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En la habitación 315. Definiendo a mi Alien
Por fin, a media tarde me llevaron a la habitación. Una estancia amplia, era para dos usuarios pero sólo tenía mi cama,
las paredes pintadas en color malva invitaban al sosiego. Tenía un gran
ventanal que, más tarde, comprobé daba a una terraza no transitable con pavimento
de grava. Estaba orientada al norte y desde ella podía ver un tramo de la
Carretera de Valencia. También tenía un sofá convertible en cama, que podía ser
utilizado por un acompañante. Después del traqueteo constante de la UCI,
aquello era un remanso de paz. En la terraza había, como a tres metros de la
ventana, el ventilador exterior de una máquina de aire acondicionado, que hacía
un runruneo intermitente y un murmullo de agua corriente cuando se paraba,
junto a ella había crecido, sobre la árida grava, una mata de jaramagos. Debí
de pasar dormitando un buen rato, al despertarme recordé un poema, que está
entre mis favoritos, y que había escrito en la universidad, allá cuando todavía
estaba por el primer curso, sobre un tablero de dibujo, por entretenerme antes de comenzar la tarea asignada:
Se escuchaban entre la neblina
Que el albor creaba,
Entre los álamos del monte
Y el monasterio quedo y
arruinado
Que el cercano río reflejaba,
Entre los espinos y las breñas,
Entre los jaramagos y musgos de
las peñas,
Extraños rumores de fragua,
Elegías de amor y orgullo vano,
Endechas de romance y cantos de
agua.
El río claro, agua durmiente
En vados bruñidos por los
siglos,
Agua meditativa del juglar
doliente,
Agua murmullo de reflejos de un
ayer callado,
Agua, única noticia de que el
tiempo pasa.
Al rato me vino a buscar un celador y
me llevaron, cama incluída, a hacer unas placas a radiología. Una de frente y
otra de perfil. De regreso, era ya la hora de la cena. Una bandeja cerrada,
isotérmica para guardar el calor de los alimentos, con dos platos de puré, una
botella de agua mineral fresca y un yogur de postre. Me gustaba leer el papelito pegado a la tapa que pregonaba el menú, porque los purés tenían
nombres prometedores: crema de calabacín, túrmix de ternera guisada… aunque,
salvo excepciones, todo sabía a lo mismo y sólo cambiaba el color de la papilla,
bastante acorde con lo anunciado.
A la mañana siguiente, con el cambio
del personal asistencial, comenzó el ritual de la toma de la temperatura, tensión,
pulsaciones y oxigenación que se volvería a repetir otras dos veces durante la
jornada. Después, por fin, una ducha… Ya me iba haciendo falta. Lo tenía
complicado con la bolsa del pis en la mano y con mucho cuidado para no mojarme
ni las vías, todavía llevaba cuatro, ni los anclajes de la cánula anudados al
cuello, y mucho menos la entrada de ésta. La auxiliar de turno, muy guapa, por
cierto, se prestó a ayudarme. Y con paciencia, con agua calentita y esponja
jabonosa, parte a parte, miembro a miembro, me fue lavando, aclarando y secando
-si mi estilo estuviera en la línea del de Henry Miller, a quien admiro (hasta
el punto de que me tuve que leer su Trópico de Cáncer, comprado en Paris, en
francés, porque la lectura de este gran escritor, íntimo amigo de la célebre Anaïs Nin,
estaba prohibida en las Españas franquistas), sería el momento de señalar que
la acariciadora esponja me produjo una erección, pero como el mío está lejos de
las procacidades del americano, diré que si la hubiera habido lo habría sido de
agradecimiento-, y me ayudó a poner un pijama limpio. Me quedé como nuevo.
El desayuno de la dieta blanda
consistía en una papilla que se anunciaba como túrmix de cereales, la probé y
no tenía sabor, su consistencia era tan pastosa que pensé que sería buena para
enfoscar paredes, y pregunté a la enfermera si se podía cambiar por un café con
leche con galletas, que una vez mojadas se convertirían en papilla, y me
dijeron que no, que eso pertenecía al desayuno normal y el que me habían
asignado los doctores era el túrmix. Casi me había olvidado de los protocolos.
Conseguí que me trajeran un yogurt y un batido de dieta.
