martes, 17 de mayo de 2016

Mi Alien y yo (Una convivencia imposible) Capítulo 3

3

            Desperté de un profundo y relajante sueño en el que me encontraba sumido en la oscuridad más completa a un espacio muy luminoso. No sabía dónde me encontraba, vi un rostro cercano al mío, el se dio cuenta de que había abierto los ojos y comenzó a hablar:
         - Mi nombre es José, su enfermero, nos encontramos en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) -miró su reloj de pulsera-, son las 12 de la noche, has dormido mucho tiempo…
         Intenté preguntar algo y sentí que mis labios se movían pero no articulaba palabra, él se dio cuenta.
          - Recordará que le estaban operando de una traqueostomía, la operación salió bien y ahora respira directamente por la tráquea, como no le llega el aire a la boca no puede hablar por el momento, pero eso ya se irá corrigiendo y volverá a hablar, no se preocupe…




             Cada vez me iba encontrando más consciente y noté que tenía las manos atadas y los brazos llenos de tubos, a la vía que me habían abierto en el Gómez Ulla se añadían otra en el mismo brazo y otras dos en el otro. Sobre la garganta sentía borbotear oxígeno bajo una mascarilla. Tironeé para zafarme de las ligaduras, el enfermero se dio cuenta de mi actitud.
         - Sí, le hemos atado las manos, es por su bien, para que no se quitara nada de lo que tiene puesto en caso de que tuviera alguna molestia mientras estaba dormido, cuando se encuentre un poco más despejado se las liberaremos. Ahora siga descansando que no me apartaré de su lado.
            Apareció un rostro femenino en mi campo de visión.
           - Soy María, su auxiliar de enfermería, le voy a tomar la temperatura - y acercó un termómetro de oído a mi oreja- . Treinta y tres con nueve -escuché.
         Nunca había tenido noticia de una temperatura tan baja en un ser humano. Cuando le cantó la tensión al enfermero, también por los suelos, empecé a pensar que me había convertido en un animal de sangre fría, como un lagarto.

         La cama era abatible y me tenían bastante levantada la cabeza para facilitar mi respiración, con lo que mi ángulo de visión era bastante amplio. Allí había un continuo movimiento de batas blancas de un lado para otro. Cada vez era capaz de pensar con mayor lucidez, los “chutes”, que me pasaban por vía intravenosa, contribuían a despertarme. Y José había vuelto para desatarme, y aspirar con aire a presión las mucosidades que llenaban la cánula y me impedían respirar con facilidad. ¡Qué felicidad sentir de nuevo mis manos al servicio de mi voluntad! Cuestiones tan triviales, como arrascarte la nariz, pueden convertirse en un serio problema que te llega a agobiar, si no tienes la posibilidad de acceder con tus manos a ella. Entre ratos de duerme y ratos de vela pasé toda la noche, mezclando los sueños con los pensamientos.

            Renacer. Recordé que hoy era día 23 de abril, aniversario de las muertes de Shakespeare y de Cervantes, en el año 1616, -¡qué casualidad, 400 aniversario, un número redondo!-, y día en que yo volvía a la vida. Para quien ha escrito novolas que tocan el realismo mágico -en “El 93 en el 63” al protagonista se le aparece en varias ocasiones Víctor Hugo, niño incitándole a escribir-, más que una fútil coincidencia podría considerarse una señal.

          En llegado a este punto, creo interesante reflexionar sobre por qué estoy escribiendo esta especie de cronicón sobre la evolución de mi enfermedad, y además se lo doy a conocer a la luz pública, cuando tal vez debía ser más recatado y dejarlo para mi propia intimidad. 
        Por una parte, comparto la opinión con don Miguel de Unamuno que es bien difícil saber hasta qué punto uno es autónomo cuando escribe: “¿Quién mueve la mano del que mueve la mano del que mueve la mano que mueve la marioneta?”; por otra, como a través de la red, por mis páginas abiertas en varias plataformas, tengo relación con algunos cientos de personas desde Ucrania a la Baja California, y desde Suecia a la Patagonia, me producía un agobio tremendo tener que estar repitiendo mi vulgar historieta una y otra vez. ¿Por qué no resumirla y darle un cierto tono literario? Además se habían producido, en mi caso, una serie de pequeños fallos en cadena en el sistema de la Salud Pública, que estuvieron a punto de llevarme a poder comprobar en propia alma cuanto había de cierto en los mitos religiosos sobre el Más Allá. ¿Por qué no hacer una denuncia pública que contribuya a que cesen los recortes presupuestarios en una actividad decisiva para lo que conocemos como Estado del Bienestar?  Item más, mi vocación hacía la educación tan tempranamente desarrollada como monitor de natación  podría tener una consolidación en la difusión de los actuales medios con que se cuenta para la prevención  y sanación de enfermedades. Y, por terminar, continúo dirigiendo la Editorial Digital “El Azafrán”, y, por fas o por nefas, la tengo muy abandonada en los últimos tiempos.

