(Adaptación de un cuento del estadounidense O. Henry a la situación actual, con su acción enmarcada en los madriles)
Resumen de lo publicado: Marianín es un indigente que vive en un banco de la plaza de Santa Ana a la sombra del monumento a Calderón de la Barca. Con la llegada del frío, entre las opciones de recurrir a la beneficencia o la prisión, a la que idealiza denominándola Isla, para resguardarse durante los tres meses del invierno de Madrid, opta por esta última. Pero no le está resultando nada fácil lograr su objetivo...
(Conclusión)
Llegó a la plaza del Callao, en una esquina había un restaurante sin grandes pretensiones. Ofrecía sus servicios a voraces apetitos de bolsillos modestos. La loza y el ambiente eran espesos; la sopa y los manteles casi transparentes. A este lugar llevó Marianín, sin inconvenientes, sus zapatos delatores y sus pantalones chismosos. Sentado a la mesa, consumió un plato combinado de cinta de lomo y un par de huevos fritos con patatas idem., y de postre tarta de Santiago. Y después confesó al mozo que la más insignificante de las monedas y su persona no mantenían contacto alguno.
- Ahora apúrese y llame a un policía -dijo Marianín-. Y no haga esperar a un caballero.
- No se preocupe, señor -le calmó el camarero, sonriendo -, en esta casa disponemos de menús solidarios, que dejan pagados otros clientes, para casos como el que nos ocupa de encontrarse alguien eventualmente sin liquidez. No hay nada mejor que el sentimiento de clase para contribuir a capear la crisis. Y de cafés solidarios tenemos como para dejar desvelado a medio barrio de Malasaña, así que si lo desea le sirvo uno...
Aunque ofuscado, porque aquel imprevisto derroche de solidaridad le alejaba un poco más de su ansiada Isla, se atrevió a sugerir:
- Si le pudiera añadir unas gotitas de coñac y transformarlo en un carajillo...
Con el estómago lleno se veía la horrorosa realidad un poco menos amarga. Marianín subió por la Gran Vía hasta la esquina con Montera antes de que su valentía le permitiera buscar de nuevo la captura. Esta vez la oportunidad le presentó lo que él, con gran necedad, llamaba "una pavadita". Una joven de aspecto modesto y agradable, parada ante un escaparate, observaba con vivo interés la exhibición de jarros de afeitar y tinteros, y a pocos metros, metralleta en ristre, apoyados contra su oscuro furgón, una pareja de Geos montaba guardia. Los atentados yihadistas pendían como una múltiple espada de Damocles sobre los centros neurálgicos de las grandes capitales europeas, y era probable que sus compañeros de servicio se encontraran protegiendo el cercano edificio de la Telefónica.
La intención de Marianín era desempeñar el papel del indigno y abominable "chulapo castigador": "...Pichi es el chulo que castiga del Portillo a la Arganzuela, y es que no hay una chicuela que no quiera ser amiga de un seguro servidor", cantaba la sicalíptica argentina, vedette de revistas, Celia Gámez, famosa en la posguerra por popularizar el "Qu'emos pasao", que hacía babear a franquistas y falangistas. La apariencia refinada y elegante de su victima y la proximidad de los escrupulosos policías lo animaban a creer que pronto sentiría la grata presión oficial en el brazo, con lo cual quedaría asegurado su alojamiento en la deseable y bien protegida islita.
Marianín se acomodó la corbata de terciopelo que le regalaran las caritativas sores, sacó sus puños encogidos de la manga, ladeó su gorra de lanilla en afán seductor y se acercó con sigilo a la joven. Le echó miradas incitantes, empezó a sufrir repentinos ataques de tos y de "¡ejems!", sonrió, luego rió, satisfecho, y se abalanzó con descaro a recitar la impúdica y despreciable letanía de "chulapo castigador". Por el rabillo del ojo, Marianín vio que uno de los policías lo observaba fijamente. La muchacha se alejó unos pasos, y se concentró de nuevo en los jarros de afeitar. Marianín la siguió, hasta situarse con atrevimiento a su lado, se levantó la visera de la gorra a forma de saludo y propuso:
- ¡Eh, Bedelia! ¿No te gustaría venir a jugar conmigo a mi jardín?
