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El alta
hospitalaria y, de nuevo: la burocracia.
A la mañana siguiente, el enfermero del
primer turno, Sergio, un chaval joven y animoso, que ya había estado el día
anterior, me anunció con una sonrisa en los labios:
- Le han dado el alta hospitalaria, luego
le voy a quitar la vía, porque, de momento ya no le vamos a poner más
medicación aquí. Ya le evaluarán cuando llegue al Gómez Ulla. Cuando se bañe
puede ponerse la ropa que trajo al ingresar…
Tal como lo dijo, y siendo jueves, uno
de los días que recibían los otorrinos de allí, di por sentado que se trataba
de un traslado al otro hospital. Salió a atender a otros pacientes.
Cuando regresó ya me encontraba bañado,
vestido y desayunado, y ojeaba prensa atrasada.
- Tienen que traer el informe de los
otorrinos, y también tengo que hacer los míos con los cuidados que tiene que
tener en su domicilio de la sonda vesical y el cambio y mantenimiento de las
cánulas.
Me quedé perplejo, ¿qué prisa corrían
esos temas si me trasladaban a otro hospital? Y así se lo expresé al enfermero.
- La ambulancia le llevará de momento a
su domicilio en Madrid, por lo visto tiene que empadronarse allí antes de que
puedan atenderle en el Gómez Ulla.
- ¿Cómo voy a estar en casa con la
bolsa del pis? -me indigné -. Tengo que salir a hacer gestiones y compras, y no
me voy a pasear por la calle con la bolsa en la mano, me la quitarán antes…
- No se puede, se la pusieron el 28 y
el tratamiento es de quince días.
El mundo se me venía encima:
alimentación líquida y por papillas, seguía moqueando y tosiendo todo lo que
quería, y, para más, los cambios del tubo
de la cánula, que todavía no había hecho yo por completo ni una sola
vez… y encadenado a la bolsa vesical como un presidario clásico a su bola de
hierro.
- Pues me esperaré aquí hasta que el
alta sea un alta de verdad.
- Como desee, pero ya está avisada la
ambulancia, como a estas horas hay mucho tránsito, hay que hacerlo con mucha
antelación. Siéntese que le voy a quitar la vía…
Me la quitó y volvió a salir. Tenía Sergio una mañana
muy activa.
Tras el primer rebote, producido por lo
inesperado de la noticia de que el alta era hacia casa y no para continuar con el tratamiento en otro hospital, recapacité sobre
los pros y contras de tener que pasar un nuevo fin de semana en la 315, llevaba
quince días encerrado en el hospital y ya apetecía tomar un poco de aire
fresco. Preparé un tubo de cánula con su anclaje, y babero, y me encaminé hacia
el espejo del baño, a enfrentarme con la visión de esa pequeña comunicación
directa que tenía con mi interior… Si se lograba mantener la serenidad, y
evitar algún inoportuno acceso de tos, siguiendo los pasos que ya había
practicado ayudado, tampoco resultaría tan complicado…
Regresó el
enfermero con varios informes dentro de una carpeta, el de nutrición estaba acompañado
por unas recetas para reforzar la dieta diaria con la ingesta, dos veces al día, de unos batidos muy ricos en vitaminas, proteínas y minerales.
Había preparado una abultada bolsa con
todo cuanto debía llevarme, aparte de las pertenencias personales, que me habían
ido trayendo poco a poco, todo el material de repuestos para la limpieza de la
cánula y su mantenimiento, un gel hidratante, muchas toallitas y gasas... Se aproximaba el mediodía y la
ambulancia no aparecía. Tuve tiempo de leer detenidamente los informes. Me los
podía haber aprendido de memoria.
Como a la una, apareció por la habitación
el conductor, provisto con una silla de ruedas, traía prisa, que casi se pone en
marcha sin dejarme colocar la bolsa del pis… La ambulancia subió la cuesta que
lleva a la carretera de Valencia y pronto el Hospital Universitario del Sureste
y los últimos quince días, tan intensos, a veces, y tan monótonos, a menudo,
pasaron a ocupar un lugar en la memoria.
