jueves, 2 de junio de 2016

Mi Alien y yo (Una convivencia imposible) Capítulo 13

13
Se repite el trasvase de hospitales.

               Me llevaron a la conocida sala común, donde ya se encontraban varios pacientes recibiendo tratamiento, y me pusieron una vía para hacerme los análisis de sangre, para el de orina sólo tuvieron que tomar de la bolsa la cantidad que creyeron conveniente… El líquido seguía rosado, lo que significaba que la hemorragia se había estabilizado. Con el traqueteo de la ambulancia se me habían calmado un tanto los dolores, y, después de toda la noche sin dormir, me puse a dar cabezadas. Un celador me llevó a radiología, me hicieron una toma del abdomen. De vuelta a la sala, la enfermera me puso suero con un calmante y me informó:
         - Cuando el doctor tenga los resultados de los análisis y la placa le enviaremos a su hospital de referencia, el 12 de Octubre…
              - Pero me empadroné el viernes en Madrid… - alegué.
             - Al ambulatorio de "15 de mayo", que es el suyo, le corresponde como referencia el 12 de Octubre, la ambulancia ya está de camino-, había que aguantarse.

             Estaba claro que, por razones que yo desconocía, no me querían ver por aquí ni en pintura. Es cierto que soy pacifista, y éste era el hospital de referencia de la Defensa, pero no creo que mi reputación como tal dé para tanto… En fin, el 12 de Octubre ya lo conocía, había sido mi hospital de referencia durante muchos años, desde que comencé a trabajar y vivir por Villaverde Bajo, y tenía una bien ganada fama en cuanto a la calidad de sus servicios, pero la cita con los otorrinos para el lunes, que ya era mañana, la iba a perder.
         La ambulancia estaba tan en camino que el conductor apareció cuando aún no estaba ni mediado el suero. Había amanecido un día muy desapacible con lluvias intermitentes y rachas de viento.


         Tras de un breve paso por el triaje, me llevaron en silla de ruedas a una sala de espera de urgencias. Las diferentes especialidades se encuentran, en esta zona de urgencias, en boxes separados tan sólo por unas grandes cortinas verdes, y cuando estás en uno puedes escuchar, perfectamente, las conversaciones que se tienen en los colindantes, hay como un barullo permanente. Me atendió al rato un doctor, al que pasé el informe que me habían dado en el Gómez Ulla y también el de alta hospitalaria del Sureste, pues en previsión de que pudieran dejarme ingresado me había traído todos los papeles. Vuelta a la sala de espera. Después de una larga espera al fin me atendió el urólogo, don Manuel Alonso Isa, en un box. Después de una exploración, me dijo:
         - Puede tratarse de una pequeña infección de orina, de momento le vamos a quitar la sonda, total tres o cuatro días antes de los quince propuestos da lo mismo… y luego le pondremos la primera dosis de antibiótico en el suero, ahora vendrá una enfermera a quitarle la sonda - y se fue.

           ¡Qué alivio poder andar de nuevo con libertad sin la rémora de la bolsa!
         Me pusieron el suero y me regresaron a la sala de espera, que cada vez se iba llenando con más sillas de ruedas, sillones con pacientes conectados a las tomas de oxígeno, acompañantes, “unos entran, otros van saliendo, y entre el barullo yo me meto, dentro… Mucha chica mona, pero ninguna sola; luces de colores, lo pasaré bien…”, decía la trasnochada canción del pop de los ochenta. El ambiente no tenía nada que ver con el descrito en la canción, era más bien sórdido y entre penumbras… Para acabar de arreglar el ambiente apareció una enfermera “sargento”, como por su tamaño, era más bien reducida que pequeña, no se hubiera hecho notar tenía que emplear su chirriante vocecilla de gata menopáusica.
           - ¡No se amontonen aquí, hay otra sala de espera al otro lado del pasillo, y les van a atender igual…!
        Nos miramos los unos a los otros, buscando en quien se podría personalizar lo del movimiento, unos encadenados al oxígeno y otros a las sillas de ruedas. Y nadie movió un dedo. “Si me quiere dar un paseo en la silla mejor, me vendrá bien un cambio de ambiente”, pensé.
              Viendo la parálisis generalizada, volvió a la carga.
              - ¡Los acompañantes ocupan sitio y no hacen nada, las sillas y butacas son para los enfermos!
        “Pero, ¡bueno!, ¿qué quiere, que hagan compañía a distancia? Por telepatía, ¿acaso?”. Algún acompañante se movió y la cretina se debió de dar por satisfecha porque se fue con la música a otra parte, de momento.

              Una prima me puso un mensaje a través del móvil, preguntando por mi salud. La contesté, por el mismo medio, contándole sucintamente la situación… Se ofreció a acompañarme, no la pillaba muy lejos de su domicilio. Como esperaba, cuando terminara con el urólogo, que me pusiera en contacto con los otorrinos, la dije que no sabía cuando acabaría y que podía ir para largo, que comiera con tranquilidad y después ya volvíamos a chatear.

