sábado, 14 de mayo de 2016

Los pitufos y el himno 1ª Parte

      
(Adaptación de un cuento del estadounidense O. Henry a la situación actual, con su acción enmarcada en los madriles)


        Marianín se movió, inquieto, en su banco de la plaza de Santa Ana, a la sombra del monumento a don Pedro Calderón de la Barca, el genio del teatro barroco: "...¿qué es la vida?, un frenesí; ¿qué es la vida?, una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; si todo en la vida es sueño, y los sueños, sueños son", y con el lujoso hotel Reina Victoria a su espalda. 



           Cuando las cotorras, llegadas a Madrid de no se sabe dónde, chillan al caer la noche, cuando las mujeres que no tienen lujosos tapados de piel empiezan a ser amables con sus maridos, y cuando Marianín se mueve inquieto en su banco del parque, es seguro que el invierno no tarda en llegar.

       Una hoja muerta cayó en el regazo de Marianín. Era la tarjeta de presentación del Mariscal Gélido, el invierno en persona. El Mariscal es cordial con los moradores de la plaza de Santa Ana, y les advierte con extrema cortesía que pronto hará su visita anual. En las esquinas ventosas entrega su cartulina al Viento Norte, procedente del cercano Guadarrama, lacayo de la residencia de Vida al Aire Libre, de modo que sus habitantes puedan prepararse con anticipación.

          La mente de Marianín cobró conciencia de que había llegado el momento, para él, de convertirse en un Comité Único de Recursos y Asistencia para protegerse de los riesgos que estaban por venir. En consecuencia, se movió inquieto en su banco.

        Las ambiciones hibernales de Marianín no eran demasiado pretenciosas. No contemplaban un crucero por el Mediterráneo, cielos adormecedores en la Costa del Sol o paseos placenteros en la Bahía del Vesubio. Tres meses en la Isla era lo único que su corazón anhelaba. Tres meses de casa y comida segura, y compañía afectuosa, a salvo de Bóreas y de los policías uniformados en sus distintas modalidades, le parecían a Marianín la esencia misma de todo lo deseable.

          La hospitalaria Soto del Real había sido durante años, su residencia de invierno. Así como sus vecinos más afortunados de Madrid compraban pasajes todos los inviernos para las Islas Canarias o la Riviera, así Marianín llevaba a cabo sus humildes preparativos para su escapada anual a la Isla. Y el momento había llegado. La noche anterior tres diarios dominicales distribuidos bajo el saco, alrededor de los tobillos y sobre el regazo, no habían podido impedir que sintiera frío mientras dormía en su banco en la vieja plaza. De modo que la Isla, además de oportuna, adquiría una enorme importancia en la mente de Marianín. Despreciaba las disposiciones previstas, en nombre de la misericordia, para los indigentes de la ciudad. Marianín estaba convencido de que la Ley era más benigna que la Filantropía. Había una lista de instituciones, municipales y eclesiásticas, simples y sencillas, a las que podía acudir por albergue y alimentos. Sin embargo, para alguien de alma orgullosa como Marianín, las dádivas de la caridad eran una gran carga. Aunque no fuera con dinero, había que pagar de todos modos con humillaciones del alma los beneficios recibidos de las manos filantrópicas.

         Tal como a todo César le toca un Bruto, cada cama de caridad se retribuye con un baño y cada pedazo de pan se compensa con interrogatorios privados y personales. Los educadores, que con más propiedad deberían denominarse domesticadores, se toman tan a pecho su servil trabajo que su doble juego, tan evidente, produce naúseas a cualquier espíritu sensible. Por consiguiente es preferible ser huésped de la Ley, la cual, pese a ceñirse a sus propias reglas, no se entremete indebidamente en los asuntos privados de un caballero.

         Marianín se levantó del banco y caminó tranquilamente a través de la plaza del Ángel, y dejando a su izquierda la calle de las Huertas tomó por la de San Sebastián hasta llegar a la calle de Atocha. Sólo había que cruzar, y bajando un poco por la de los Cañizares se detuvo ante Casa Patas, el templo del flamenco en la capital, dónde al mediodía se forman tertulias artístico-literarias, como esa que se celebra todos los jueves, con la disculpa culinaria de una paella de magro de cerdo con pimientos rojos, de la que suele ser asiduo participante el ínclito y desmesurado escritor José Antonio Zapata, y todas las noches se reúnen allí los productos más refinados de la uva, la seda y el protoplasma.