El "pasmarote" seguía observando, la joven asediada sólo tenía que levantar un dedo para que Marianín pudiera, por fin, iniciar el viaje hacia su refugio insular. Ya imaginaba la placentera sensación de calidez de la comisaría. La joven lo miró y, estirando la mano, lo tomó de la manga de la chupa.
- Por supuesto, majete -le dijo con picardía-, si antes me invitas a unas cervezas. Te hubiera hablado antes, pero uno de los "polis" estaba controlando la onda.
Con la muchacha pegada a él como hiedra al roble, Marianín pasó, agobiado por la tristeza, al lado de los agentes. Parecía que estaba condenado a ser libre...
En la esquina siguiente se deshizo de su compañera, y echó a correr. Se detuvo en el barrio donde, por las noches, se encuentran las calles, los corazones, las promesas y los dramas más frívolos de la ciudad. Mujeres envueltas en pieles y hombres protegidos por gruesos gabanes se paseaban ufanos entre el frío invernal. Un miedo repentino lo invadió, tal vez un hechizo malévolo lo había vuelto inmune al arresto. La idea le causó un poco de pánico, y cuando se encontró con otro policía, que caminaba majestuoso frente a un teatro resplandeciente, se aferró a la débil y última esperanza de "alterar el orden público".
Con voz áspera, Marianín. desde la vereda, comenzó a gritar incoherencias de borracho a todo pulmón. Bailó, aulló, pegó alaridos, desvarió y, por si fuera poco, lanzó maldiciones al cielo.
El guardia revoleó la cachiporra, y le dio la espalda a Marianín, mientras le comentaba a un ciudadano que miraba las carteleras:
- Es uno de los hinchas del Atleti. Están celebrando la paliza que le han dado al Barcelona en el Camp Nou esta tarde. Ruidosos pero inofensivos. Tenemos instrucciones de no intervenir.
Desconsolado, Marianín interrumpió su inútil alboroto. ¿Lo llevarían preso alguna vez? En su imaginación, la Isla parecía ya un paraíso inalcanzable. Se abotonó la liviana chupa para protegerse del viento helado.
En el estanco, abierto 24 horas, de la calle del Príncipe vio como un hombre bien trajeado compraba un cartón de tabaco. Al entrar había dejado su paraguas de seda junto a la puerta. Marianín entró en el establecimiento, se apoderó del paraguas y salió del lugar a paso lento. El hombre fue tras él de inmediato.
- Mi paraguas -exigió, enojado.
- Ah, ¿sí? -respondió Marianín en tono insultante, como si fuera poco haberle robado-. Bueno, por qué no llama a un policía? Yo me lo llevé. ¡Su paraguas! Llame a un guardia. Está la pareja en la esquina.
El dueño del paraguas disminuyó el paso. Marianín hizo lo mismo, con el presentimiento de que la suerte lo favorecería. Uno de los policías les miraba con curiosidad.
- Sí, claro -balbuceó el hombre del paraguas-, bueno, es decir, usted sabe como ocurren estás equivocaciones... yo... si es su paraguas, le ruego que me disculpe. Lo encontré esta mañana en un restaurante. Si cree que es suyo, bueno, espero que...
- Por supuesto que es mío -respondió Marianín con rencor.
El ex portador del paraguas retrocedió. Los polis, entretanto, corrieron a ayudar a una rubia alta, envuelta en una amplia capa, a cruzar la calle delante de un micro bus que aún se encontraba a dos cuadras de distancia.