         Regresando a la UCI, la amplia sala de forma rectangular tenía iluminación natural en uno de sus lados largos mediante amplios ventanales que, más tarde, pude contemplar tenían una magnífica vista sobre el polígono industrial de Arganda, y un poco más lejos se podía contemplar el propio pueblo. Hay seis camas alineadas perpendicularmente a los ventanales y la que ocupo está en una de los extremos… Comienzo a escuchar un pitido intermitente que cada vez se hace más agudo e insistente… Pero, ¿qué pasa, qué es ese revuelo, qué son esas carreras?
             - ¡Se nos va! - oigo exclamar a José.
         Junto a la cama que tengo al lado hay una profusión de enfermeros y auxiliares. Intento enterarme de lo que pasa. Voy atando cabos con frases inconexas… La cama está ocupada por una señora y ha tenido un paro cardíaco. La angustia flota en el aire de la amplia estancia. Tras nuevos murmullos, poco a poco parece que el temporal va amainando, y acaba por escucharse un grito entusiasta. La paciente ha vuelto a recuperar sus constantes vitales y se encuentra a salvo por el momento.

         Así funcionan los equipos que en tres turnos cada día llevan adelante el funcionamiento de este servicio. Como un grupo entusiasta que se enorgullece de llevar de una forma óptima su labor. Si algún lector se llegó a pensar que esto iba a ser una continua diatriba en contra de la Sanidad Pública puede comenzar a contrastar su error, también se escriben estas páginas para loar la buena actuación y entrega de muchos profesionales, que, por encima de las muchas trabas que les ponen los recortes gubernamentales, saben estar a la altura de la loable actividad que practican.

         La jornada se iniciaba a las ocho de la mañana con el cambio de turno. Comenzaba por el baño, en la misma cama, con agua tibia y una esponja enjabonada. Después crema hidratante en la espalda, para evitar las escoliosis. Te advertían que sentirías frío… Comprobación de los niveles de azúcar, por si había riesgo de diabetes, antes del desayuno. Un batido enriquecido con vitaminas, en mi caso, pues no podía tragar nada sólido, mi Alien seguía instalado en el tragadero. Con ayuda me llevaban hasta un sillón, con mi inseparable bolsa del pis que recogía la sonda instalada a tal fin en mi vejiga. El primer día me sentía mareado y en cuanto me cambiaron las sábanas volví a la cama. Era sábado y no había consultas, la actividad del hospital estaba ralentizada, no obstante, a media mañana, el otorrino que estaba de guardia se pasó por la UCI a visitarme, para saber sobre mi estado y controlar cómo estaba la presión de la esfera de mi cánula.
         
       Seis camas, una de ellas con la posibilidad de quedar herméticamente aislada dentro de una especie de pabellón de plástico, que se utiliza así en caso de que haya un paciente afectado por una enfermedad muy contagiosa, tipo el ébola. Seis camas, seis enfermeros y seis auxiliares de enfermería, 12 profesionales dispuestos a actuar juntos en caso de producirse una crisis en uno de los pacientes. Tras la primera inspección  matutina, cada enfermero se pone al teléfono para comunicar al familiar o amigo del paciente, según el número que les haya proporcionado éste, como paso la noche y como se encuentra el enfermo. Una preciosa iniciativa por parte de los responsables del servicio. El control directo de cada paciente es responsabilidad del doctor especialista que le haya atendido en consulta o urgencias. En mi caso al otorrinolaringólogo de servicio, y la coordinación de los equipos a otro médico asignado a la UCI en guardias de 24 horas, que se encargaba también de la provisión de medicamentos y alimentación.
         - Vamos a probar si es capaz de tomar una dieta blanda -me dijo la doctora, responsable de aquel día.
         Sentía tal nudo en la garganta que me agobió el anuncio y negué ostensiblemente con la cabeza.
           - Usted verá, pero no se puede alimentar sólo por las venas, si se niega a comer tendré que entubarle por la nariz y bombearle los alimentos directamente al estómago -me amenazó. La perspectiva era todavía peor.
            - Bueno -leyó en mis labios.
           - Comenzaremos por un batido, que podrá sorber con una pajita. ¿Algún sabor en especial?
            - Fresa -dije en silencio.

            El domingo me sentía mejor y aguanté más rato levantado. A la hora del almuerzo me trajeron una bandeja con dos platos de puré. Uno no sabía a nada y el otro tenía un cierto sabor agradable, tomé algunas cucharadas de éste. De postre, flan de vainilla. Era domingo.
         - Hace un rato ha llamado desde su casa la doctora que le operó para preguntar sobre su estado -me informó la enfermera de turno. Seguía siendo domingo, todo un detalle por su parte que en su día de asueto continuara preocupándose por sus pacientes.


