domingo, 13 de diciembre de 2015

El comic fatal


         Llamaba la atención la forma extravagante en que tenía organizado su estudio de dibujo. El centro lo ocupaba el tablero plegable y móvil, amplio y con diversos contenedores para soportar lápices, pinceles y tintas, estaba complementado por una banqueta alta con riñonera y un plexo flexible de iluminación regulable. Hasta ahí todo se correspondía con el lugar de trabajo de un dibujante de comic, pero ampliando la visión del conjunto nos encontrábamos a la izquierda del tablero con un sofá y un sillón tapizados en terciopelo rojo, con una lámpara de pie que podía dar al ambiente una tenue iluminación indirecta en tonos dorados y salmones, y a la derecha con un diván tapizado en raso celeste, sobre el que descansaban varias almohadas a juego de tono y color, y un pequeño reflector  apoyado en el suelo que proyectaba, cuando era encendido, una luz difusa hacia el cielorraso de la estancia. Un reproductor musical dotado con dos potentes altavoces  colocado sobre un pequeño mueble-bar  completaba el equipamiento.

         Tan extraña distribución tenía, sin embargo, una explicación sencilla teniendo en cuenta que Gumersindo Nodales era tan buen dibujante de acciones y situaciones como escaso de recursos a la hora de poner voz a sus relatos gráficos, y el apoteósico éxito que había alcanzado con su personaje estrella: Lionella la Magnífica, le había conducido a tratar de conseguir una relación de estrecha implicación con los pensamientos de su propia fantasía, hasta el punto de llegar a sentir las verbalizaciones de sus estados anímicos, que, por otra parte, eran de un amplio espectro, ya que Lionella era capaz de las mayores felonías combinadas con las más exquisitas ternuras.

         Cuando se tendía en el sofá rojo, mostrando sus turgentes senos apenas tapados con dos trozos de cuero negro con que la vestía el dibujante y sus largas y espectaculares piernas abrigadas tan sólo por una malla transparente, lucía lo que se podría considerar una belleza satánica, con su larga melena caoba desparramada sobre los desnudos hombros, contorneando un rostro ovalado de grandes ojos verdes, nariz respingona y  labios fuertes y carnosos, él guardaba una prudente distancia sentándose en el sillón y dejaba que de aquella boca tan apetecible como maléfica fueran surgiendo las hirientes frases con que atacaba a sus enemigos al tiempo que hacia restallar en el aire el látigo que manejaba con su mano diestra.

         - ¡Malditos, voy a comeros las entrañas cuando acabe de arrancaros el corazón! -y en su dentadura, blanca y perfecta, parecía que se agrandaran y afilaran los colmillos.

         Para ambientar estas situaciones sonaban en la atmósfera del estudio los acordes primitivos de las danzas rituales de La Consagración de la Primavera u otros de similar índole.


         Si Gumersindo presentía que en el acaloramiento de sus pasiones iba Lionella a abandonar el sofá y aproximarse a él, saltaba con presteza del sillón y buscaba refugio en su tablero de dibujo logrando con su actitud que se desvaneciera la alucinación y se reconvirtiera en trazos de tinta sobre el papel.

         Pero Lionella era capaz también de tener una elevada sensibilidad, y abandonando sus cueros de luchadora revestirse de sedosos sarís transparentes y provocar escenas amorosamente tiernas en el diván. En estas ocasiones sí que se encontraba siempre bien dispuesto el dibujante a compartir tálamo con su personaje.

         Los coros angélicos de la 8ª sinfonía de Mahler acompañaban a menudo los devaneos amorosos del descanso de la guerrera y sus susurros cariñosos llegaron a adormecer de tal manera a Gumersindo que en alguna ocasión se despertó de madrugada tendido en el diván, olvidando su trabajo.

         El caso es que este comportamiento tan desigual en el trato con la una y la otra Lionella llegaron a despertar unos desmedidos celos en la guerrera y, sin saberse muy bien cuando empezó el cambio, los diálogos entre el sofá y el sillón pasaron a convertirse en disputadas controversias entre la alucinación y el dibujante sobre sus relaciones personales dejando cada vez más de lado las tramas de las historietas.

