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Qué difícil
es que te entiendan cuando no te quieren entender…
Al poco de salir de la consulta recibí
una llamada de la Comunidad de Madrid, ya habían tramitado la cita por urgencia
y debía esperar a que me llamaran los médicos del 12 de octubre. Parecía que la
cosa funcionaba, si no me llamaban aquella tarde sería mañana… Me fui a
gestionar papeles relacionados con el trabajo, aunque fuera a base de papillas
y batidos había que seguir comiendo… y comprando la comida.
Pero
ni por la tarde, ni al día siguiente recibí la llamada. El miércoles me
acompañó un amigo al 12 de Octubre. En el punto de información de Otorrinolaringología,
expuse, informes en mano, mi deseo de que me atendiera un doctor…
-
Están todos en quirófano, no hay nadie que le pueda atender ahora… Ya recibirá
su cita por teléfono -nos explicaba una enfermera de bata verde, gruesa, muy
gruesa… El día que relacionaban, en su Escuela, las enfermedades coronarias con
el sobrepeso debió de hacer pellas.
También
debió de leer en mi cara que pensaba que mentía como una bellaca, porque
insistió:
- De
verás que no hay nadie, cuando vuelvan informaré de que estuvo aquí, apuntaré su
nombre...
Dimos
media vuelta, Dani, que así se llama mi amigo, y yo.
- A
Urgencias, ¿no? -qué bien me conoce.
- Por
supuesto - el único problema es que teníamos que atravesar todo el complejo
hospitalario, porque el edificio nuevo, para consultas externas, en el que nos
encontrábamos, estaba ubicado en el polo opuesto a la entrada.
Primer
escollo: el triaje. Una señorita, poco amable y mal encarada, que ya me atendió el día
anterior, y se debía haber quedado con mis rasgos, lo de la cánula canta mucho, pregunta, antes de examinarme:
-
¿Cuál es la urgencia?
-
Otorrinolaringología -señalo lo evidente.
- Ya,
pero pregunto por la urgencia -insiste, la insensata. Y, calentito que venía de
que no me quisieron atender en la consulta, me puse nervioso, y, cuando me
pongo nervioso, no soy capaz de coordinar lo de poner el dedo en la cánula con
cada golpe de voz, total, que me atoro y me pongo a toser, y no puedo hablar. Me
levanté y me puse a andar para poder respirar y salí de la habitación, porque me ainaba…
Dani
la debió de convencer de la existencia de la urgencia, de alguna urgencia, porque se me unió afuera
y me indicó que debíamos ir a la consulta 4, siguiendo una línea azul marcada sobre el suelo hasta el
final.
Había despachos de consulta de varias especialidades y una sala de
espera común. Recordé el lugar, de una vez que vine a oftalmología, podía ser
que tuviera un ojo ciclópeo, porque tenía visión doble permanente, pero por fortuna sólo se trataba de una catarata. Después de echarme un par de veces gotas para dilatar las pupilas, me
preguntaron si había venido en automóvil, como era el caso. A las dos de la
mañana, que salí aquella vez de las urgencias, no era para llamar a algún
familiar que viniera a recogerme. El breve trayecto desde el 12 de Octubre
hasta Orcasitas, donde vivía por entonces, fue como conducir bajo un castillo
de fuegos artificiales, tal me parecían, con las pupilas abiertas de par en par,
las luces de las farolas y los semáforos…
En la amplia sala, preguntamos a otros pacientes, que ya estaban allí, por el
turno de espera. Para otorrino sólo había un matrimonio, que dijo ya les habían
atendido pero que, cuando salieran los que estaban ahora en consulta, tenían
que darles todavía algunas indicaciones. Salió de la consulta un joven con bata
blanca, llevaba barba y una melena recogida en coleta que le llegaba a la
cintura.
