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Desperté
de un profundo y relajante sueño en el que me encontraba sumido en la oscuridad
más completa a un espacio muy luminoso. No sabía dónde me encontraba, vi un
rostro cercano al mío, el se dio cuenta de que había abierto los ojos y comenzó
a hablar:
- Mi nombre es José, su enfermero, nos encontramos en la UCI (Unidad de
Cuidados Intensivos) -miró su reloj de pulsera-, son las 12 de la noche, has
dormido mucho tiempo…
Intenté preguntar algo y sentí que mis labios se
movían pero no articulaba palabra, él se dio cuenta.
- Recordará que le estaban operando de una traqueostomía, la operación salió
bien y ahora respira directamente por la tráquea, como no le llega el aire a la
boca no puede hablar por el momento, pero eso ya se irá corrigiendo y volverá a
hablar, no se preocupe…
Cada vez me iba encontrando más consciente y noté que tenía las
manos atadas y los brazos llenos de tubos, a la vía que me habían abierto en el
Gómez Ulla se añadían otra en el mismo brazo y otras dos en el otro. Sobre la
garganta sentía borbotear oxígeno bajo una mascarilla. Tironeé para zafarme de
las ligaduras, el enfermero se dio cuenta de mi actitud.
- Sí, le hemos atado las manos, es por su bien, para que no se quitara nada de
lo que tiene puesto en caso de que tuviera alguna molestia mientras estaba
dormido, cuando se encuentre un poco más despejado se las liberaremos. Ahora
siga descansando que no me apartaré de su lado.
Apareció un rostro femenino en mi campo de visión.
- Soy María, su auxiliar de enfermería, le voy a tomar la temperatura - y
acercó un termómetro de oído a mi oreja- . Treinta y tres con nueve -escuché.
Nunca había tenido noticia de una temperatura tan baja en un ser humano. Cuando le
cantó la tensión al enfermero, también por los suelos, empecé a pensar que me había convertido en un
animal de sangre fría, como un lagarto.
La cama era abatible y me tenían bastante levantada la cabeza para facilitar mi
respiración, con lo que mi ángulo de visión era bastante amplio. Allí había un
continuo movimiento de batas blancas de un lado para otro. Cada vez era capaz
de pensar con mayor lucidez, los “chutes”, que me pasaban por vía intravenosa,
contribuían a despertarme. Y José había vuelto para desatarme, y aspirar con
aire a presión las mucosidades que llenaban la cánula y me impedían respirar
con facilidad. ¡Qué felicidad sentir de nuevo mis manos al servicio de mi
voluntad! Cuestiones tan triviales, como arrascarte la nariz, pueden
convertirse en un serio problema que te llega a agobiar, si no tienes la
posibilidad de acceder con tus manos a ella. Entre ratos de duerme y ratos de
vela pasé toda la noche, mezclando los sueños con los pensamientos.
Renacer. Recordé que hoy era día 23 de abril,
aniversario de las muertes de Shakespeare y de Cervantes, en el año 1616, -¡qué
casualidad, 400 aniversario, un número redondo!-, y día en que yo volvía a la
vida. Para quien ha escrito novolas que tocan el realismo mágico -en “El 93 en
el 63” al protagonista se le aparece en varias ocasiones Víctor Hugo, niño
incitándole a escribir-, más que una fútil coincidencia podría considerarse una
señal.
En llegado a este punto, creo interesante
reflexionar sobre por qué estoy escribiendo esta especie de cronicón sobre la
evolución de mi enfermedad, y además se lo doy a conocer a la luz pública,
cuando tal vez debía ser más recatado y dejarlo para mi propia intimidad.