         Hasta que perdiendo con los nuevos rifisrafes los habituales diálogos argumentales que habían popularizado sus series tuvo una crisis de producción. Tratando de salir de ella acabó por caer en la tentación de crear una nueva y distinta en la que se narraran sus propias aventuras con las alucinaciones…


         En mala hora se le ocurrió tal desatino. En la que dejó inconclusa se autorretrataba de espaldas dibujando sobre el tablero mientras que una felina Lionella se le iba aproximando con sus cueros y mallas en silencio y tendía sutilmente el látigo alrededor de la garganta de Gumersindo… Y es probable que estuviera escuchando mientras pergeñaba la escena el Requiem de Mozart.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Escenas de barrio

         En una noche oscura Margarita se encontró perdida en un sendero. La luz de la luna brillaba por su ausencia, escondida entre densos nubarrones que anunciaban una próxima tormenta. Sentía que el pánico se iba apoderando de ella impidiéndole moverse…

         Los gritos de la chiquillería resonaban contra las tapias mientras que las ruedas de las pesadas mochilas llenas de material escolar producían surcos en la arena…

         Apretó el paso cuando sintió en su cabeza las primeras gotas de lluvia, se levantó el cuello de la chaqueta y decidió tomar un atajo para llegar a la boca del metro antes de ponerse como una sopa. Con el movimiento, de un voluminoso paquete que llevaba debajo del brazo cayó un objeto…




         - ¿Dónde encontraste esas gafas? -le pregunta el padre.
         - En la calle -responde el chaval.
         - ¿En qué calle? -volvió a inquirir el progenitor.
         - No sé -afirmó el niño.
         - ¿Cómo que no sabes? -le increpa la madre.
         - Porque no sé qué calle es, no tiene nombre -dice el muchacho, enfadado.
         - Este chico es medio sonso, no hay forma de sacarle las cosas. Anda, sal a buscar a la abuela que en cuanto oscurece se pierde…

         Le atendieron en un ambulatorio cercano.
         A parte de tener destrozado el pantalón por el lado correspondiente al costado en que cayó, sólo tenía el pequeño shock propio del accidente y múltiples raspones en la pierna y el brazo.
         - Había arena suelta y cuando intentaba  evitar un objeto brillante caído en el suelo la bicicleta derrapó -explicaba a la solicita enfermera.
         - Las calles de este barrio están cada día más sucias, los barrenderos ya no quitan ni la arena -especulaba la mujer mientras impregnaba un algodón en betadine.
         - No fue en la calle, me metí por un sendero tratando de acortar el camino y ya ve…

         - En los caminos de la ciencia nunca hay que buscar los atajos -pontificaba el catedrático a la concurrida clase se aburridos alumnos, y los amplios ventanales reflejaban el tedio de la tarde.


         Si para Stendhal una novela es un espejo tendido a lo largo del camino, un cuento corto bien podría ser un monóculo perdido en un sendero. 

domingo, 27 de septiembre de 2015

Por la otra puerta

       Don Pecunio Mercuto siempre entraba por la otra puerta. Era una costumbre, o manía, porque a menudo es difícil distinguir los límites donde acaba la una y comienza la otra, que adquirió, podría decirse, desde la cuna. A ello ayudó no poco el que el citado individuo fuera mellizo de una hermosa hermanita, de nombre Gertrudis, toda lindeza, delicadeza y esplendor, a la que fueron dirigidos las más exquisitas de las atenciones por parte de sus progenitores, abuelos, demás parentela y lo más granado del mugriento vecindario.

         Pues Pecunio era desde bebé además de bastante feo, llorón y mocoso, cualidades todas que no son receptoras de dedicación y simpatía hacia quienes las poseen. Así tuvo que ir ingeniándoselas para conseguir que los regalos y golosinas que llegaban hasta su hermanita acabaran apresadas por sus manos o su boca.

         Ya en el colegio comprendió las ventajas de sistematizar el empleo de la otra puerta , no en vano la ciencia se fundamenta en la búsqueda de metodologías con las que lograr hacer comprensible la inasible realidad. De este modo conceptos como la puntualidad dejaron de tener sentido para él pues aunque la puerta del centro académico se cancelara a una cierta hora siempre encontraba el camino apropiado para alcanzar las aulas desde diferentes alternativas, fuera el acceso de los conserjes o el de las mercaderías con que se surtían las cocinas.