Vino a visitarme un amigo, que traía mi máquina de afeitar eléctrica y
un par de libros que se le había ocurrido me podían entretener las largas horas
de tedio hospitalario: uno iba de recopilación de situaciones extrañas y
paranormales, escrito por el mismo autor de “El triángulo de las Bermudas”, y
el otro era una crónica muy amena de los primeros veinte años del periódico “El
País” escrito por uno de los redactores que estuvo en el proyecto casi desde el
principio, y estaba lleno de anécdotas. Se fue enseguida, porque había aprovechado un paréntesis en su trabajo para venir.
Al poco apareció la médica de nutrición
para explicarme que tenía un principio de anemia y en que iba a consistir mi
recuperación nutricional, con un tratamiento mixto de vitaminas tomadas por vía
oral y venosa, hierro, proteína NM, en sobres para añadir a los purés en cada
comida y batidos energéticos. Más tarde os contaré los problemas que me generó
la dieta propuesta por esta doctora a la que no volví a ver el pelo.
Me trajeron la hoja para que firmara mi
autorización al escaner y me llevaron a radiología, está vez en silla de
ruedas, y al mando de una simpática celadora que siempre tenía unas palabras de
ánimo para los pacientes, cuando nos llevaba a todo trapo por los pasillos.
La máquina de escanear es un arco
grande de medio punto, que lleva dispuesta una cama colocada en sentido
perpendicular, donde se tumba al paciente. Tras de haber introducido en el
riego sanguíneo de éste un líquido de contraste (una solución yodada, y de ahí
venía el tema de la autorización, ya que se pueden dar casos de incompatibilidades y alergias), se
sitúa la parte del cuerpo que quiere ser escaneada debajo del arco y, según se
va moviendo la cama, se van obteniendo diferentes imágenes coloreadas del
interior del cuerpo, que luego se pueden ver como si fueran rodajas de embutido dispuestas en una
bandeja.
De vuelta a la habitación, me tumbé a
descansar un rato cuando apareció una señorita que se presentó como:
- Soy la Trabajadora Social del Hospital,
me llamo Miriam, y estoy aquí porque si usted necesitara algo se lo podría
facilitar.
Me acorde que una vez duchado y limpio
me había mirado al espejo del baño, y me horroricé con el aspecto que tenía con
barba de varios días y el pelo más largo de lo habitual en mí. Como no me
sentía muy bien los días anteriores, tampoco me daban ganas de ir a la
peluquería, ahora me daba cuenta de que debía haber hecho un esfuerzo, pero
tampoco podía prever que la cuestión estallaría tan de improviso.
Como tenía puesta la cánula esférica no
podía hablar, pero una amable auxiliar, la tarde anterior, me había provisto de una carpetilla con unos folios, para
hacerme entender en casos como el que se me presentaba.
- ME VENDRÍA BIEN UN CORTE DE PELO -escribí con letras mayúsculas, como es habitual en mí, cuando quiero hacerme
entender y le pasé la carpetilla.
- El hospital no dispone de servicio de
peluquería -respondió con presteza.
Puse cara de incredulidad y negué con
la cabeza. Todo el mundo sabe que, cuando tienen que operar a un paciente, un
barbero limpia previamente la zona que va a ser afectada. Hace unos años me
operé de una hernia inguinal y me atendió uno previo a entrar al quirófano. O
ella estaba mal informada o me trataba de engañar descaradamente.
La pedí la carpeta y escribí: -¿SEGURO?
- Bueno -dudó -, me informaré sobre la
cuestión y se lo diré mañana. Si necesita que llamemos a algún familiar…
Con un gesto le señalé mi móvil, que
tenía al lado sobre una mesa auxiliar y dije en silencio:
- No, gracias -, así que iba a piñón
fijo, ponerse en comunicación con las familias de los pacientes parecía que era
su única preocupación.
- Mañana volveré -se empezó a
despedir-, si necesita algo estoy en Atención al Paciente en la planta baja,
llame a un celador y que le bajen.
Le dije adiós con la mano, y se fue con un "Hasta mañana", verbal.
Pasó un rato, que aproveché para
meditar en cómo era posible que una cosa tan profiláctica como es el tener el
cabello bien cortado podía no estar contemplado en un sistema tan dado a los
protocolos, hasta que apareció uno de los otorrinos, acompañado por la
enfermera y una de las auxiliares. Dijo que me encontraba muy bien de aspecto, y
al ver que todavía llevaba la sonda del pis y varias de las vías, dijo a la
enfermera que me la quitara y que dejara sólo una vía. Mientras se realizaban
estas operaciones fueron llegando más médicos del equipo de otorrinos del
hospital, que se pusieron a evaluar mi situación, mientras me cambiaban el tubo
de la cánula, con vistas a hacer una programación. Decidieron que lo mejor
sería continuar en consulta para hacerme una exploración con el endoscopio,
pero se dieron cuenta de que ya era casi la hora de la comida y lo dejaron para
el día siguiente.