          
         Lunes, 25 de abril, recordé que era el aniversario de la Revolución de los Claveles: “Grândola, villa morena, tierra de fraternidad, Grândola, villa morena, el pueblo es quien más ordena, dentro de ti, oh, ciudad. Grândola, villa morena, tierra de fraternidad, en cada esquina un amigo, en cada rostro igualdad…” La programación por radio de la canción de José Afonso, prohibida por la dictadura de Salazar, que se había prolongado desde el 68 en la figura de Marcelo Caetano, era la señal esperada por los Capitanes para sacar las tropas a la calle y, confraternizando con el pueblo, dar el golpe de Estado que derribó la Dictadura y dio paso al proceso democrático en el país vecino. Era la primavera de 1975, al General Francisco Franco, su homólogo español, le quedaban pocos meses para dejarnos, y llevarse con él sus cuarenta años de opresión y oscurantismo a los Infiernos. Lo de los claveles vino de que a gente del pueblo se le ocurrió aplacar los ánimos de los soldados que continuaban fieles al viejo régimen, y salieron a la calle a reprimir la revuelta, introduciendo rojos claveles en los cañones de sus fusiles. La peli “Capitanes de Abril” narra de una forma muy elegante todo este proceso; dirigida por María de Medeiros, que también es co-guionista, se la puede ver actuar en todo su esplendor, acompañada por un inolvidable Joaquím de Almeida, interpretando al mayor Otelo Saraiva de Carvalho, y el español Fele Martínez en un papel muy dramático, participando en la captura de Caetano, escondido con parte de su gobierno en un acuartelamiento que le seguía siendo leal. Como podrá comprobar, el que sea asiduo a mi obra, la cabra tira al monte, y el estilo de mis novolas tipo “El 93 en el…”, dónde se mezcla la narración de la historieta con la crítica cinematográfica, reaparece al menor descuido. Perdón.

  
                                          


         Ese día también sufrí en propias carnes la razón por qué llevaba el sanatorio la coletilla de universitario, en forma de una estudiante italiana tan risueña y entusiasta como falta de experiencia. Rebecca me dijo que se llamaba, y estaba allí disfrutando de una beca Erasmus. No resultaba nada extraño, ya que Las Españas es el país a la cabeza de la Unión Europea en la referente a intercambio de estudiantes Erasmus.
         - Te vamos a cambiar el tubo de la cánula que es esférica por una fenestrada, es decir, con agujeritos, que permiten el paso del aire hacia la laringe, para probar si no están dañadas las cuerdas vocales y puedes volver a hablar -me informó el doctor otorrino que vino a visitarme. Junto a él llegaron la enfermera y la auxiliar que tenían el turno de mañana y la estudiante.
             Yo asentí con la cabeza para confirmar. Y el continuó:
             - En principio sólo voy a dirigir las maniobras verbalmente y a alumbrar con este foco que llevo sobre la frente, pero la extracción de la vieja y la puesta de la nueva correrá a cargo de esta bella señorita que se ha ofrecido voluntaria a realizarla. Me ha dicho que ya ha cambiado varias así que no te preocupes que no habrá ningún problema…
         Ella manipulaba el nuevo tubo de cánula, y disponía las cintas, que anudadas alrededor de mi cuello supondrían el anclaje del sencillo.
         El doctor me seguía informando sin dejar de dar instrucciones a la estudiante, que se notaba un poco azarada.
        - Está segura de que la ha puesto ya más veces -la preguntaba, mosqueado.
           Quitar la vieja no tuvo problemas, pero al intentar introducir puse un grito de dolor silencioso en el cielo y notaba que me ahogaba. Un mal trance hasta que el doctor se la quitó de las manos y remató la faena.
              Respiraba fatigado. El doctor espero a que me tranquilizara un poco, luego puso un dedo sobre la cánula y de pidió:
               - Diga algo, cualquier cosa.
               - Sí -me escuché como una voz que venía de muy lejos.
               - Hombre, algo más largo...
               - ¿Cómo está? -se me ocurrió.
               - Ve, ya puede hablar. Solo le falta practicar.
               ¡ Podía hablar de nuevo! ¡Hurra!
             Y, en fin, cuando, dentro de algunos años, la biendispuesta Rebecca salvé la vida de algún enfermó practicándole una traqueostomía de urgencia daré por bueno el mal rato que me hizo pasar.

             - Ya se encuentra mucho mejor y además necesitamos su sitio para una urgencia que están operando en estos momentos, así que le pasamos a habitación. Allí estará más tranquilo, podrá recibir visitas y, si lo desea, ver la televisión.

              Cuando el celador puso en marcha mi cama hacia el nuevo destino sonó un estruendoso aplauso y unos alegres gritos de ánimo y despedida. ¡El equipo festejaba a cada paciente que abandonaba con vida sus servicios! 

              Podía pasar a sala, pero no había habitaciones disponibles hasta que salieran los enfermos a los que habían dado el alta esa mañana. Me llevaron temporalmente a una unidad de cuidados pero menos intensiva: ¡a la de las recién parturientas!, dónde se recuperaban de los dolores del trance si habían tenido dificultades. Aunque, en teoría, no necesitaba ya estar conectado a las máquinas que daban de continuo mis constantes vitales, pues era un paciente de planta, el protocolo es el protocolo seguía estando conectado.

              El scanner que me debían hacer aquella tarde se tuvo que aplazar para el día siguiente, porque hacía falta una petición formal, firmada por el otorrino que lo solicitaba, y mi consentimiento, ya que me tenían que inyectar una sustancia de contraste que podía tener consecuencias adversas. Una vez más, el protocolo.
                                                                                                                                                                                                               (continuará)


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