Yo necesitaba matarla. Era un
deseo superior a todo, al odio y al amor. Eran sus dientes. Sus dientes
diminutos y afilados.
El
marfil es una materia dura, dura, bella y amarillenta. Cuando está pulido
refulge, y es más hermoso. Sus dientecillos eran de un marfil pulido y
embriagador.
Estudiábamos
el último curso de preparación para la Universidad. Se había programado una
excursión a una ciudad antigua para aprender de sus monumentos, y habíamos elegido
Toledo. Nuestro Instituto tenía sólo alumnado masculino, pero don Pablo impartía
también clases en uno femenino, y la hicimos conjuntamente.
Las
calles estaban desiertas. La tarde había sido lluviosa, gélida y lluviosa, y la
gente, terminada su jornada, habían corrido desde su lugar de trabajo hacia el
reconfortante calor del hogar. Sólo, de vez en cuando, la sombra de algún
furtivo caminante perturbaba la tranquilidad exterior y el lúgubre hilo de mis
pensamientos. La penumbra del portal frontero al de su residencia me ocultaba. La
ciudad silenciosa permanecía arropada por las nubes y el cielo era una negra
mancha sin luna ni estrellas.
El
autobús nos había recogido muy temprano en la puerta del Instituto. La mañana
era luminosa y todo respiraba alegría. Se nos prometía un feliz día de
excursión. Toño y yo tocábamos la guitarra en el asiento posterior del
vehículo, un nutrido grupo nos rodeaba y coreaba las canciones…
-
¿Sabéis la última de Los Diablos?
-
Pues claro.
-
Adelante, vamos.
Toño
comienza a rasguear la introducción y yo el acompañamiento. Y todos empezamos a
berrear la canción a voz en grito.
-
¿Por qué hemos parado?
-
Las chicas… ¡Las chicas!
-
¿Qué tal están?
-
¿Vienen muchas?
-
¡Estupendas, estupendas!
-
¡Hola!, ¿qué tal?
-
¡¡¡Hola!!!
-
Pero si tenéis guitarras y todo…
-
¡Venid, sentaos aquí atrás!
-
¿Qué tocáis?
-
“Un rayo de sol”, ¿os gusta?
-
¡Qué bonita!
-
¡A mí me encanta!
-
¡Y a mí, seguid…!
Apenas
si me fijé en ella. Eran un ramillete precioso de muchachas. Continuamos largo
trecho cantando. Luego se nos fue acabando el repertorio y la animación fue
decayendo. Entonces se hicieron las presentaciones. No preste atención a su
nombre, todas eran encantadoras. Ella me miraba con insistencia. No me extrañó,
pues Toño y yo habíamos sido los animadores de la reunión.
En
cabeza comenzaron a cantar las típicas canciones de excursión.
-
¡Horteras! -les gritó Toño.
Punteábamos
blues entre el griterío. Las niñas nos fueron abandonando. Carolín y otras dos
permanecieron a nuestro lado. Comenté su actitud agradeciéndoselo. Ella me
sonrió. Su sonrisa era especial: dulce, dulce, dulce… En la comisura de los
labios se le formaban unos encantadores hoyuelos. Era diferente. Nos miramos
largamente, su sonrisa permanecía. Los blues, su sonrisa, era un espacio
aislado y acogedor entre el tumulto.
El
Tránsito, Santa María la Blanca, una coca-cola, la Casa del Greco, los Reyes
Nuevos. Sin saber cómo me encontré mirando el ciprés del claustro con sun manos
entre las mías. A nuestro alrededor estaban Toño y un grupo de amigos, chicas y
chicos. El cielo limpio y azul, el claustro húmedo y fresco. Don Pablo relataba
alguna leyenda de Bécquer. No oíamos nada. Su piel tersa y suave, la naricilla
graciosa. Carolín me sonreía, me miraba y sonreía. Entre los labios aparecían
las puntitas de sus dientes como diminutas y brillantes perlas. Un ligero y
constante martilleo golpeaba mi sien al mirar su sonrisa.
Vitrales
y rosetones arrojaban ascuas del ceniciento sol de la tarde sobre los muros.
Una ensoñadora penumbra nos rodeaba. Sin darnos apenas cuenta nos separamos del
grupo. Caminamos hacia la girola. Apreté más fuerte su mano. Nos detuvimos bajo
el Transparente. Ella había ido acercándose más y más a mí. Una luz violácea,
proveniente de un alto vitral, nos envolvía. Sus ojos, de un pardo claro, eran
dos abismos sobre el mañana. Dijo: “te amo”, echó hacia atrás la cabeza y su
boca se entreabrió con una risa extraña. Sus dientes pequeños, afilados,
puntiagudos, se mostraron ante mí como tallados brillantes, rompiendo la luz
violácea en mil tonalidades.
Una
aguda punzada me perforaba la piel. Me besó en los labios rápida, furtivamente,
y se acurrucó entre mis brazos. Besé dulcemente sus cabellos, acariciando su
pelo con mis labios, mientras la mirada se me perdía en un vacío de luz morada,
y sentía como sus dientecillos comenzaban a mordisquear mi corazón, sumiéndome
en un vacío de luz morada…
La
calle se iluminó súbitamente con su presencia. Me miró con ternura. Mis ojos
perdidos buscaban detrás de su boca. El duro golpe en la nuca ahogó su grito
sorpresa-espanto. Bajo la morada luz del portal golpeé su boca con fuerza bruta.
El sangriento brocal de sus labios profanaron mis manos sacrílegas, y una a una
arrancaron las diminutas brillantes perlas que su íntimo santuario también
ornaron. Sus bellos ojos aún me miraron dulces y plácidos, los cerré con besos
y llanto, y corrí, corrí, mi tesoro en las manos, hacia nuestro Paraíso
marfil-morado. FIN.

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