Por una parte, comparto la opinión con don Miguel de
Unamuno que es bien difícil saber hasta qué punto uno es autónomo cuando
escribe: “¿Quién mueve la mano del que mueve la mano del que mueve la mano que
mueve la marioneta?”; por otra, como a través de la red, por mis páginas
abiertas en varias plataformas, tengo relación con algunos cientos de personas
desde Ucrania a la Baja California, y desde Suecia a la Patagonia, me producía
un agobio tremendo tener que estar repitiendo mi vulgar historieta una y otra
vez. ¿Por qué no resumirla y darle un cierto tono literario? Además se habían
producido, en mi caso, una serie de pequeños fallos en cadena en el sistema de
la Salud Pública, que estuvieron a punto de llevarme a poder comprobar en
propia alma cuanto había de cierto en los mitos religiosos sobre el Más Allá.
¿Por qué no hacer una denuncia pública que contribuya a que cesen los recortes
presupuestarios en una actividad decisiva para lo que conocemos como Estado del
Bienestar? Item más, mi vocación hacía la educación tan tempranamente
desarrollada como monitor de natación podría tener una consolidación en
la difusión de los actuales medios con que se cuenta para la prevención y
sanación de enfermedades. Y, por terminar, continúo dirigiendo la Editorial
Digital “El Azafrán”, y, por fas o por nefas, la tengo muy abandonada en los
últimos tiempos.
Regresando a la UCI, la amplia sala de forma
rectangular tenía iluminación natural en uno de sus lados largos mediante
amplios ventanales que, más tarde, pude contemplar tenían una magnífica vista
sobre el polígono industrial de Arganda, y un poco más lejos se podía contemplar
el propio pueblo. Hay seis camas alineadas perpendicularmente a los ventanales
y la que ocupo está en una de los extremos… Comienzo a escuchar un pitido
intermitente que cada vez se hace más agudo e insistente… Pero, ¿qué pasa, qué
es ese revuelo, qué son esas carreras?
- ¡Se nos va! - oigo exclamar a José.
Junto a la cama que tengo al lado hay
una profusión de enfermeros y auxiliares. Intento enterarme de lo que pasa. Voy
atando cabos con frases inconexas… La cama está ocupada por una señora y ha
tenido un paro cardíaco. La angustia flota en el aire de la amplia estancia.
Tras nuevos murmullos, poco a poco parece que el temporal va amainando, y acaba
por escucharse un grito entusiasta. La paciente ha vuelto a recuperar sus
constantes vitales y se encuentra a salvo por el momento.
Así funcionan los equipos que en tres
turnos cada día llevan adelante el funcionamiento de este servicio. Como un
grupo entusiasta que se enorgullece de llevar de una forma óptima su labor. Si
algún lector se llegó a pensar que esto iba a ser una continua diatriba en
contra de la Sanidad Pública puede comenzar a contrastar su error, también se
escriben estas páginas para loar la buena actuación y entrega de muchos
profesionales, que, por encima de las muchas trabas que les ponen los recortes
gubernamentales, saben estar a la altura de la loable actividad que practican.
La jornada se iniciaba a las ocho de la
mañana con el cambio de turno. Comenzaba por el baño, en la misma cama, con
agua tibia y una esponja enjabonada. Después crema hidratante en la espalda,
para evitar las escoliosis. Te advertían que sentirías frío… Comprobación de
los niveles de azúcar, por si había riesgo de diabetes, antes del desayuno. Un
batido enriquecido con vitaminas, en mi caso, pues no podía tragar nada sólido,
mi Alien seguía instalado en el tragadero. Con ayuda me llevaban hasta un
sillón, con mi inseparable bolsa del pis que recogía la sonda instalada a tal
fin en mi vejiga. El primer día me sentía mareado y en cuanto me cambiaron las
sábanas volví a la cama. Era sábado y no había consultas, la actividad del
hospital estaba ralentizada, no obstante, a media mañana, el otorrino que
estaba de guardia se pasó por la UCI a visitarme, para saber sobre mi estado y
controlar cómo estaba la presión de la esfera de mi cánula.