Sin la sonda de vejiga había ganado una
gran movilidad y, tras de pasar por el baño para comprobar el buen
funcionamiento de mi uretra, salí al pasillo a disfrutarla dándome un paseíto hasta
el control, unos veinte metros… La parte de hospital dedicada a sala de estancia de pacientes estaba organizada de la siguiente forma: había una zona de control, centrada, de la que partían cuatro pasillos perpendiculares entre sí, y en cada uno de ellos varias habitaciones para los enfermos y salas necesarias para el funcionamiento del servicio. Una organización muy funcional, y ergonómica para los empleados.
Llegó el almuerzo, y con él una pequeña
cantidad de negro hierro, en un vaso del tamaño de un chupito, y un sobre con las
proteínas NM, en polvo, que me dijo la auxiliar debía disolver en uno de los
dos platos que me venían en la bandeja. Preventivamente, por si no me gustaba
su sabor, decidí disolverlo en el que tomara en segundo lugar. ¡Qué bien hice,
por Dios!, porque los polvos formaban grumos que era imposible llegar a desleír
del todo, a pesar de que añadí agua al puré, y cuando trataba de tragar una
cucharada se me irritaba la garganta y sufría un ataque de tos, que parecía se
me iba a arrancar la cánula. Bebí agua, traté de serenarme y recuperar la
respiración, y lo volví a intentar con el mismo resultado adverso, así que
terminé por desistir y esperar un poco, para tomarme el yogur que me habían
puesto de postre, que como estaba suave acabo por entonarme la garganta.
La televisión, que me anunció la
doctora de la UCI me serviría como entretenimiento, en efecto estaba colgada de
la pared frente a la cama, pero resultó que era de pago, y ¡qué timo!: lo
mínimo que se podía conectar era por una duración de 6 horas al precio de 4
euros -para posibles lectores foráneos, aclararé que el precio de la barra de pan de
horno, por aquí, está a 0,50 €., ocho barras de pan, pues, la provisión semanal
de pan de una pareja- y, para más, el tiempo comenzaba a correr desde que
introducías las monedas en una máquina a tal efecto, que se encontraba junto al
bloque de ascensores de la planta, a unos cincuenta metros de mi habitación, y seguía
corriendo aunque tuvieras apagado el aparato. Yo, seis horas seguidas, mirando “la
caja tonta” no me estoy dispuesto a pasar ni para ver una final de la Copa Davis, que es a cinco
sets, entre Federer y Nadal… Allí podía seguir adornando con sus negros
reflejos el aparato que, parangonando la frase de Carlos Marx sobre la religión,
se denominaba “el moderno opio de los pueblos”.
Siempre mejor sería leer un buen libro, me tumbé en la cama a ojear los que me habían traído.
El día siguiente, miércoles, a media mañana, me vino a buscar con
una silla de ruedas la simpática celadora de los eslalones por los pasillos, y me
bajo a la consulta de otorrinolaringología. Una vez allí me sentaron en una
silla elevada. Estaba casi todo el equipo. Una señorita muy simpática me
preguntó si me acordaba de ella, la miré y no, no la recordaba de nada, negué
con la cabeza.
- Soy la doctora que le practicó la
operación.
Me vinieron de golpe todos los
recuerdos de aquella mañana y la sonreí. Quería preguntarla por su nombre, pero
como no tenía puesta la cánula fenestrada no podía hablar. Al fin me hice entender por
señas.
- ¿Me pregunta por mi nombre? Me llamo
Elen -cantó.
Sin que llegara a hacerse sonido, mis
labios y lengua articularon un:
- Encantado -y se me humedecieron los
ojillos al tiempo que la ofrecía mi mano, me la estrechó y luego me dio unas
afectuosas palmaditas en el hombro.
El jefe de servicio, Juan Antonio, me
introdujo el endoscopio por el orificio izquierdo de la nariz. Tras una primera
exploración decidió que había que cambiarme la cánula y ponerme una fenestrada
para, además de explorar el alcance de la lesión, verificar en qué estado se encontraban mis cuerdas vocales.
- Le vamos a enseñar a ponérselo usted
mismo, tiene que irse acostumbrando porque cuando salga del hospital lo tendrá
que hacer a diario -me explicó, y debí de poner una cara muy rara, porque
continuó -, es muy sencillo, ya verá.
