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La
habitación 315. Reflexiones y resonancias.
- Teniendo
en cuenta las radiografías, el escáner, que ya hemos podido analizar, y la exploración
que le hemos hecho hoy, podemos decir que el tumor tiene un tamaño considerable,
que llega a afectar en parte a las cuerdas vocales y que tiene una ramificación
hacia el esófago, pero consideramos que se puede operar y está es la opción primera
a considerar, la segunda opción es emplear la quimioterapia y la radioterapia,
bien en una acción conjunta o por separado, para intentar reducirlo de tamaño. La
muestra que te hemos extraído hay que mandarla al laboratorio pero, no nos
engañemos, en la mayoría de los casos, por donde está situado, es maligno. Para
operar tenemos el problema de tu desnutrición, antes de la operación deberías
estar unos días en el hospital siguiendo una dieta hasta alcanzar el peso
adecuado, teniendo en cuenta que durante la operación tendrás pérdidas. Bien,
¿tienes alguna pregunta qué hacer?
- ¿Qué me aconseja usted? ¿Cuál es
mejor para mí?
- En la operación trataríamos de causar
el menor daño posible, pero hasta que no se abra no se puede saber el alcance
real de la lesión. Lo más extremo sería vaciar por completo la laringe,
perderías la voz, al quitarte las cuerdas vocales, pero ya podrías comer de todo,
sólido también, pues no habría nada que impidiera su paso. Pero ya te digo que
este sería el caso extremo.
Tragué saliva. Malas perspectivas se me
presentaban.
- Para tu calidad de vida la primera
opción sería la mejor, pero debemos asegurarnos de que las ramificaciones no
alcanzan otros sistemas, como la columna vertebral, y esto no puede saberse
hasta que no te hagan la resonancia magnética, allí se verá mejor cual es el
alcance de la lesión. Bien, ¿qué decides?
- La primera… operación -musité.
- Bien, entonces puedes volver ya a
planta por el momento -se levantó-, y cuando tengamos los resultados completos
volveremos a hablar con más fundamentos, en pocos días estarán los resultados
de la biopsia. Sigue ahí sentado que llamaremos a un celador para que venga a
buscarte.
Cuando llegué a la habitación me tumbé
en la cama y me puse a mirar al blanco techo. Me encontraba agotado y vacío,
sin ganas siquiera de pensar…
Trajeron la bandeja con la comida.
Aproveché para pedir que me pusieran un calmante. La garganta me dolía, tenía
toda la zona muy irritada después de la larga exploración. Por supuesto ninguna
gana de comer.
- Le he traído el hierro y el sobre de
las proteínas -me informó la enfermera mientras me conectaba el suero en el que
iba el sedante-, si no tiene ganas de comer ahora dígale a la auxiliar que se
lo caliente en el microondas cuando le apetezca.
Las proteínas que hacían grumos, lo que
me faltaba para quitarme por completo el apetito.
- ¿Si me pudieran traer un batido,
tengo la garganta seca y no voy a poder tragar nada?
Entre el calmante y el cansancio me
quedé dormido casi sin sentir.
Cuando me desperté permanecí tumbado boca arriba. Se me
había quedado fijo en la mente el tema del tumor. No había precedentes de
cánceres en mis antepasados, a menos que yo supiera, ni en la generación de mis
abuelos ni en la de mis padres. Le había tocado la china a ésta, de la que yo
formaba parte: un par de primos y un cuñado habían sucumbido ya…, tal vez es
una forma o mecanismo de protección que tiene la especie humana para que se
conserve un equilibrio entre nacimientos y fallecimientos, y no se llegue a una
imposible sociedad formada sólo por ancianos. En el tercer mundo no precisan de
tumores, ya tienen el hambre para acelerar la mortalidad por cualquier nimia
enfermedad que pronto se transformará en epidemia, y las guerras, en alguna
medida fomentadas desde este occidente para poder seguir manteniendo su hegemonía
económica, que también aclaran lo suyo. Antes fue también así en Europa, en el
siglo pasado una simple gripe podía diezmar la población de un país, caso de la
“asiática”, que sólo se llamó así aquí, para el resto del mundo fue la “gripe
española”, y si la economía iba mal nos buscábamos un Káiser, para liarla ya a
nivel mundial, y que se fueran al carajo unos cuantos millones de pobladores
del planeta… Y si surgía una nueva crisis nos buscamos un enfrentamiento entre utopías, todos
contra todos: utopía fascista, utopía marxista, utopía democrática…
Pero con la buena alimentación y el
desarrollo de la medicina, preventiva y curativa, la esperanza de vida es cada
vez mayor, y por el occidente sólo queda para conservar el equilibrio entre
generaciones del sota, caballo y rey de los infartos, coronarios y cerebrales, las
drogas y el cáncer.
