I
Cuando murió el tío
Cosme, allá por Cádiz, lo único que me dejó en herencia fue una pequeña arca de
madera llena de libros, que mi prima Asunción tuvo el detalle de traerme a
casa, porque desde luego no me hubiera desplazado allá para conseguir tan parca
prebenda.
En descargo de mi
difunto y querido tío también debo señalar que si hubiera tenido una biblioteca
con cien estanterías repletas de volúmenes también me la hubiera dejado porque
para él era su sobrino escritor, el único dentro de una familia de claros
objetivos mercantiles dispuesto a perder el tiempo en esa práctica que le
permitía a el practicar la afición que más le gustaba: la lectura.
Cuando mi padre enfermó de
neumonía y me enviaron aquel verano a su casa, en parte por alejarme de los
microbios y en otra por ver si me despelotaba un tanto de mi estúpida
adolescencia, trabamos una bonita amistad entre las lecturas y los baños en la
Caleta.
La herencia en lo
económico no era tan menguada porque entre otros libros se encontraba una
edición Príncipe del Don Xhijote(1), de aquella impresa en 1605 en los talleres
de Juan Cuesta, por la madrileña calle de Atocha, que haría babear a cualquier
coleccionista, y que de seguro si mi opusdeística prima Asun hubiera sabido de
su valor no hubiera llegado a mis manos.
También había
algunas primeras ediciones de poemas de García Lorca y Juan Ramón Jiménez y… un
manuscrito en latín que debía de tener su tiempo, y que dejé a un lado porque
desde el bachillerato no había tocado esa lengua muerta y si había muerto por
algo sería, así que preferí dedicarme a leer las novelas eróticas de Felipe
Trigo, que, al no ser reeditadas con frecuencia, me suponían una novedad.
El Cervantes quedó
encerrado en la caja fuerte de un banco por si venían tiempos difíciles, al fin
y al cabo el cautiverio era como una cualidad existencial más de su autor,
y el arca con todo el resto de su
contenido adornaba un rincón del salón de mi estudio hasta que un día recibí la
visita de Inés, la ex de un viejo amigo, que viajaba de Buenos Aires a Bruselas
con su nuevo marido, dentro de sus actividades culturales al servicio de la administración,
y me acordé del manuscrito.
-El título es Ptolomeo y el pozo de
Lepe, y parece tener mucho tiempo –se entusiasmó la doctora.
(1) Nota del
editor: Se emplea el fonema Xh por ser sin duda el que emplearía Don Miguel
cuando lo pronunciase, como diría Doña Xhimena ó Méxhico, y porque el relato va
de lo que desaparece sin saber ni como ni por qué, degradando cada vez más la realidad
lingüística y por tanto pensante, si hacemos caso a las teorías de
Wittgenstein.
II
Lepe es un pueblo
de Huelva, Andalucía, célebre por el buen humor que atesoran sus habitantes.
Así que me quedé un tanto perplejo al escuchar el título, o, tal vez, el
escrito se refería a otro Lepe?
-
Si
puedes traducir algo más – sugerí.
-
No
parece original, sino más bien alguna copia realizada en la Edad Media – afirmó
el marido, también experto en lenguas y documentos de la antigüedad -, porque
en la época de Ptolomeo se escribía en papiros.
-
O una
broma de un lepero dedicada a mi tío, jajajaja – me reí, y por si los acasos
tenía algún valor me apresuré a retirar de las manos de Inés el manuscrito y
cambié de conversación -, no vamos a perder el tiempo en estas paparruchas
después de tanto tiempo sin vernos, ¿ya tenéis casa en Bruselas?
Después
de un rato de amena conversación y notando como a Inés se le iban de tanto en
tanto los ojos con una cierta avidez hacia los papeles que había dejado de
forma descuidada sobre la mesa decidí invitarlos a cenar en un restaurante
japonés cercano que frecuentábamos con asiduidad cuando todavía era cónyuge de
mi amigo.
-
Me
hubiera gustado leer el manuscrito, tiene un aspecto interesante – se resistía
ella mientras yo con delicadeza, y el hambre de su marido con menos, la empujábamos
hacia la puerta.
-
Eso
puede esperar cariño, se me hace la boca agua pensando en una tempura de
camarones.
Con
la sabrosa comida y el intercambio de pareceres sobre lo que habíamos vivido en
los últimos años se le fue por completo la idea de la traducción, pero no a mí que estaba intrigado por los cómos y porqués de esos papeles a los que durante
un tiempo no había hecho el menor caso, y mientras me deleitaba con las
extrañas salsas y con la conversación me iba comprometiendo a descifrarlos, y
para empezar acordarme de donde tendría olvidado mi viejo diccionario escolar
de latín…
(Los
entreparéntesis son del traductor así como algún localismo andaluz que se me
escapó sin querer queriendo).