Seis camas, una de ellas con la posibilidad de quedar herméticamente
aislada dentro de una especie de pabellón de plástico, que se utiliza así en
caso de que haya un paciente afectado por una enfermedad muy contagiosa, tipo el ébola. Seis camas, seis enfermeros y seis auxiliares de enfermería, 12
profesionales dispuestos a actuar juntos en caso de producirse una crisis en
uno de los pacientes. Tras la primera inspección matutina, cada enfermero se pone al teléfono
para comunicar al familiar o amigo del paciente, según el número que les haya
proporcionado éste, como paso la noche y como se encuentra el enfermo. Una
preciosa iniciativa por parte de los responsables del servicio. El control
directo de cada paciente es responsabilidad del doctor especialista que le haya
atendido en consulta o urgencias. En mi caso al otorrinolaringólogo de servicio,
y la coordinación de los equipos a otro médico asignado a la UCI en guardias de
24 horas, que se encargaba también de la provisión de medicamentos y
alimentación.
- Vamos a probar si es capaz de tomar una dieta blanda -me
dijo la doctora, responsable de aquel día.
Sentía tal nudo en la garganta que me agobió el anuncio y
negué ostensiblemente con la cabeza.
- Usted verá, pero no se puede alimentar sólo por las venas,
si se niega a comer tendré que entubarle por la nariz y bombearle los alimentos
directamente al estómago -me amenazó. La perspectiva era todavía peor.
- Bueno -leyó en mis labios.
- Comenzaremos por un batido, que podrá sorber con una
pajita. ¿Algún sabor en especial?
- Fresa -dije en silencio.
El domingo me sentía mejor y aguanté más rato levantado. A
la hora del almuerzo me trajeron una bandeja con dos platos de puré. Uno no
sabía a nada y el otro tenía un cierto sabor agradable, tomé algunas cucharadas
de éste. De postre, flan de vainilla. Era domingo.
- Hace un rato ha llamado desde su casa la doctora que le
operó para preguntar sobre su estado -me informó la enfermera de turno. Seguía
siendo domingo, todo un detalle por su parte que en su día de asueto continuara
preocupándose por sus pacientes.
Lunes, 25 de abril, recordé que era el aniversario de la
Revolución de los Claveles: “Grândola, villa morena, tierra de fraternidad, Grândola,
villa morena, el pueblo es quien más ordena, dentro de ti, oh, ciudad. Grândola,
villa morena, tierra de fraternidad, en cada esquina un amigo, en cada rostro
igualdad…” La programación por radio de la canción de José Afonso, prohibida
por la dictadura de Salazar, que se había prolongado desde el 68 en la figura
de Marcelo Caetano, era la señal esperada por los Capitanes para sacar las
tropas a la calle y, confraternizando con el pueblo, dar el golpe de Estado que
derribó la Dictadura y dio paso al proceso democrático en el país vecino. Era la
primavera de 1975, al General Francisco Franco, su homólogo español, le
quedaban pocos meses para dejarnos, y llevarse con él sus cuarenta años de
opresión y oscurantismo a los Infiernos. Lo de los claveles vino de que a gente
del pueblo se le ocurrió aplacar los ánimos de los soldados que continuaban
fieles al viejo régimen, y salieron a la calle a reprimir la revuelta,
introduciendo rojos claveles en los cañones de sus fusiles. La peli “Capitanes
de Abril” narra de una forma muy elegante todo este proceso; dirigida por María
de Medeiros, que también es co-guionista, se la puede ver actuar en todo su
esplendor, acompañada por un inolvidable Joaquím de Almeida, interpretando al mayor
Otelo Saraiva de Carvalho, y el español Fele Martínez en
un papel muy dramático, participando en la captura de Caetano, escondido con
parte de su gobierno en un acuartelamiento que le seguía siendo leal. Como
podrá comprobar, el que sea asiduo a mi obra, la cabra tira al monte, y el
estilo de mis novolas tipo “El 93 en el…”, dónde se mezcla la narración de la
historieta con la crítica cinematográfica, reaparece al menor descuido. Perdón.