           Tenía mucha confianza en sí mismo, desde el último botón de su chaleco hasta el aspecto de su rostro. Se había afeitado, llevaba una chupa decente y una larga corbata de terciopelo, granate y elegante, de nudo corredizo, que le habían regalado las Hermanas de la Caridad del comedor de la calle General Martínez Campos con motivo de la celebración de la Virgen de Agosto, la castiza Virgen de la Paloma, unas fantásticas mujercitas dedicadas a la Misericordia, que con alegría cantan villancicos, con zambombas y panderetas, el día de Navidad para amenizar el almuerzo de los indigentes, y a las que la misoginia católica no las deja ni ser diáconas para poder bautizar a los nuevos creyentes o bendecir matrimonios. Si lograba llegar a una mesa en el restaurante sin levantar sospechas, su éxito estaba asegurado. La parte de su persona que aparecería por encima del mantel no suscitaría dudas en la mente de las camareras. Un pato silvestre asado, pensó Marianín, no estaría nada mal, acompañado de una botella de Rioja, y después unos profiteroles helados, un cortado y un chupito de hierbas. Euro y medio por el chupito sería suficiente. La suma total no sería tan elevada como para provocar grandes demostraciones de venganza por parte de la administración del local, y aún así, la comida lo dejaría satisfecho y contento para emprender el viaje a su refugio de invierno.
              
           Sin embargo, en cuanto Marianín puso el pie en el restaurante, los ojos del maître se posaron en sus pantalones raídos y sus zapatos rotos. Manos fuertes y enérgicas lo hicieron girar hacia la puerta, lo pusieron en la vereda con la mayor discreción y salvaron, de paso, al pobre pato de su miserable destino.

             Marianín regresó a la calle de Atocha. Al parecer, su camino hacia la ansiada Isla no iba a ser muy epicúreo. Había que pensar en otra manera de entrar en el limbo.





             Bajo por la calle Carretas hasta la Puerta del Sol, luces eléctricas y mercancías ingeniosamente expuestas detrás de láminas transparentes hacían muy llamativo el escaparate de un local en la esquina con Preciados. Marianín tomó un adoquín y lo arrojó contra el vidrio. Varias personas, acompañadas por una pareja de nacionales, llegaron corriendo desde la plaza. Marianín se quedó quieto, con las manos en los bolsillos, y sonrió al ver los uniformes.
             - ¿Dónde está el que hizo esto? -pregunto un oficial, agitado.
           - ¿No se le ocurre que yo podría tener algo que ver? -dijo Marianín en tono sarcástico pero amistoso, tal como se le da la bienvenida a la buena suerte.
             Las mentes de los maderos se negaban a tomar en cuenta a Marianín, ni siquiera como posibilidad. Las personas que rompen escaparates no se quedan en el lugar para conversar con los servidores de la ley. Huyen en cuanto pueden. Los policías divisaron a un hombre que corría hacia la calle de Alcalá a detener un taxi. Con las cachiporras en la mano, se lanzaron tras él. Marianín siguió su camino con gran amargura en el corazón, dos veces había fracasado.
               
           Subiendo por la calle Preciados a la altura de la FNAC renacieron sus esperanzas en forma de un "top manta": falsos bolsos de Armani, gayumbos de marca, imitaciones de camisetas Nike de la NBA... que controlaba un subsahariano con la tez más negra que mi alma, y una movida de "pitufos" municipales que se dirigían hacia el minimal negocio con la intención de, con la disculpa de salvaguardar los derechos inalienables de los comerciantes de pro que pagan con sus tasas e impuestos el peaje de la venta de sus productos, y de paso llenan las arcas comunales de donde salen sus sueldos de los sicarios, desbaratar el chiringuito ambulante. Marianín dio el agua al de ébano con el propósito de sustituirle y llevarse él las culpas y el castigo, pero el que había corrido delante de leones, antes de tomar la patera con que atravesó el estrecho, tenía una artimaña en forma de cordaje mediante la cual transformó la manta en hato, y se evaporó con su mercancía en menos de lo que tarda un cura loco en santiguarse. 
             Marianín sonrió a los "pitufos",  que se habían quedado con un palmo de narices, aunque podrido por dentro con la nueva derrota.
             
                                                                                                               (continuará)





         




            
           

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