martes, 10 de mayo de 2016

Mi Alien y yo (Una convivencia imposible) Capítulo 2

2

         (Continuación)

         En mi adolescencia fui nadador y waterpolista, muy pronto me puse a colaborar en los Cursillos Municipales veraniegos de Madrid, donde había aprendido a nadar, y con 17 años ya tenía los títulos de Monitor de Natación y de Salvamento y Socorrismo. Fue durante el curso donde obtuve este último que escuché por primera vez la palabra traqueotomía, en boca del practicante que impartía la parte correspondiente a medicina, de nombre Francisco Marín, que era padre una de nuestras compañeras nadadoras, una bella niña de unos 10 años a la sazón y muy simpática. Lo mismo que el padre que nos explicaba:

      - La traqueotomía es muy fácil de realizar, ya se practicaba en la antigüedad. En caso que os encontréis alguna vez con alguien atragantado de tal forma que no pueda respirar, y comience a ponerse morado, no dudéis en practicarla haciendo una incisión en la tráquea con un instrumento punzante como unos tres dedos por debajo de la nuez, o bocado de Adán, y luego introduciendo por el orificio hecho una cánula que se encuentre a mano, por ejemplo una pajita para tomar batidos, el accidentado volverá a respirar directamente desde la tráquea y le habréis salvado la vida.



         Sólo de pensar que nos viéramos ante tal tesitura se nos ponían los pelos como escarpias, todos los asistentes teníamos edades similares y nula vocación sanitaria. A alguno se le ocurrió objetar sobre qué ocurriría si nos pasábamos con lo de la incisión y cometíamos algún desmán, y el optimista Marín, nos animaba expresando que no había que preocuparse por nada que cuando llegaran las asistencias médicas ya se subsanaría todo lo que hubiera que subsanar… Por fortuna nunca me vi en ese brete, ni en el de poner inyecciones intravenosas, que también afirmaba era pan comido, -poner una inyección una persona no titulada que cause un mal grave al paciente te puede acarrear ir a prisión por imprudencia temeraria-, aunque ejercí en varias ocasiones la profesión de socorrista de piscina para ayudar a costear mis estudios de Arquitectura. Puse lañas en heridas, practiqué el boca a boca en varias ocasiones y mi récord médico fue atender un ataque de epilepsia a un chaval, que además de ser usuario de la piscina me enseñaba a tocar la guitarra en ratos de ocio de mis guardias. Lo más importante es que no se muerdan la lengua así que hay que meterles algo grande entre los dientes, ¡aunque sea una alpargata! Fue muy emotivo cuando unas horas después, ya restablecido, me agradeció mi actuación.

         La traqueoctomía es como una traqueotomía pero más sofisticada, que requiere un quirófano, y un cirujano especializado, para la apertura en la tráquea de un orificio circular de poco más de un centímetro de diámetro, en el que se implantara después un tubo de plástico curvado por donde se realizará la respiración, sustituyendo de sus funciones a una boca y narices que ya están inutilizadas por alguna causa, en mi caso la presencia en mi laringe de mi Alien como una neoplastia creciente.

         Es difícil precisar cuánto tiempo llevaba conviviendo conmigo este invitado no deseado, aunque todo parece indicar que hacía una buena temporada, sólo sé que empecé a tener noticias suyas en septiembre del año pasado en forma de carraspera, sequedad en la garganta y una dificultad dolorosa al tragar los alimentos. Como en varias ocasiones a lo largo de mi vida ya había tenido faringitis y no tenía fiebre, no le di mayor importancia, me autodiagnostiqué y me autorrecete un antiinflamatorio muy conocido que tenía a mano. Pero los síntomas no remitían, así que decidí pedir cita a mi médico de cabecera por teléfono.

         Era una hermosa mañana soleada de finales de septiembre cuando entré al Ambulatorio La Paz de Rivas donde tenía la consulta con mi médico de cabecera habitual en un despacho de la primera planta. Me sorprendió no ver el nombre de la doctora puesto junto a la puerta y pensé que me había olvidado de cuál era el consultorio pues hacía unos dos años que no lo visitaba. Bajé a información a aclarar la cuestión.
         - Esa doctora hace ya tiempo que no está en este centro, le atenderá en el mismo consultorio la doctora que la ha sustituido, doña Ascensión Lázaro Damas. Deme su cartilla que le pongo los nuevos datos.
       - No deberían informar a los pacientes de estos cambios, tenemos el derecho a elegir nuestro médico de cabecera.
         Obtuve un encogimiento de hombros como toda respuesta por parte de la funcionaria.

