Llamaba la atención la forma
extravagante en que tenía organizado su estudio de dibujo. El centro lo ocupaba
el tablero plegable y móvil, amplio y con diversos contenedores para soportar
lápices, pinceles y tintas, estaba complementado por una banqueta alta con
riñonera y un plexo flexible de iluminación regulable. Hasta ahí todo se
correspondía con el lugar de trabajo de un dibujante de comic, pero ampliando
la visión del conjunto nos encontrábamos a la izquierda del tablero con un sofá
y un sillón tapizados en terciopelo rojo, con una lámpara de pie que podía dar
al ambiente una tenue iluminación indirecta en tonos dorados y salmones, y a
la derecha con un diván tapizado en raso celeste, sobre el que descansaban
varias almohadas a juego de tono y color, y un pequeño reflector apoyado en el suelo que proyectaba, cuando
era encendido, una luz difusa hacia el cielorraso de la estancia. Un
reproductor musical dotado con dos potentes altavoces colocado sobre un pequeño mueble-bar completaba el equipamiento.
Tan extraña distribución tenía, sin
embargo, una explicación sencilla teniendo en cuenta que Gumersindo Nodales era
tan buen dibujante de acciones y situaciones como escaso de recursos a la hora
de poner voz a sus relatos gráficos, y el apoteósico éxito que había alcanzado
con su personaje estrella: Lionella la Magnífica, le había conducido a tratar
de conseguir una relación de estrecha implicación con los pensamientos de su
propia fantasía, hasta el punto de llegar a sentir las verbalizaciones de sus estados
anímicos, que, por otra parte, eran de un amplio espectro, ya que Lionella era
capaz de las mayores felonías combinadas con las más exquisitas ternuras.
Cuando se tendía en el sofá rojo,
mostrando sus turgentes senos apenas tapados con dos trozos de cuero negro con
que la vestía el dibujante y sus largas y espectaculares piernas abrigadas tan
sólo por una malla transparente, lucía lo que se podría considerar una belleza
satánica, con su larga melena caoba desparramada sobre los desnudos hombros, contorneando
un rostro ovalado de grandes ojos verdes, nariz respingona y labios fuertes y carnosos, él guardaba una
prudente distancia sentándose en el sillón y dejaba que de aquella boca tan
apetecible como maléfica fueran surgiendo las hirientes frases con que atacaba
a sus enemigos al tiempo que hacia restallar en el aire el látigo que manejaba
con su mano diestra.
- ¡Malditos, voy a comeros las entrañas
cuando acabe de arrancaros el corazón! -y en su dentadura, blanca y perfecta,
parecía que se agrandaran y afilaran los colmillos.
Para ambientar estas situaciones
sonaban en la atmósfera del estudio los acordes primitivos de las danzas
rituales de La Consagración de la Primavera u otros de similar índole.
Si Gumersindo presentía que en el
acaloramiento de sus pasiones iba Lionella a abandonar el sofá y aproximarse a
él, saltaba con presteza del sillón y buscaba refugio en su tablero de dibujo logrando
con su actitud que se desvaneciera la alucinación y se reconvirtiera en trazos
de tinta sobre el papel.
Pero Lionella era capaz también de
tener una elevada sensibilidad, y abandonando sus cueros de luchadora
revestirse de sedosos sarís transparentes y provocar escenas amorosamente
tiernas en el diván. En estas ocasiones sí que se encontraba siempre bien
dispuesto el dibujante a compartir tálamo con su personaje.
Los coros angélicos de la 8ª sinfonía
de Mahler acompañaban a menudo los devaneos amorosos del descanso de la
guerrera y sus susurros cariñosos llegaron a adormecer de tal manera a
Gumersindo que en alguna ocasión se despertó de madrugada tendido en el diván,
olvidando su trabajo.
El caso es que este comportamiento tan
desigual en el trato con la una y la otra Lionella llegaron a despertar unos
desmedidos celos en la guerrera y, sin saberse muy bien cuando empezó el cambio,
los diálogos entre el sofá y el sillón pasaron a convertirse en disputadas
controversias entre la alucinación y el dibujante sobre sus relaciones
personales dejando cada vez más de lado las tramas de las historietas.
Hasta que perdiendo con los nuevos rifisrafes
los habituales diálogos argumentales que habían popularizado sus series tuvo
una crisis de producción. Tratando de salir de ella acabó por caer en la
tentación de crear una nueva y distinta en la que se narraran sus propias
aventuras con las alucinaciones…
En mala hora se le ocurrió tal
desatino. En la que dejó inconclusa se autorretrataba de espaldas dibujando
sobre el tablero mientras que una felina Lionella se le iba aproximando con sus
cueros y mallas en silencio y tendía sutilmente el látigo alrededor de la
garganta de Gumersindo… Y es probable que estuviera escuchando mientras pergeñaba la escena el Requiem de Mozart.
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