Una de las doctoras, de nombre Nora, de unos cincuenta años y pronunciado acento argentino, estaba preparando la nueva
cánula, mientras la enfermera me quitaba la vieja. Me levantaron y me situaron
enfrente de un espejo. Por primera vez veía el agujero de mi garganta, me
pareció enorme y profundo, lo que es la sugestión, porque apenas si tiene poco
más de un centímetro de diámetro y la tráquea de cualquier humano “tampoco es
tan profunda como un pozo, pero suficiente”, como decía Mercuccio, el amigo de
Romeo, en el “Romeo y Julieta” de Shakespeare, respecto a la estocada mortal
que le habían dado. Pusieron el recambio en mis manos temblorosas.
- Es mejor que se ponga un poco de
perfil para hacer puntería, y la cánula inclinada -me indicaba el Jefe de
Servicio, don Pedro Rafael Cabrera Morín, y cogiéndome las manos fue el mismo realizando la maniobra hasta que
el aparato quedo introducido. Luego lo ancló en mi cuello -. Ve como lo hizo,
ya le advertimos que era muy fácil.
Sentado de nuevo en la silla alta, me
introdujeron de nuevo el endoscopio que, ahora, estaba conectado a una pantalla
de vídeo, y podíamos ver el interior de mi laringe y aledaños. Los doctores,
que sabían del tema, conocían que parte de las visitadas era de mi anatomía propia y cual estaba
ocupada por mi Alien. Lo estaba viendo con mis propios ojos por primera vez,
pero, neófito en la materia no sabía distinguirlo. Me hubiera gustado poder
decirle que era persona “non grata” y que nadie le había invitado a participar
de mi vida, pero, como mucho me temo que este tipo de personajes no tienen oídos, no me habría escuchado. Me dieron un vaso con agua, que debía ir tragando
poquito a poco, para comprobar cómo me funcionaba la deglución. Juan Antonio hacía comentarios sobre lo que iba explorando y los otros le refrendaban lo dicho o se lo ponían en duda.
- Ahora vamos a comprobar el estado de las cuerdas vocales, tápese la cánula con el dedo y diga "e".
Salió un "e" apenas perceptible.
- Con un poco más de fuerza, por favor, primero normalice un poco la respiración, y luego inténtelo de nuevo...
- Eeeee... -y me puse a toser.
- Tranquilícese y pruebe ahora con la "i".
- Iiiiii
- Perfecto -y me extrajo lentamente el endoscopio entre mis renovadas toses. Se cruzaron un par de comentarios que no pude oír -. Denle un vaso de agua para que se enjuague y una batea para que escupa.
Mientras hacia las gárgaras tuvo un corto y animoso debate con alguno de los del equipo, luego volvió a mi:
Mientras hacia las gárgaras tuvo un corto y animoso debate con alguno de los del equipo, luego volvió a mi:
- Ya tenemos conocimiento de la amplitud de la neoplasia, ahora nos falta saber de qué tipo es, benigno o maligno, para eso hay que hacerte una biopsia. No te dolerá, porque te voy a poner una anestesia local por spray -y se puso a dar instrucciones a sus colaboradores sobre el material que iba a ir necesitando.
En principio, no me dí cuenta de que había comenzado a tutearme, supongo que para reforzar la confianza, porque yo, a esas alturas del partido, ya no estaba para objetar nada y me limitaba a observar. Abrí la boca cuando me lo pidió, percibí un sabor fuerte, aunque no desagradable, cuando me chorreó con el spray, saqué la lengua cuanto pude a sus indicaciones y sentí que me la agarraban y extraían todavía más. Después como un mordisquito en la base de la lengua y la boca se me lleno de sangre que me salía por todas partes. Me volvieron a dar agua para que me enjuagara y una batea para escupir, y en eso estábamos cuando por el orificio de la cánula salió un chorrillo de sangre que llegó a la pared de enfrente, que estaba como a 2 metros, y de paso les manchó las batas a Nora y Juan Antonio, que eran los que se encontraban más cerca…
Después de que se cortara la
hemorragia, cuando me quedé ya un poco más sosegado, Juan Antonio hizo salir a los de su equipo de la
habitación y se quedó a solas conmigo.
- Bien, por favor, siéntate aquí frente a mí, voy
a explicarte como veo la situación y las alternativas que se pueden dar…
(Continuará)


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