de más edad tenía una poblada
barba gris muy bien arreglada. Les contemplé un par de minutos sin que se
dieran cuenta de mi presencia aunque me encontraba frente a ellos, su frívola
actitud me pareció un insulto y sentí como una llamarada de indignación, pero
me refrené y con toda la amabilidad de que me sentía capaz llame la atención
del barbado, se deshizo la amistosa congregación y me preguntó que quería.
- Me
estoy mareando me podrían dejar una camilla o similar donde me pueda tumbar un
rato.
El
similar fue un incómodo sillón en una pequeña sala de oftalmología, comenzaron
a entrarme sudores fríos, y debió de verme bastante mal porque salió en busca
de ayuda y al poco volvió acompañado de una enfermera. Entre los dos me
ayudaron a llegar a otra sala donde me sentaron en un sillón tapizado de eskay,
luego ella me conectó una cánula de oxígeno en la nariz, me abrió una vía
arterial y me extrajo sangre para dos análisis. Quedé solo, no encontraba
postura en la que me sintiera cómodo. Un rato después vino un celador que me
llevo a rayos para que me hicieran placas de frente y perfil… y vuelta al
sillón. Comenzaba a amanecer, las negras ventanas iban cambiando hacia un azul
cada vez más nítido. Regresó la enfermera con otro paciente, y aproveché para
preguntarla si me iba a ver algún médico, me dijo que había que esperar el
resultado de los análisis, que eso llevaba su tiempo…
Había
casi amanecido un día gris y lluvioso cuando volvió. Parecía que uno de
los análisis daba unos resultados raros y había que repetirlo. Bastante tiempo
después llegó con unas hojas en la mano anunciando:
- El doctor dice que
las pruebas no son concluyentes y que hay que hacerle otras específicas de
otorrinolaringología, pero como éste no es su hospital de referencia, aquí ya
no podemos hacer más.
Me
quedé lívido, y cuando iba a protestar se adelantó:
- No
se puede hacer nada y ya está solicitada una ambulancia que llegará en breve.
Le da este informe al conductor -y me entregó un par de folios grapados.
Tumbado boca arriba la eficiente cirujana me
informa de que utilizará anestesia local, así que me enteraré de cómo se va
produciendo toda la intervención.
(Continuará)


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