El caso de
la sonora cerradura
La tarde estaba como balsa de aceite
sobre el agua del fregadero cuando Casimiro de las Fuentes irrumpió en la
aséptica habitación del hospital. Vestía con su habitual desenfado de las
jornadas festivas un traje de terciopelo granate aditado con una corbata de
seda celeste sobre el fondo de una impoluta camisa rosa palo.
- ¿Qué le trae de nuevo por aquí, amigo
Casimiro? –fue el neutro saludo de don Pedro Pi Cuadrado, al que ya cansaban
las intempestivas visitas del conocido periodista. Era uno de los aspectos
negativos de estar internado en una cínica como permanente prisionero de una
prolongada y rara enfermedad que le obligaba a estar la mayor parte del tiempo
en aquella reducida aunque acogedora habitación de la tercera planta del
perdido pabellón de los enfermos afectados por indefinidos males persistentes.
- Me gustaría poder mentirle que se
trataba de una simple visita de cortesía y que mi intención al romper su
rutinario reposo no era otra que contribuir con mi charla a hacerle pasar una
amena velada, mi estimado don Pedro, pero ya me ha comunicado con vehemencia en
anteriores ocasiones que para usted, dilecto maestro, la mejor compañía es la
soledad.
- Una vez más molestando, mi querido
impertinente sucesor, seguro que de nuevo atascado en alguna descabellada
investigación.
- La dio en el clavo, clarividente
pensador, o más bien en el ojo de la cerradura, pues de eso trata la cuestión
que me impulsa con humildad a acercarme a su cama y perturbar su reposo, de una
infranqueable puerta abierta.
Casimiro había comenzado a trabajar en
el diario “Última Noticia” como cronista deportivo, ya saben, eso de travestir
a patéticos zánganos en calzoncillos trotando tras de un objeto esférico en
astros de un firmamento cosmocológico que se empoderaban de los sueños diurnos
de una mayoría silenciosa y aborregada, dispuesta a dejar en el limbo del
olvido sus necesidades más perentorias en aras del apoyo incondicional a los
colores de su equipo, es decir, como último mono en la escala de los redactores
de la amarillenta, venal, reaccionaria y obsoleta publicación matutina que
tiene como lema “Ante todo la verdad”, y lo cumple a rajatabla pues en su
cabecera aparece como precio cierto el valor monetario que te cuesta un puñado
de hojas de deleznable papel reciclado de ínfima calidad impreso con pringosas
tintas que tiznan los dedos cuando las pasas al ojearlo, y le invalidan para
tener un fin medio práctico como envoltorio del tentempié de media mañana, y
allí iba representando su papelón de mediocre artista de reparto hasta que la
ignominiosa e indescifrable enfermedad del cronista de sucesos le dio la
oportunidad de ascender en el escalafón. Don Pedro Pi Cuadrado se había hecho
famoso a nivel nacional resolviendo intrincados casos criminales de sus
columnas en el diario, y había llegado ha hacer verosímil y diáfana la figura
de un improbable malhechor de fantasmagóricos aspectos: Bonfarrull, el
Exterminador. Hasta el más enrevesado caso tenía asombrosa y fascinante
solución con la mera aplicación de esta moderna y magnificente versión de la piedra filosofal al servicio de la ley.
-… Así que don Ramiro Ramírez de
Velasco se había encerrado en su biblioteca echando la llave por dentro…
-recapitulaba don Pedro, uniendo cabos sueltos entre lo leído en la prensa de
los días anteriores y los últimos detalles que le acababa de embutir su
necrófago sustituto.
-… Y la llave de seguridad la
encontraron los agentes policiales en el bolsillo del batín que llevaba puesto
el finado, ¡pobre hombre! –remató el ex cronista deportivo.
- Lo de “pobre” será una de esas
figuras retóricas que usted acostumbra a endilgar a sus sufridos lectores…
El conocido constructor, célebre por
haberse hecho multimillonario levantando edificios de humo, miles de viviendas
que se comenzaban a eregir y nunca se llegaban a terminar, y, por tanto, de
pasar a las manos de unos presuntos destinatarios que continuaban pagando sus
respectivas hipotecas a los bancos, había sido encontrado de bruces sobre la
preciosa mesa de caoba, con tracerías y filigranas, de la ostentosa sala
enmoquetada con pieles y adornada con lujosos cuadros barrocos de dorados
marcos y dudosa procedencia, con el cortaplumas de mango de asta de unicornio
blanco, que utilizaba para abrir la correspondencia, clavado en la mitad de su
espalda. Las dos altas ventanas de multicolores vitrales que iluminaban la
estancia y que daban al cuidado y extenso jardín estaban enrejadas por su cara
exterior, lo que imposibilitaba que nadie hubiera podido acceder al interior
por ellas.
-…En la casona sólo estaban a esa hora
el mayordomo y la cocinera –evaluaba el interno.
- Que corrieron hacia la biblioteca al
escuchar el horripilante grito del magnate cuando el acero le atravesó el
corazón. Pero se dieron de bruces contra la hermética puerta de roble macizo y
no pudieron hacer nada por auxiliarle, aunque llegar junto a él hubiera sido
vano porque la estocada era mortal de necesidad, si me permite la expresión,
don Pedro.
- Creo que por hoy ya le he consentido
desembuchar un buen derroche de necedades y de archirrepeticiones de lo leído
en la prensa… Como odiado hasta desear su muerte lo era en ingentes cantidades
por muchos y como cercanía para hacer tangible el tránsito no había nadie, puesto que se
hallaba solo y enclaustrado, y entre lo mucho y la nada el abanico es
amplísimo… Lo lejano es como la lluvia, que moja pero no ahoga…Lo cercano son
dos y con esos me quedo –levantó con vehemencia dos dedos de su mano izquierda
y agarrando uno con todos los de la derecha prosiguió: -El mayordomo tiene unos
extensos antecedentes penales, no se sabe muy bien lo que “mayordeaba” en esa
casa, pero sin duda le era de gran utilidad al gran timador de guante blanco
para hacerle los trabajos sucios: como la ida y venida con maletines para
inclinar voluntades de ediles propensos a poner el cazo a la menor oportunidad
que se les presenta y otras diversas corruptelas, cuando no el reparto de
alguna amenaza velada o una esporádica trompada…
- Pero ningún lacayo muerde con saña la
mano que le alimenta.
- Se han dado algunos casos notorios de
histórica relevancia que evalúan al alza la conocida regla de que la excepción
confirma la misma. Pero no lo creo el caso, por lo que con una larga cambiada me
meto entre fogones –y la mano diestra desasió el dedo enlazado para con un ágil
molinete engancharse en el otro, y continuó: -La cocinera había sido soprano en
sus años mozos, según informa con amplitud y estiramiento en su columna, que
casi convierte por momentos en una exégesis de la biografía artística de la ex diva, plumífero impenitente: que si
su Aida y la Tosca, sus éxitos en la Scala de Milán y el Metropolitano de
Tomelloso…
- Ya sabe, mi dilecto ancestro, que
cuando no hay noticia que dar se rellena la página con cuanta más paja mejor,
es lo habitual.
- … Y las sopranos son conocidas por la
capacidad que tienen para llegar a los agudos más inverosímiles –continúo a lo
suyo don Pedro haciendo caso omiso de las balbucientes excusas de su obtuso
interlocutor- , notas capaces de romper un tímpano inmaduro o descabalar el
mecanismo de la más sofisticada cerradura.
- Me desparrama de alegría no tener que
recurrir en esta ocasión a nuestro inquebrantable Bonfarrull, el Exterminador.

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