A las
ocho de la mañana Martina recoge su cama, toma su bolso, sale a la calle y
saluda a sus amigas Elvira y Rocío.
En la
avenida de Covibar el tráfico de peatones y de automóviles es muy denso a
pesar de la temprana hora. Algunos comercios ya han comenzado a abrir sus
puertas y, junto a otros, los camiones cargan y descargan mercancías.
La
bella fuente de acero y cristal que ocupa el centro de la rotonda lanza al
límpido aire penachos de cantarina agua que produce un tintineo característico
al regresar a su embalse. Es su manera informal de saludar a los viandantes que
cruzan la plazoleta, y también Martina sonríe al escuchar el armónico: ¡buenos
días!
Al
otro lado de la plazoleta entra en la cafetería, colindante con su centro de
trabajo, donde, como es habitual, terminará de asearse y recogerá un vaso de
café con leche calentito para desayunar.
Ya
reconfortada se instala en su puesto y pronto comienza a relacionarse con su
cotidiana clientela. Algunos la saludan con afabilidad:
-
¿Qué tal pasaste la noche?
-
Muy bien, gracias, parece que hoy va a hacer un
día precioso…
-
Hay algunas nubes, pero no tiene pinta de que vaya
a llover.
Terciada
la mañana se encamina a un supermercado próximo, al otro lado de la Plaza de
las Ranas, para procurarse un tentempié, que comerá en un banco del
parquecillo, y pronto estará de nuevo en su trabajo.
Allí
permanecerá hasta las dos de la tarde, hora en que cierran sus puertas los
comercios colindantes, y, a ratos, ameniza la tarea fumándose un cigarrillo
ofrecido por algún cliente.
La
cafetería tiene también servicio de restaurante y allí recoge cada al mediodía
una bolsa con comida y se desplaza hasta un amplio parque no muy lejano en el
que almorzará. Hasta las cinco no vuelven a abrir los establecimientos por lo
que tiene tiempo para degustar las viandas con placidez y hasta para tener
algunas ensoñaciones mientras escucha el trinar de los pajarillos desde las
copas del tupido y variopinto arbolado.
Las
ensoñaciones la llevan a menudo hasta la feliz infancia, allá en la aldea
natal, chapoteos en el agua del arroyo, cacareos de gallinas… a la primera vez
que llegó a este poblachón lleno de casas de ladrillo todas iguales y de
chalets adosados, aquellos dichosos años en que tenía pareja…
Retorna
a su trabajo hasta las ocho y media, después si hace buen tiempo se da un paseo
por los bulevares y charla un poco si se encuentra con algunas conocidas o se
entretiene mirando escaparates.
Más
tarde vuelve a buscar su cartón y su manta donde los dejó escondidos a primera
hora de la mañana y espera en la puerta del cajero a que algún cliente vaya a
operar para tener acceso al interior. Se instalará lo más cómoda que le sea
posible y, si no hay demasiada actividad nocturna, podrá dormir algunas horas
seguidas de tirón.
Mañana,
Elvira y Rocío, las señoras encargadas de la limpieza de la agencia bancaria,
se volverán a encontrar con Martina acarreando su cartón y su manta, la fuente
la volverá a dar su húmedo y armonioso: ¡Buenos días!... y volverá a plantarse
delante del estanco con una sonrisa en los labios y un vaso de plástico con
alguna calderilla tintineante en la mano.

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