Marianín se dirigió hacia la calle de Atocha por una calle destruida por las reparaciones. Lanzó furiosamente el paraguas a una zanja, mientras rezongaba contra los uniformados de la cachiporra. Parecían considerarlo una especie de rey inofensivo, incapaz de dañar a nadie, por el simple hecho de querer que lo atraparan. "Volaremos de derrota en derrota hasta la victoria final", se consolaba mascullando el tradicional bálsamo de uso corriente entre los revolucionarios de salón.
Una vez allí decidió, sin vacilar, encaminarse hacia la plaza de Santa Ana, pues el instinto hogareño perdura aún cuando el lugar sea el banco de una plaza.
Pero en una esquina, extrañamente silenciosa, Marianín se detuvo. En aquel lugar se levantaba la iglesia de San Sebastián, célebre por guardarse en ella los restos de Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, "...más de mil obras, en horas veinticuatro, pasaron de las Musas al Teatro". A través de un vitral de tonos violetas, brillaba una luz tenue. Era allí, sin duda, donde el organista practicaba lentamente las notas de un himno religioso, con la finalidad, tal vez, de interpretarlo a la perfección el próximo domingo, pues hasta los oídos de Marianín flotó una melodía armoniosa que lo llenó de deleite y lo dejó estático entre las espiras de la verja de hierro repujado.
La luna resplandecía en lo alto, radiante, serena. Había pocos vehículos y peatones, y los gorriones gorjeaban adormecidos en los aleros... por un instante, la escena pareció transformarse en el camposanto de una iglesia de pueblo. El himno que tocaba el organista lo mantuvo inmóvil junto a la verja, pues el cántico le era muy familiar desde los tiempos en que su vida se había conformado de madres y de rosas, ambiciones y amigos, pensamientos y cuellos inmaculados, y otras cosas por el estilo.
El estado mental receptivo de Marianín, unido a los influjos del vetusto templo, provocaron en su alma un cambio maravilloso y repentino. Contempló con súbito horror el pozo en el que había caído, los días de humillación, los deseos indignos, la desesperanza, sus facultades destruidas y los móviles ruines de los que estaba hecha su vida.
Y en ese momento, su corazón también respondió gozoso al nuevo estado de ánimo. Un impulso fuerte e instantáneo lo indujo a luchar contra su lamentable destino. Saldría del lodo en el que se hallaba inmerso: volvería a ser el hombre que fue, derrotaría al mal que lo poseía. Estaba a tiempo: aún era joven; recuperaría su viejas y vehementes ambiciones, y a ellas se dedicaría sin titubear. Aquella música de órgano, solemne pero melodiosa, había inquietado su espíritu. Por la mañana iría al ruidoso centro de la ciudad a buscar trabajo. Un peletero le había ofrecido una vez un puesto de chófer. Lo buscaría, esa misma mañana, para pedirle el empleo. Volvería a ser alguien de importancia en el mundo. Volvería a...
Marianín sintió la presión de una mano en el brazo. Giró rápidamente y se tropezó con la cara ancha de un "pitufo" municipal.
- ¿Qué está haciendo aquí? -preguntó el compañero de ronda.
- Nada -respondió Marianín.
- Entonces, ¡vamos! -ordenó el que le asía.
- Tres meses en la Isla -sentenció el magistrado a la mañana siguiente.
En el estanco, abierto 24 horas, de la calle del Príncipe vio como un hombre bien trajeado compraba un cartón de tabaco. Al entrar había dejado su paraguas de seda junto a la puerta. Marianín entró en el establecimiento, se apoderó del paraguas y salió del lugar a paso lento. El hombre fue tras él de inmediato.
- Mi paraguas -exigió, enojado.
- Ah, ¿sí? -respondió Marianín en tono insultante, como si fuera poco haberle robado-. Bueno, por qué no llama a un policía? Yo me lo llevé. ¡Su paraguas! Llame a un guardia. Está la pareja en la esquina.
El dueño del paraguas disminuyó el paso. Marianín hizo lo mismo, con el presentimiento de que la suerte lo favorecería. Uno de los policías les miraba con curiosidad.