          Y en la acepción metafórica de puerta, con los aprobados mediante diversas tácticas de copia y cambalacheo lograba una encomiable presteza en superar los cursos.

         Maestro en el arte de “hacer mutis por el foro” pronto nació en nuestro afamado Pecunio una decidida vocación hacia el teatro, lugar emblemático en la abundancia de imprevistas entradas y salidas, tanto en lo referente a ubicaciones como a situaciones. La “morcilla” es la otra puerta por antonomasia, burladero encomiástico de los duendes de la farándula.



         Mientras se sucedían los apoteósicos éxitos en el mundo de la farsa en la farsa del mundo encontró nuevas utilidades al uso de la otra puerta, descubriendo la facilidad que resulta alcanzar el transporte público gratuito en el caso del metropolitano utilizando como acceso las cancelas de salida, aunque de vez en cuando tuviera algún que otro altercado con los controladores ferroviarios cuando le exigían el título de viajero.
 Como todo uso tiene su abuso también comprendió que si inveterada costumbre le llevaba a incómodas situaciones cuando trataba de entrar en los automóviles por el portón del maletero en vez de utilizar las normalizadas puertas.

         Estuvo casado pero su vicio de utilizar siempre la otra puerta le impidió tener descendencia.


         Se comenta que su conjunto pop favorito fuero “The doors” y que se le ponían los pelos como escarpias escuchando los temas del desaparecido Jim Morrison. Y siguiendo con el tema musical, nos preguntamos que si como Bob Dylan tuviera que llamar a las Puertas del Cielo, ¿dónde encontraría su entrada alternativa?

viernes, 10 de abril de 2015

Bonfarrull, el Exterminador: El caso de la sonora cerradura

            El caso de la sonora cerradura

         La tarde estaba como balsa de aceite sobre el agua del fregadero cuando Casimiro de las Fuentes irrumpió en la aséptica habitación del hospital. Vestía con su habitual desenfado de las jornadas festivas un traje de terciopelo granate aditado con una corbata de seda celeste sobre el fondo de una impoluta camisa rosa palo.
         - ¿Qué le trae de nuevo por aquí, amigo Casimiro? –fue el neutro saludo de don Pedro Pi Cuadrado, al que ya cansaban las intempestivas visitas del conocido periodista. Era uno de los aspectos negativos de estar internado en una cínica como permanente prisionero de una prolongada y rara enfermedad que le obligaba a estar la mayor parte del tiempo en aquella reducida aunque acogedora habitación de la tercera planta del perdido pabellón de los enfermos afectados por indefinidos males persistentes.
        - Me gustaría poder mentirle que se trataba de una simple visita de cortesía y que mi intención al romper su rutinario reposo no era otra que contribuir con mi charla a hacerle pasar una amena velada, mi estimado don Pedro, pero ya me ha comunicado con vehemencia en anteriores ocasiones que para usted, dilecto maestro, la mejor compañía es la soledad.
         - Una vez más molestando, mi querido impertinente sucesor, seguro que de nuevo atascado en alguna descabellada investigación.
         - La dio en el clavo, clarividente pensador, o más bien en el ojo de la cerradura, pues de eso trata la cuestión que me impulsa con humildad a acercarme a su cama y perturbar su reposo, de una infranqueable puerta abierta.
         Casimiro había comenzado a trabajar en el diario “Última Noticia” como cronista deportivo, ya saben, eso de travestir a patéticos zánganos en calzoncillos trotando tras de un objeto esférico en astros de un firmamento cosmocológico que se empoderaban de los sueños diurnos de una mayoría silenciosa y aborregada, dispuesta a dejar en el limbo del olvido sus necesidades más perentorias en aras del apoyo incondicional a los colores de su equipo, es decir, como último mono en la escala de los redactores de la amarillenta, venal, reaccionaria y obsoleta publicación matutina que tiene como lema “Ante todo la verdad”, y lo cumple a rajatabla pues en su cabecera aparece como precio cierto el valor monetario que te cuesta un puñado de hojas de deleznable papel reciclado de ínfima calidad impreso con pringosas tintas que tiznan los dedos cuando las pasas al ojearlo, y le invalidan para tener un fin medio práctico como envoltorio del tentempié de media mañana, y allí iba representando su papelón de mediocre artista de reparto hasta que la ignominiosa e indescifrable enfermedad del cronista de sucesos le dio la oportunidad de ascender en el escalafón. Don Pedro Pi Cuadrado se había hecho famoso a nivel nacional resolviendo intrincados casos criminales de sus columnas en el diario, y había llegado ha hacer verosímil y diáfana la figura de un improbable malhechor de fantasmagóricos aspectos: Bonfarrull, el Exterminador. Hasta el más enrevesado caso tenía asombrosa y fascinante solución con la mera aplicación de esta moderna y magnificente versión  de la piedra filosofal al servicio de la ley.