               El suero se había acabado y, lo que hace la práctica, me desenganché yo mismo y me fui a disfrutar caminando por el pasillo mi nueva “independencia bolsil”. De seguir andando y recto podía haber llegado hasta las cercanías de Toledo, porque pasó más de una hora sin tener nuevas noticias de mi doctor, y viendo que eran más de las dos de la tarde -blanco y en botella de vidrio: leche-, seguro que había pasado de mí y estaba almorzando en la cafetería, y estaba meditando sobre el particular o sobre alguna otra trivialidad por las inmediaciones de la puerta de la sala de espera, cuando recargada de nuevas energías apareció dando gritos la enfermera "sargento":
         - ¡No se queden por los pasillos que obstruyen las puertas y dificultan el paso!
         Aunque no soy de mucha estatura, la miré de abajo a bajo, porque no daba para más, la pobre, la hice un saludo militar, pronuncié: “A sus órdenes, mi sargenta”, aunque no se escuchó nada porque me olvidé de tapar el agujero de la cánula, y así el aire no llega a las cuerdas vocales… y me salí al pasillo exterior mientras la oía refunfuñar no se qué exabrupto, que no escuché, porque le andaba contando a un señor en el pasillo, esta vez sí con el dedo sobre el orificio de la cánula:
           - Ve usted lo que decía, igual, igual que un sargento reenganchado…


         Y, pasadas las tres de la tarde, apareció por fin el urólogo, don Manuel, que me llevó en la silla de ruedas hasta otro box, diferente del primero, donde debía tener su centro de operaciones. Estaba muy amable, parecía arrepentido de haberme hecho perder dos horas de espera para nada, me dio tres sobres sueltos de parafina: 
            - Lo de los gases no parece cosa de importancia, hay muchos pero no es alarmante, se toma mañana en ayunas uno de los sobres, espera dos horas para desayunar, y así en los dos días siguientes, y ya verá como obra. Me dijo que no se había hecho ninguna exploración de próstata, a su edad, aunque sea a modo preventivo tiene que tomar una pastilla de tamsulosina todos los días, y para lo de la posible infección de orina una pastilla de este antibiótico cada 12 horas, durante 5 días. Aquí tiene las recetas y mi informe de alta -y me las dio.
          - Pero, doctor, yo no puedo tragar nada sólido, ya lo leyó en mi informe... por cierto no me lo ha devuelto -se puso a rebuscar entre papeles que tenía por encima de la mesa.
                - ¿Seguro? -dudó, y siguió meneando papeles.
                - No, no me lo ha dado, y se lo tengo que enseñar a los otorrinos.
               - Eso es otra cuestión, según los protocolos a urgencias se viene a una sola cosa, tendrá que ir a consulta a pedir cita como todo el mundo, aquí en el informe le pongo donde debe dirigirse mañana, porque hoy, como es domingo, no hay consulta, claro... Lo mismo me lo he dejado arriba en mi despacho, no se mueva, ahora mismo vuelvo... -se refería al informe del Hospital Universitario del Sureste.
                 " ¡Vaya con el doctor Manuel!, así que además de almorzar se había pasado por el despacho a echar una cabezadita, así había tardado tanto... Capeaba la guardia dominical lo más cómodamente que podía, y los pacientes eso: a tener paciencia".

                 - Sí, me lo había dejado allí -sonrió al entregármelo-. Bueno, voy a llamar a la ambulancia para que vengan a recogerlo, aunque según está el día con la lluvia es posible que tarde.
                   - No es necesario va a venir un pariente mío a buscarme. Lo de las pastillas...
               - No las hay el polvo, si ve que no las puede tragar enteras las aplasta y las toma luego... Yo mismo le llevo a la sala de espera -ya en camino, prosiguió: -si ve que su familiar no llega, me busca y avisamos a la ambulancia.
                    "Un fenómeno el doctor Manuel, sino hubiera tomado varias veces amoxicilina en polvo, tal vez me hubiera creído lo de que no había antibióticos en sobres... No quería molestarse en buscar en el vademécum y rehacer la receta..."
                  
                Como media hora después vinieron a recogerme, y además me traían dos libros: una novelita de Luis Landero, “El balcón en invierno”, en alguna medida autobiográfica, y una recopilación de relatos breves, de varios autores, de la que ya hablaré más adelante. Iba a estar entretenido el resto de la tarde dominical.

                                                                                    (Continuará)
     

     
           

          

Por la tarde, una prima, hija de mi padrino de bautismo, que había muerto de cáncer de vejiga unos años antes, me trajo dos libros: una novelita de Luis Landero, “El balcón en invierno”, en alguna medida autobiográfica, y una recopilación de relatos breves, de varios autores, de la que ya hablaré más adelante.


          












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