Como por muchas vueltas que des en la noria nunca
verás paisajes nuevos, y dado que tengo dos hijos, todavía adolescentes, que, pienso, todavía me pueden
necesitar, está claro que entre mi Alien y yo, el que sobra es él, así que decidí
combatirlo mientras me quede un ápice de fuerzas. Y cambiando el chip, eché
mano al libro que me habían traído sobre el periódico: “Una memoria de “El
País”, 20 años de vida en una redacción”, se titula, y lo firma Juan Cruz Ruíz,
que en las primeras páginas repite como unas 20 veces que el primer número que
salió a la calle está fechado el 4 de mayo de 1974, quedaban, pues, pocos días
para que se cumpliera el 40 aniversario de su publicación… 400 aniversario cervantino,
40 aniversario “paisino”, los múltiplos de 4 estaban en boga…
No compraba yo periódicos por aquellas
fechas, seguía viviendo en casa de mis padres y estudiando en la Universidad
Politécnica, donde eran, aquellos días, frecuentes las huelgas y algaradas
estudiantiles, y las carreras delante de los “grises”, la temible policía
franquista, que primero aporreaba y luego preguntaba. El periódico lo compraba
mi padre, y cambiaba con frecuencia de cabecera, siguiendo un criterio que yo
desconocía, y nunca se me ocurrió preguntar; hubo alguna época del diario
“Pueblo”, vocero del sindicato vertical, alternando con otras de
“Informaciones”, aunque los domingos optaba por el “ABC”, el diario de la monarquía,
ayer y hoy, por su suplemento dominical, el mejor que había por aquellas
fechas, con los inimitables chistes de “Mingote” y sus páginas culturales, que
nos dieron a conocer, por primera vez en Las Españas, la obra de un pintor
malagueño exiliado en Francia, comunista, amante de las corridas de toros,
enamoradizo y misógino al mismo tiempo, genial y contradictorio donde los haya,
que firmaba sus cuadros y grabados sólo con el apellido materno. Lo de Las
Españas no es por oposición al lema franquista del “Una, Grande y Libre”, origen
del popular chiste: Una, porque si hubiera otra donde ir no iba a quedar aquí nadie
aguantando el chaparrón… sino más bien por respeto a la tradición: los
descendientes del César Carlos firmaban sus Decretos como Reyes de las Españas…
Los soberanistas, ya les vale a los sociatas haberse montado en esa carroza
traqueteante, después de su pasado republicano y federalista, alegarán que se referían a los virreinatos de
ultramar: Nueva España, Nueva Granada y Río de la Plata, pero nadie puede afirmar
con certeza cuál era su auténtico pensamiento al respecto.
No bien llevaba leídas un par de
páginas, cuando un celador vino a buscarme con una silla de ruedas para
llevarme a la resonancia, aquel día no habían terminado todavía las angustias
para mí. Previo a ponerme en marcha debía firmar la correspondiente
autorización a que me la realizaran, en un folio en el que me indicaban las
contraindicaciones y los efectos secundarios que se podrían producir. No quise
leerlo muy a fondo por no preocuparme más, firme y emprendí el viaje a
radiología.