“A
mi protector Cesius Galius Phosphorum, procónsul de la Bética (Andalucía), que
ha tenido la magnanimidad de concederme
una beca Erasmus para ampliación de conocimientos en la Biblioteca de
Alejandría, en la cátedra de la tan sabia como bella sin igual Hypatia, después
de unos disputados accésits de los que salió triunfante la ciudad que
represento: la sin par Lepe, paradigma de Hispania (Península Ibérica), en
ofrenda a su derroche de dispendios y para mayor gloria del Imperio háganse
públicos estos conocimientos y la contribución que nuestra instrucción tuvo en
ellos:
III
“En
verdá que to aquello me paresía muy serio, y la Hypatia aunque muy guapa y bien
vestía con seas (sedas) y gasas transparentes que dejaban vislumbra los
pezoncillos y el vello d’all’abajo, era un poco un sieso manio siempre pensando
en las estrellas y con una panda de babosos floreando a su alredeor, y con las
rencillas entre los paganos y los cristianos, a mi que venía de la tierra de
María Santísima, nazio casi al lao del Rozio…
Totá
cun día que la profe estaba toa encocorotaa con su artefasto de maera que
representaba el sistema ideado por Ptolomeo con la Tierra en to su centrico y
to lo demás girando a su alrededor me vino a la memoria aquel suceso tan
nombrao que tuvimos en nuestro pueblo, y como un tarteso (andaluz) si no calla
revienta pidí la palabra y procué platicá en el mejor latín que sabía.
-
Con
permiso, Seño, si me permite ameniza un po la reunión le voy a contá un suceso,
que acaeció en mi pueblo, que podía, y no podía, lustrar la questión…
-
Aquí
todos somos iguales –dijo ella muy displendida-. Orestes recítale el principio
de Tales.
Y,
como un papagayo, el mentecato recitó:
-
Dos cosas iguales a una tercera son iguales entre si.
-
Ves – y se le caía la baba disfrutando de cómo su alumno predilecto se había
aprendido la lessión -, Habla pues Tarteso.
-
Bieeen – carraspeé un poco sintiendo todas aquellas miradas clavadas sobre mi
persona -. Pues susedió que un churumbel, un crió, digo, cayó en un poso, en un
ahuero profundo pa que se m’entienda,
allá en mi pueblo, y…
Hypatia
me prestaba atención con una sonrisa pintada en sus deliciosos labios púrpuras
como el coral, y sentía como un mar de odio removía su oleaje agitado desde los
bancos de mis condiscípulos.
-
Sigue
sin miedo –me animó ella, con su angelical voz -, estos estúpidos acabarán por
matarse entre ellos mismos.
-
Y mis
paisanos – me animé a seguir- le dieron la vuerta a posso y el niño salió sano
y salvo!
-
¡Increíble!
–gritaron algunos.
-
¡Vaya
falsedad! – se impuso la rotunda voz de Orestes sobre las otras -. Por algo los
Tartessos (andaluces) tienen fama de
fuleros, si tal fuera cierto la Tierra no sería el centro del Universo.
Pero
yo no atendía a sus gritos sino viendo como Hypatia se ponía pálida corrí en su
ayuda para que no cayera al suelo y la sostuve entre mis brazos. Era liviana
como una pluma y olía a jazmines y azahar.
-
Eres
la Revelación, la respuesta de mis plegarias a los dioses, ya entiendo por fin
que fallaba en el sistema de Ptolomeo –musitó antes de desmayarse.
Pasamos
una noche de revelaciones astronómicas y terrenas, mientras alrededor de su
palacio se sentía el aullar de algunos bípedos implumes fundamentalistas como
si fueran lobos.
(Mientras
mi lengua la acariciaba y mis labios besaban otros labios sus labios y su
lengua me decían entre suspiros “Somos un grano de polvo en el espacio, la
ciencia de los hombres pasa, los pueblos, las plantas, los animales y las
flores que en la noche declinan son representaciones del Amor, acércate para
que te lo diga al oído”
Me
coloqué sobre ella y sentí que su corazón latía tan fuerte como el mío.
Su
interior estaba tan caliente como sus palabras y sus piernas que eran como
juncos repletos de jacintos se aferraron a mi cintura.
Los
gritos eran cada vez más fuertes fuera, pero yo sólo oía sus gemidos junto a mi
oreja que se repetían con cada éxtasis una y otra vez.
“Derrámate
en mi, quiero al amante que gime de placer y desprecio al hipócrita que reza
una plegaria”
Y,
juró por Júpiter que casi bramé, que gemí hasta casi desleírme de gozo y me
quedé exhausto tendido sobre ella, como en un Nirvana.
-
Ahora lo mejor es que hagas el petate e informes de todo lo que hemos
descubierto esta noche a otros científicos- me despertó de mi ensoñación -. Por aquí están los ánimos muy revueltos y es probable que se produzcan luctuosos enfrentamientos...
Cuando
embarqué al amanecer se olía en el ambiente del puerto el humo acre de la
Biblioteca de Alejandría incendiada…
Ya
llegará alguna noticia de sus descubrimientos que nos la hagan recordar…”


¡Que maravilloso volver a leer este relato que siempre me ha encantado. Espectacular y atrapante a la vez, y siempre tan lleno de detalles interesantes para descubrir
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