         -… Así que don Ramiro Ramírez de Velasco se había encerrado en su biblioteca echando la llave por dentro… -recapitulaba don Pedro, uniendo cabos sueltos entre lo leído en la prensa de los días anteriores y los últimos detalles que le acababa de embutir su necrófago sustituto.
         -… Y la llave de seguridad la encontraron los agentes policiales en el bolsillo del batín que llevaba puesto el finado, ¡pobre hombre! –remató el ex cronista deportivo.
         - Lo de “pobre” será una de esas figuras retóricas que usted acostumbra a endilgar a sus sufridos lectores…
         El conocido constructor, célebre por haberse hecho multimillonario levantando edificios de humo, miles de viviendas que se comenzaban a eregir y nunca se llegaban a terminar, y, por tanto, de pasar a las manos de unos presuntos destinatarios que continuaban pagando sus respectivas hipotecas a los bancos, había sido encontrado de bruces sobre la preciosa mesa de caoba, con tracerías y filigranas, de la ostentosa sala enmoquetada con pieles y adornada con lujosos cuadros barrocos de dorados marcos y dudosa procedencia, con el cortaplumas de mango de asta de unicornio blanco, que utilizaba para abrir la correspondencia, clavado en la mitad de su espalda. Las dos altas ventanas de multicolores vitrales que iluminaban la estancia y que daban al cuidado y extenso jardín estaban enrejadas por su cara exterior, lo que imposibilitaba que nadie hubiera podido acceder al interior por ellas.
            -…En la casona sólo estaban a esa hora el mayordomo y la cocinera –evaluaba el interno.
         - Que corrieron hacia la biblioteca al escuchar el horripilante grito del magnate cuando el acero le atravesó el corazón. Pero se dieron de bruces contra la hermética puerta de roble macizo y no pudieron hacer nada por auxiliarle, aunque llegar junto a él hubiera sido vano porque la estocada era mortal de necesidad, si me permite la expresión, don Pedro.
      - Creo que por hoy ya le he consentido desembuchar un buen derroche de necedades y de archirrepeticiones de lo leído en la prensa… Como odiado hasta desear su muerte lo era en ingentes cantidades por muchos y como cercanía para hacer tangible el tránsito no había nadie, puesto que se hallaba solo y enclaustrado, y entre lo mucho y la nada el abanico es amplísimo… Lo lejano es como la lluvia, que moja pero no ahoga…Lo cercano son dos y con esos me quedo –levantó con vehemencia dos dedos de su mano izquierda y agarrando uno con todos los de la derecha prosiguió: -El mayordomo tiene unos extensos antecedentes penales, no se sabe muy bien lo que “mayordeaba” en esa casa, pero sin duda le era de gran utilidad al gran timador de guante blanco para hacerle los trabajos sucios: como la ida y venida con maletines para inclinar voluntades de ediles propensos a poner el cazo a la menor oportunidad que se les presenta y otras diversas corruptelas, cuando no el reparto de alguna amenaza velada o una esporádica trompada…
          - Pero ningún lacayo muerde con saña la mano que le alimenta.
         - Se han dado algunos casos notorios de histórica relevancia que evalúan al alza la conocida regla de que la excepción confirma la misma. Pero no lo creo el caso, por lo que con una larga cambiada me meto entre fogones –y la mano diestra desasió el dedo enlazado para con un ágil molinete engancharse en el otro, y continuó: -La cocinera había sido soprano en sus años mozos, según informa con amplitud y estiramiento en su columna, que casi convierte por momentos en una exégesis de la biografía artística  de la ex diva, plumífero impenitente: que si su Aida y la Tosca, sus éxitos en la Scala de Milán y el Metropolitano de Tomelloso…
           - Ya sabe, mi dilecto ancestro, que cuando no hay noticia que dar se rellena la página con cuanta más paja mejor, es lo habitual.
         - … Y las sopranos son conocidas por la capacidad que tienen para llegar a los agudos más inverosímiles –continúo a lo suyo don Pedro haciendo caso omiso de las balbucientes excusas de su obtuso interlocutor- , notas capaces de romper un tímpano inmaduro o descabalar el mecanismo de la más sofisticada cerradura.