La resonancia magnética se basa en los
campos eléctricos que se producen en el cuerpo humano a través de los iones de
hidrógeno de las células, y que se agrupan según las diferentes intensidades de los sonidos
que se van percibiendo. Una teoría un tanto compleja que tiene un resultado mucho más
sencillo de comprender: cada órgano se colorea de una forma diferente y si se
tiene un tumor se puede percibir la extensión que tiene, y las ramificaciones
en su caso, por el color diferente al de su entorno.
La máquina dónde se lleva a cabo la
prueba se las trae, pues tiene forma de urna semicilíndrica, dentro de un
cilindro más grande, dónde penetra la camilla en que está tumbado el paciente. Tiene un algo de mausoleo faraónico, y no predispone mucho a que el enfermo esté tranquilo ante la prueba.
- No le vamos a dar a beber el líquido
de contraste porque tiene dificultades para tragar. La duración de la
exploración de cuello es de 40 minutos… -me explicaba la técnica responsable de la prueba.
“¡Qué horror! -pensé -, ¡mucho más de
lo que dura una sinfonía de Haydn, y seguro que el sonido no es tan agradable!"
- Desnúdese de mitad para arriba y se
tumba en la camilla, tratando de poner la cabeza en ese hueco, va a escuchar
usted sonidos de diferentes intensidades y duración, algunos bastante fuertes,
para proteger sus oídos le voy a colocar estos tapones y una esponjas que harán
tope con los laterales del hueco. Si se encuentra en algún momento muy molesto
aquí tiene está perilla que pongo en su mano, es un timbre avisador, basta con
que lo apriete para que demos por terminada la sesión. No tiene que moverse nada en absoluto porque se producirían interferencias que distorsionarían el resultado.
Poco a poco, camilla y paciente nos fuimos introduciendo en el gran cilindro, hasta que se paró cuando mi cabeza llegaba al centro. La parte inferior de la bóveda del cilindro era transparente, pero quedaba a pocos centímetros de mi cara, y conjuntado con la inmovilidad me producía agobio... Y empezó el festival.
Ruidos de todo tipo y condición: estruendosos, agudos, reiterativos, graves, silbantes... que cesaban de improviso, y tras de un momento de silencio, retornaban convertidos en otras tipologías: obras en la calzada, el despegue de un avión, un choque de trenes, pitidos inconexos...
Como sólo el recordarlo me vuelve a enfermar, diré que empecé a tener una crisis de claustrofobia, que apreté la perilla y los ruidos no cesaban, que me calmé un instante, para encontrarme peor al siguiente, y empecé a mover las piernas, que era cuanto me quedaba fuera de la máquina, para llamar la atención...
- Es una pena sólo le faltaban siete minutos para acabar... -me informaba. "Treinta y tres minutos", sí que he tenido aguante, pensaba yo. Y se puso a quitarme las esponjas y tapones.
- Tenía ansiedad -me justifique al rato, cuando dejé de jadear.
(Continuará)
Poco a poco, camilla y paciente nos fuimos introduciendo en el gran cilindro, hasta que se paró cuando mi cabeza llegaba al centro. La parte inferior de la bóveda del cilindro era transparente, pero quedaba a pocos centímetros de mi cara, y conjuntado con la inmovilidad me producía agobio... Y empezó el festival.
Ruidos de todo tipo y condición: estruendosos, agudos, reiterativos, graves, silbantes... que cesaban de improviso, y tras de un momento de silencio, retornaban convertidos en otras tipologías: obras en la calzada, el despegue de un avión, un choque de trenes, pitidos inconexos...
Como sólo el recordarlo me vuelve a enfermar, diré que empecé a tener una crisis de claustrofobia, que apreté la perilla y los ruidos no cesaban, que me calmé un instante, para encontrarme peor al siguiente, y empecé a mover las piernas, que era cuanto me quedaba fuera de la máquina, para llamar la atención...
- Es una pena sólo le faltaban siete minutos para acabar... -me informaba. "Treinta y tres minutos", sí que he tenido aguante, pensaba yo. Y se puso a quitarme las esponjas y tapones.
- Tenía ansiedad -me justifique al rato, cuando dejé de jadear.
(Continuará)

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