- Sí, claro -balbuceó el hombre del paraguas-, bueno, es decir, usted sabe como ocurren estás equivocaciones... yo... si es su paraguas, le ruego que me disculpe. Lo encontré esta mañana en un restaurante. Si cree que es suyo, bueno, espero que...
- Por supuesto que es mío -respondió Marianín con rencor.
El ex portador del paraguas retrocedió. Los polis, entretanto, corrieron a ayudar a una rubia alta, envuelta en una amplia capa, a cruzar la calle delante de un micro bus que aún se encontraba a dos cuadras de distancia.
Marianín se dirigió hacia la calle de Atocha por una calle destruida por las reparaciones. Lanzó furiosamente el paraguas a una zanja, mientras rezongaba contra los uniformados de la cachiporra. Parecían considerarlo una especie de rey inofensivo, incapaz de dañar a nadie, por el simple hecho de querer que lo atraparan. "Volaremos de derrota en derrota hasta la victoria final", se consolaba mascullando el tradicional bálsamo de uso corriente entre los revolucionarios de salón.
Una vez allí decidió, sin vacilar, encaminarse hacia la plaza de Santa Ana, pues el instinto hogareño perdura aún cuando el lugar sea el banco de una plaza.
Pero en una esquina, extrañamente silenciosa, Marianín se detuvo. En aquel lugar se levantaba la iglesia de San Sebastián, célebre por guardarse en ella los restos de Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, "...más de mil obras, en horas veinticuatro, pasaron de las Musas al Teatro". A través de un vitral de tonos violetas, brillaba una luz tenue. Era allí, sin duda, donde el organista practicaba lentamente las notas de un himno religioso, con la finalidad, tal vez, de interpretarlo a la perfección el próximo domingo, pues hasta los oídos de Marianín flotó una melodía armoniosa que lo llenó de deleite y lo dejó estático entre las espiras de la verja de hierro repujado.
La luna resplandecía en lo alto, radiante, serena. Había pocos vehículos y peatones, y los gorriones gorjeaban adormecidos en los aleros... por un instante, la escena pareció transformarse en el camposanto de una iglesia de pueblo. El himno que tocaba el organista lo mantuvo inmóvil junto a la verja, pues el cántico le era muy familiar desde los tiempos en que su vida se había conformado de madres y de rosas, ambiciones y amigos, pensamientos y cuellos inmaculados, y otras cosas por el estilo.
El estado mental receptivo de Marianín, unido a los influjos del vetusto templo, provocaron en su alma un cambio maravilloso y repentino. Contempló con súbito horror el pozo en el que había caído, los días de humillación, los deseos indignos, la desesperanza, sus facultades destruidas y los móviles ruines de los que estaba hecha su vida.
Y en ese momento, su corazón también respondió gozoso al nuevo estado de ánimo. Un impulso fuerte e instantáneo lo indujo a luchar contra su lamentable destino. Saldría del lodo en el que se hallaba inmerso: volvería a ser el hombre que fue, derrotaría al mal que lo poseía. Estaba a tiempo: aún era joven; recuperaría su viejas y vehementes ambiciones, y a ellas se dedicaría sin titubear. Aquella música de órgano, solemne pero melodiosa, había inquietado su espíritu. Por la mañana iría al ruidoso centro de la ciudad a buscar trabajo. Un peletero le había ofrecido una vez un puesto de chófer. Lo buscaría, esa misma mañana, para pedirle el empleo. Volvería a ser alguien de importancia en el mundo. Volvería a...
Marianín sintió la presión de una mano en el brazo. Giró rápidamente y se tropezó con la cara ancha de un "pitufo" municipal.
- ¿Qué está haciendo aquí? -preguntó el compañero de ronda.
- Nada -respondió Marianín.
- Entonces, ¡vamos! -ordenó el que le asía.
- Tres meses en la Isla -sentenció el magistrado a la mañana siguiente.

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