         La nueva doctora era una señora de unos sesenta años y su trato fue bastante aséptico, comenzando, sin ningún tipo de presentación, por preguntarme que me pasaba. Le conté los síntomas que tenía y me indicó que me sentara en una camilla que había al lado. Tras observar a fondo mi garganta con una luz potente y haciéndome sacar la lengua todo cuanto pude, afirmó que se trataba de una faringitis aguda de origen vírico, y me preguntó si había tomado ya algo. Le dije que llevaba unos días tomando el antiinflamatorio y me recetó unos sobres de un medicamento en el que predominaba como ingrediente el Paracetamol. Había que tomar dos sobrecitos al día diluidos en agua durante 10 días. Aproveché ya el viaje para indicarle que llevaba algún tiempo teniendo una visión borrosa con mi ojo derecho y me hizo un volante para el oculista, cuya cita me confirmarían por teléfono.

         Salí contento de la consulta, el diagnóstico docto coincidía con el iletrado propio. Ya en la calle me fumé un cigarrillo para celebrarlo.

         A los pocos días de tratamiento sentí bastante mejoría, parecía que la ciencia había acertado con la medicación elegida y que habíamos eliminado el virus. Además debía haber epidemia del virus porque un amigo que sabía de mis problemas con la garganta me pidió le indicase el nombre del medicamento porque llevaba un par de días con carraspera. Se lo di, lo tomó, y también se sanó en breve ¡Fantástico, el redescubrimiento del ungüento amarillo!

         Como a comienzos de noviembre me volvieron las molestias y lo atribuí a que no había dejado de fumar como unos diez cigarrillos diarios en todo este tiempo, y ya ni lo dudé, me compré el medicamento, lo tomé, y sentí algo de alivio. No tenía muchas ganas de ver más batas blancas pues para el día 16 me habían dado la cita para el oculista. ¡Ya les valía, para casi dos meses después de que fue solicitada! Lo de la medicina preventiva y la bondad de los diagnósticos anticipados me sonaba cada vez más a un cuento chino en relación con la medicina pública, los recortes en sanidad se sentían cada vez más en la carne de los usuarios.

         La amable oculista que me atendió diagnosticó una catarata ya formada en el ojo derecho y que era necesario que me operase, me pondría en lista de espera y en breve me llamarían por teléfono. Se dio cuenta de que tenía la voz tomada y me dijo que debía cuidarme la laringe.

         Por otra parte había comenzado a adelgazar bastante, pero lo atribuí a que cuando sentía molestias de garganta, a veces, dejaba los platos a medias, sobre todo si la comida estaba reseca. El adelgazamiento se dejaba notar en que tenía que ir añadiendo nuevos agujeros en el cinturón, pero como no me miro al espejo sino para afeitarme no lo palpaba en mi físico, hasta que durante unas clases de inglés a las que voy para mantener el idioma activo, en una ejercicio en la que jugábamos a definir con dos adjetivos a los compañeros para practicar la dicción uno me dijo que era :”brown and till”, protesté, siempre había sido “strong”, de naturaleza fuerte, pero la profesora y los compañeros me desmintieron: era delgado, bien delgado. Así que en cuanto pude fui a una báscula y comprobé que pesaba 55 kilos, como unos 10 menos que hacía un año.
      
          A la garganta reseca se me añadía una gran mucosidad que me hacía estar escupiendo a cada rato. Algunas tardes sentía que tenía un poco de fiebre. Traté de estar sin fumar aquel fin de semana… conseguí rebajar la dosis a tres cigarrillos. No sabemos si, sin el láudano, hoy podríamos disfrutar de la magnífica obra de Edgar Allen Poe, ni cuanto contribuyeron los vinos de Valdepeñas a que podamos gozar leyendo las aventuras de Don Quijote, pero si puedo afirmar que lo que más me satisface de mi obra literaria y cuando más producción he desarrollado ha sido con un cigarrillo en la mano y una copa de coñac sobre la mesa, copa que me podía durar horas y que utilizaba de cuando en cuando para mojarme los labios y saborearla, y cigarrillo que, muchas veces , se consumía sobre el cenicero cuando usaba las dos manos para escribir en el teclado del ordenador, en los momentos que me sentía muy inspirado. “¡Mais oui, l´inspiracion existe”, que dijo Antonin Artaud.