Las viviendas las tenemos adaptadas a
la salud que gozamos habitualmente, cuando ésta se pierde, y no es por una
simple gripe de dos días, empezamos a sufrir incomodidades, algunas difíciles
de resolver. Cuando se está traqueotosmizado es necesario dormir con la cabeza
levantada para facilitar la respiración, las camas articuladas de los centros médicos
son ideales para tal fin, pero las nuestras son totalmente planas y
horizontales, y colocar dos almohadas no resuelve el problema por completo, se
tarda en conciliar el sueño buscando la postura adecuada… Y, más si te sale del
centro un tubo elástico, conectado a una bolsa, que se puede enredar en
cualquier parte. Claro que también hay compensaciones: nadie te va a impedir tomar
cuanto café desees, ni te hablarán de protocolos si te apetece mojar galletas a
la hora del desayuno… y, sobre todo, la calle y el parque cercano, los rayos de
sol reconfortando la piel, aunque tengas que llevar en la mano, escondida dentro de una florida bolsa comercial, otra bolsa de insólito contenido…
El viernes ya estaba empadronado y tenía
nuevo médico de cabecera, pero… a
orillas del Manzanares. Aunque hay un ambulatorio a unos cien metros de casa,
la cosa está organizada de tal forma que los ciudadanos, que vivimos a este
lado de la Vía Carpetana, no tenemos derecho a su utilización, sino que nos
corresponde uno que se encuentra situado justo en el extremo opuesto del Parque
de San Isidro… Estará muy bien desde el punto de vista organizativo y del
reparto de las sinergias, pero me pregunto una vez más: ¿Quién paga el Sistema
Público de Salud: los trabajadores con los descuentos en sus nóminas o los
funcionarios que reciben su sueldo de este dinero? Porque parece justo lo
contrario, y según se vaya avanzando en el relato se irá poniendo más de
manifiesto que el trato que se recibe, en múltiples ocasiones, por parte de la administración, es como si te
estuvieran haciendo un favor gratuito, no como si les llevarás alimentando
desde la adolescencia. Señoras y señores, menos llorar porque pierda la final
de la Champions el Atleti, estas cuestiones sí que nos debieran dar auténtica
pena, y ¡nos tienen sorbido el coco!
En el
hospital había seguido tomando el hierro con las comidas. Y aunque ya no lo
tomaba, su poder astringente se iba poniendo de nuevo de manifiesto, poco a
poco. El sábado, después de cenar comencé a notar que algo no iba bien. Tenía gases
y no los podía evacuar. Imposible permanecer tumbado en la cama, los paseos
infructuosos al baño se alternaban con retortijones. En alguna de las idas y
venidas la sonda vesical se debía de haber enganchado en algún sitio, y comencé
a sentir dolores también en la uretra y a ver como el pis, que llegaba a la
bolsa, iba adquiriendo un color rosado…
Avisamos al Samur como a las cinco de
la madrugada. Otro de los servicios que ofrece es la visita domiciliaria de un
enfermero. Y, como la situación no les pareció muy grave, quedaron en que nos
enviarían uno… No nos advirtieron que más que uno era el único, pues en fines
de semana sólo tenían disponible un coche para atender a toda la ciudad de
Madrid y aledaños… ¡Portentoso!, llegó hacia las siete de la mañana, cuando ya dudábamos
de que viniese y andábamos pensando si llamar a un taxi y acudir a una urgencia
hospitalaria por nuestra cuenta. Y más nos hubiera valido, porque la enfermera,
era una señora quien me exploró, dijo que lo más probable es que la sangre se
debiera a una infección interna y que no contaba con medios para poder dar un diagnóstico
claro y resolver mi situación, que avisaba a una ambulancia para que viniera a recogerme,
extendió un informe para que lo entregara en Urgencias, y se fue.
La ambulancia me condujo de nuevo al Hospital
Central de la Defensa-Gómez Ulla. Con mi flamante empadronamiento todavía fresco me sentía el "Rey del Mambo", era de
suponer que no tendría problemas, pero…
(Continuará)