           - Me desparrama de alegría no tener que recurrir en esta ocasión a nuestro inquebrantable Bonfarrull, el Exterminador.

viernes, 27 de febrero de 2015

Un día en la vida de M.


A las ocho de la mañana Martina recoge su cama, toma su bolso, sale a la calle y saluda a sus amigas Elvira y Rocío.

En la avenida de Covibar el tráfico de peatones y de automóviles es muy denso a pesar de la temprana hora. Algunos comercios ya han comenzado a abrir sus puertas y, junto a otros, los camiones cargan y descargan mercancías.

         La bella fuente de acero y cristal que ocupa el centro de la rotonda lanza al límpido aire penachos de cantarina agua que produce un tintineo característico al regresar a su embalse. Es su manera informal de saludar a los viandantes que cruzan la plazoleta, y también Martina sonríe al escuchar el armónico: ¡buenos días!

         Al otro lado de la plazoleta entra en la cafetería, colindante con su centro de trabajo, donde, como es habitual, terminará de asearse y recogerá un vaso de café con leche calentito para desayunar.

         Ya reconfortada se instala en su puesto y pronto comienza a relacionarse con su cotidiana clientela. Algunos la saludan con afabilidad:
-      ¿Qué tal pasaste la noche?
-      Muy bien, gracias, parece que hoy va a hacer un día precioso…
-      Hay algunas nubes, pero no tiene pinta de que vaya a llover.

         Terciada la mañana se encamina a un supermercado próximo, al otro lado de la Plaza de las Ranas, para procurarse un tentempié, que comerá en un banco del parquecillo, y pronto estará de nuevo en su trabajo.



       Allí permanecerá hasta las dos de la tarde, hora en que cierran sus puertas los comercios colindantes, y, a ratos, ameniza la tarea fumándose un cigarrillo ofrecido por algún cliente.

         La cafetería tiene también servicio de restaurante y allí recoge cada al mediodía una bolsa con comida y se desplaza hasta un amplio parque no muy lejano en el que almorzará. Hasta las cinco no vuelven a abrir los establecimientos por lo que tiene tiempo para degustar las viandas con placidez y hasta para tener algunas ensoñaciones mientras escucha el trinar de los pajarillos desde las copas del tupido y variopinto arbolado.

         Las ensoñaciones la llevan a menudo hasta la feliz infancia, allá en la aldea natal, chapoteos en el agua del arroyo, cacareos de gallinas… a la primera vez que llegó a este poblachón lleno de casas de ladrillo todas iguales y de chalets adosados, aquellos dichosos años en que tenía pareja…

         Retorna a su trabajo hasta las ocho y media, después si hace buen tiempo se da un paseo por los bulevares y charla un poco si se encuentra con algunas conocidas o se entretiene mirando escaparates.

         Más tarde vuelve a buscar su cartón y su manta donde los dejó escondidos a primera hora de la mañana y espera en la puerta del cajero a que algún cliente vaya a operar para tener acceso al interior. Se instalará lo más cómoda que le sea posible y, si no hay demasiada actividad nocturna, podrá dormir algunas horas seguidas de tirón.


         Mañana, Elvira y Rocío, las señoras encargadas de la limpieza de la agencia bancaria, se volverán a encontrar con Martina acarreando su cartón y su manta, la fuente la volverá a dar su húmedo y armonioso: ¡Buenos días!... y volverá a plantarse delante del estanco con una sonrisa en los labios y un vaso de plástico con alguna calderilla tintineante en la mano.