         Hará unos cuatro años que me detectaron en unos análisis rutinarios un índice elevado de transaminasas y me aconsejó el médico que dejara de beber. Lo fui reduciendo hasta beber sólo un vaso de vino con las comidas, y desde hace año y medio soy abstemio, así que deberán disculpar que el nivel de mi discurso literario allá bajado con respecto al de hace cuatro años, es en aras de preservar la salud. Y no echo de menos para nada el alcohol, si el sabor de un buen Rioja o un Ribera del Duero acompañando un suculento cordero asado o un Alvariño con unas gambas a la plancha, ¡uhmmmm! Buen comedor y bebedor como mi tocayo y amigo Labordeta y como él creyente de que “…un día al levantar la vista veremos una tierra que ponga Libertad”.

         Como la garganta seguía dando la lata el lunes, a primera hora, pedí cita telefónica al médico de cabecera… me la dieron para el miércoles, maravilla de las citas previas, el procedimiento anterior de coger número al acudir a la consulta te aseguraba al menos que, aunque tuvieras que pasar horas de espera en el ambulatorio, te atenderían ese mismo día, cuando estabas enfermo y lo necesitabas. “…Como a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor”, poetizaba Jorge Manrique.

     Miércoles por la mañana, de nuevo día soleado aunque algo frío, de comienzos de diciembre, de nuevo en el ambulatorio de Rivas, primera planta frente a la puerta del consultorio a la hora de la cita. ¡Sorpresa!, sale un doctor a buscarme en vez de la esperada señora.

         Unos cuarenta años, moreno, simpático, acento latinoamericano… Don Plinio Abel Montes de Oca Jiménez, leo después en las recetas.
         Pregunto por la doctora que me atendió la última vez.
         -Está enferma, la estoy sustituyendo, ¿qué te trae por aquí?
         Le cuento que ya estuve hará dos meses y que me encuentro peor de la garganta, me pone una especie de dedal en el dedo índice y revisa someramente mi historial en el ordenador. Me pregunta sobre alguno de los datos para asegurar que tiene la información correcta…
         - Fumador de diez cigarrillos al día.
        - Lo he reducido a tres -aprovecho el uso de la palabra para complementar la información -: Estoy adelgazando mucho últimamente.
         Me quita la especie de dedal y me dice de que la oxigenación de la sangre la tengo bien. Me invita a sentarme en la camilla, palito en la lengua, luz potente y una atenta observación. Faringitis aguda, ésta vez de origen bacteriano: Amoxicilina, 3 tomas durante 10 días, Acetilcisteina en polvo, para fluidificar la mucosidad acompañada de una ingesta de dos litros de agua al día, Paracetamol si fiebre…

         Insisto en lo del adelgazamiento, que ya me empezaba a preocupar, pero no le da importancia.
         - Cuando se cure la faringitis vuelva por aquí y le daré un volante para la de nutrición…
         Salgo contento aunque dubitativo… si el diagnóstico es correcto en unos días estaré mejor, se acercan las Navidades y las tentaciones aparecerán sobre la mesa para ayudar a resolver el tema de la delgadez.



         El tratamiento va dando su resultado y, aunque sigo con alguna molestia al tragar, los langostinos entran bien y el cremoso turrón de Jijona con facilidad, y si se ayuda con un traguito de sidrina, un día es un día, tanto mejor. Respecto al ojo me dan una cita para el día 28 de diciembre en el Instituto de Oftalmología, y pienso que me comenzarán el preoperatorio de la catarata… ¡Inocente!, acorde con el día de la presentación: Me dicen que en la sanidad pública hay una lista de espera de varios meses pero que si acepto que me pasen a una clínica privada en unos pocos días me darán cita para el preoperatorio, y me dan dos opciones… La más cercana a San Isidro es el Hospital de la Venerable Orden Tercera de San Francisco de Asís, cerca de la Puerta de Toledo. Acepto ésta, a la que puedo acceder en autobús en un cuarto de hora desde mi domicilio. 
          Así se va evaporando el dinero que vamos ingresando los trabajadores en la caja general de la Seguridad Social, en apuntalar el sector privado a un coste mucho mayor que el público, que cada vez sufre más restricciones, pescadilla que se muerde la cola, al no poder crecer se recurre cada vez más a lo privado. Política de clara tendencia neoliberal que fomenta la corrupción del sistema retroalimentando los beneficios en negro de los responsables que lo fomentan desde el poder, y como la Sanidad está transferida a las Comunidades Autónomas podría decirse que en este aspecto tanto monta, monta tanto la actuación de PP como de PSOE, así como de los partidos con los que forman coalición de gobierno en algunas de ellas.