Ese día también sufrí en propias carnes la razón por qué
llevaba el sanatorio la coletilla de universitario, en forma de una estudiante
italiana tan risueña y entusiasta como falta de experiencia. Rebecca me dijo
que se llamaba, y estaba allí disfrutando de una beca Erasmus. No resultaba
nada extraño, ya que Las Españas es el país a la cabeza de la Unión Europea en
la referente a intercambio de estudiantes Erasmus.
- Te vamos a cambiar el tubo de la cánula que es esférica
por una fenestrada, es decir, con agujeritos, que permiten el paso del aire
hacia la laringe, para probar si no están dañadas las cuerdas vocales y puedes
volver a hablar -me informó el doctor otorrino que vino a visitarme. Junto a él
llegaron la enfermera y la auxiliar que tenían el turno de mañana y la estudiante.
Yo asentí con la cabeza para confirmar. Y el continuó:
- En principio sólo voy a dirigir las maniobras verbalmente
y a alumbrar con este foco que llevo sobre la frente, pero la extracción de la
vieja y la puesta de la nueva correrá a cargo de esta bella señorita que se ha
ofrecido voluntaria a realizarla. Me ha dicho que ya ha cambiado varias así que
no te preocupes que no habrá ningún problema…
Ella manipulaba el nuevo tubo de cánula, y disponía las
cintas, que anudadas alrededor de mi cuello supondrían el anclaje del sencillo.
El doctor me seguía informando sin dejar de dar
instrucciones a la estudiante, que se notaba un poco azarada.
- Está segura de que la ha puesto ya más veces -la
preguntaba, mosqueado.
Quitar la vieja no tuvo problemas, pero al intentar
introducir puse un grito de dolor silencioso en el cielo y notaba que me ahogaba.
Un mal trance hasta que el doctor se la quitó de las manos y remató la faena.
Respiraba fatigado. El doctor espero a que me tranquilizara un poco, luego puso un dedo sobre la cánula y de pidió:
- Diga algo, cualquier cosa.
- Sí -me escuché como una voz que venía de muy lejos.
- Hombre, algo más largo...
- ¿Cómo está? -se me ocurrió.
- Ve, ya puede hablar. Solo le falta practicar.
¡ Podía hablar de nuevo! ¡Hurra!
Y, en fin, cuando, dentro de algunos años, la biendispuesta
Rebecca salvé la vida de algún enfermó practicándole una traqueostomía de
urgencia daré por bueno el mal rato que me hizo pasar.
- Ya se encuentra mucho mejor y además necesitamos su sitio
para una urgencia que están operando en estos momentos, así que le pasamos a
habitación. Allí estará más tranquilo, podrá recibir visitas y, si lo desea,
ver la televisión.
Cuando el celador puso en marcha mi cama hacia el nuevo destino sonó un estruendoso aplauso y unos alegres gritos de ánimo y despedida. ¡El equipo festejaba a cada paciente que abandonaba con vida sus servicios!
Cuando el celador puso en marcha mi cama hacia el nuevo destino sonó un estruendoso aplauso y unos alegres gritos de ánimo y despedida. ¡El equipo festejaba a cada paciente que abandonaba con vida sus servicios!
Podía pasar a sala, pero no había habitaciones disponibles hasta que
salieran los enfermos a los que habían dado el alta esa mañana. Me llevaron
temporalmente a una unidad de cuidados pero menos intensiva: ¡a la de las recién
parturientas!, dónde se recuperaban de los dolores del trance si habían tenido
dificultades. Aunque, en teoría, no necesitaba ya estar conectado a las máquinas
que daban de continuo mis constantes vitales, pues era un paciente de planta,
el protocolo es el protocolo seguía estando conectado.
El scanner que me debían hacer aquella tarde se tuvo que aplazar para el día
siguiente, porque hacía falta una petición formal, firmada por el otorrino que
lo solicitaba, y mi consentimiento, ya que me tenían que inyectar una sustancia
de contraste que podía tener consecuencias adversas. Una vez más, el protocolo.
(continuará)



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