         Tampoco fue la cosa tan rápida como me la pintaron en el Instituto de Oftalmología, la primera cita para el preoperatorio fue para el 15 de febrero. Debía ir el ayunas para que me hicieran unos análisis de sangre y un electrocardiograma, y más tarde ir a consulta para firmar el consentimiento a recibir anestesia. 
          El Hospital de la VOT es un vetusto edificio del siglo XVIII sobre el que se han llevado a cabo profundas reformas internas para adaptar su funcionamiento a la tecnología más avanzada en materia quirúrgica, con lo que se ha conseguido una armoniosa conjunción entre los elementos arquitectónicos propios de la época de su construcción -suelos de maderas nobles, artesonados de taraceas y filigranas, una preciosa galería acristalada en dos plantas, que circunda un claustro ajardinado con un pozo de piedra, escaleras con balaustradas de fina ebanistería...-, con los más modernos diseños funcionales en las zonas destinadas a consultas y cirugía, y dotada de una cuidada iluminación natural y artificial adaptada a las necesidades de cada espacio.

        Al día siguiente tenía que volver y si los resultados de los análisis y electro eran óptimos me observarían el ojo y se fijaría la fecha de la operación. Se lo comuniqué a mi hijo mayor, Miguel-Angel, por si tenía el día libre de su trabajo y me quería acompañar. En efecto, tenía turno de noche y como el día 13 había sido su cumpleaños se le ocurrió invitarme a almorzar para celebrar sus recién inaugurados 24 años. 

         La operación se fijó para el día 18 por la tarde y a la salida del Hospital me prestó sus gafas de sol, pues me habían puesto gotas para dilatar la pupila y me hacía la luz solar un reverbero tremendo, y dimos un precioso paseo por Madrid: tomando la Carrera de San Francisco hasta la calle Bailén y acercarnos al Palacio Real, donde bajamos a los jardines de Sabatini, que tantos recuerdos me traían de cuando estudié en el cercano Instituto Cardenal Cisneros, después la Plaza de España, con su monumento a Cervantes, subir por la Gran Vía hasta Callao y cruzar hacia el barrio de Malasaña para compartir una hamburguesa y una pizza en un moderno restaurante de la calle del Pez.

       Y se llevó a cabo la operación, con mucha profesionalidad y gentileza por parte de las oftalmólogas de la VOT, que se alarmaron de mi delgadez cuando me vieron desnudo en el quirófano, pues había seguido disminuyendo de peso, y me recomendaron que me cuidase. 
     Como quien dice sólo se tardaron cinco meses en resolver una trivial intervención, como para una urgencia…

         Posoperatorio, con un mar de gotas en el ojo operado y la incomodidad de tener que dormir siempre del lado opuesto por temas de la tensión ocular mientras cicatrizan los puntos, una revisión al día siguiente, otra a la semana y por fin el alta un mes después, el 16 de marzo, y nueva recomendación de que me cuide. Una cierta hartura de hospitales me va atrasando el momento de volver a mi médico de cabecera y pedir un volante para el otorrino y lo de la nutrición que quedó pendiente… Pero a primeros de abril comienzo a sentir un ganglio inflamado en el lado derecho del cuello y me decido...

         Sólo sentí como dolor el pinchazo de la anestesia local. Después, mientras a intervalos un enfermero me ponía y quitaba la mascarilla de oxígeno sobre boca y nariz, la sensación de que me cortaran un cartílago sobre el esternón, blandito como los de un lenchoncillo bien tostado de Casa Cándido en Segovia, junto al acueducto romano, unas manos ágiles que cosen y anudan con celeridad en el más completo silencio, y de repente todo se desvanece. Debí tener un desmayo.
                                                                                     (Continuará)
          


4 comentarios:

  1. Querido amigo si tu recuperación va como, creo adivinar en tu estado de ánimo, pronto podremos disfrutar de un "lenchoncillo bien tostado de Casa Cándido en Segovia".. o de algo alternativo en Rivas!!. ADELANTE YES YOU CAN!!. Un fuerte abrazo

    ResponderEliminar
  2. De momento día a día que es lo que toca. Gracias. Otro para ti

    ResponderEliminar
  3. Mi querido José Antonio, por tus publicaciones veo a sido algo complicada tu salud ultimamente, te deseo estes superando ya las incómodas molestias que te han ocasionado, paciencia y mucho animo, a recuperarte mi recordado amigo..Besos ������

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Susana, ya seguiré informando en la forma más amena que me sea posible a través de este medio, y de paso denunciando el precario estado de la sanidad pública a causa de los recortes presupuestarios, que fastidian a los profesionales y los acaba padeciendo el usuario. Y de momento a comenzar un tratamiento con quimioterapia la próxima semana. Besos

      Eliminar