- Lo
mismo nos ofrece un “porro” -se me ocurrió comentarle a Dani. Al fin y al cabo,
uno tampoco acaba de vencer los prejuicios, a veces…
Por entretener la espera,
y seguir la narración con un poco de coherencia biográfica, explicaré como
terminó el tema de los Organismos de Control Técnico, para mí.
De
una parte, se produjo una contestación generalizada en contra del Seguro Decenal,
por parte de los que construían viviendas individuales para su propio uso, lo
que se denomina autoconstrucción, por considerar que no tenía sentido que se
les fiscalizara que su casa debía tener una duración de al menos diez años,
cuando ellos la levantaban con la intención de que les durara para toda la vida, y
que, después, la heredaran sus hijos. Y la Ley, les reconoció su derecho…
Pero,
hecha la ley, hecha la trampa: bastaba con que el constructor se pusiera de
acuerdo con el futuro comprador para que los papeles se arreglaran de tal modo
que pareciera una autoconstrucción… y de esta forma se fueron perdiendo una
buena serie de posibles contratos, pues nuestra OCT, como modesta que era, se
nutria en buena medida de la vivienda individual…
Por
otra parte, las grandes empresas de Control de Calidad, previendo que el fin de
la burbuja inmobiliaria se encontraba más cercano que lejos, y que el pastel a
repartir se iba a reducir drásticamente, decidieron ir quitando del mercado a
los competidores más débiles, por el doble método de abaratar las
contrataciones, detrás de un gran nombre es más fácil encubrir una mano de obra
menos cualificada y, por tanto, más barata, cogiendo a técnicos recién salidos
de las Escuelas, y de incrementar los requisitos de los Informes, haciendo que
se extendieran también al equipamiento de las viviendas, lo que resultaba de
una total incoherencia, ya que algunos de éstos, caso de las calderas de gas, estaban
sometidos por ley a revisiones anuales.

Y, lo
que tenía que pasar pasó, los Sáez comenzaron a recibir ofertas de compra, y, cuando
encontraron una que les resultó muy favorable, vendieron. Como en este país de “charanga
y pandereta” es posible que se pueda comprar una empresa sin comprar la mano de
obra que lleva implícita, los trabajadores nos vimos de la noche a la mañana en
la calle… Los que tenían salarios bajos fueron recontratados por la empresa
compradora, partiendo de cero en lo referente a antigüedad. No era el caso de
contratar a un Director Técnico, cuando ya tenían el propio…
La
urgencia de otorrinos la atendía aquella mañana una joven doctora que, como verán,
comenzó muy mal la atención:
- ¿Cuál
es la necesidad de la urgencia? -parecía un maleficio.
-
Desde que me dieron el alta hospitalaria estoy sin atención médica específica
-expliqué poniendo los informes sobre la mesa.
-
Pero, ¿cuál es la urgencia hoy que no hubiera podido ser ayer?
Era
una pesadilla o estaba despierto… me puse a la defensiva, como buen nieto de un
gallego, ante una pregunta lo mejor es preguntar:
- ¿Cuál
es el motivo de su pregunta?
Miro
la pantalla de su ordenador… No sé donde mirarían los médicos antes de que les
proveyeran de sus abultados ordenadores… ¿Tal vez a los ojos de los pacientes?
- Tengo que encabezar el informe exponiendo los motivos de la urgencia -otra vez los puñeteros protocolos.
- ¿Qué tal anda de inventiva esta mañana? -repuse con un deje de ironía, que no la hizo ninguna gracia.
- Si quiere que le atienda tendrá que comportarse...
Estallé...
En lo más álgido del rife-rafe, se impuso la serenidad y buenas maneras de Dani.
Me hizo una exploración y se puso en contacto con alguien del departamento. Era evidente que no todos estaban en el quirófano, o habían terminado la operación muy pronto. Me concertó una cita en consulta para el día siguiente.
- ¿Puedo hacer algo más por usted?
- Todavía tengo los puntos de cuando me hicieron la traqueostomía, si me los pudiera quitar...
De los tres puntos que tenía puestos se le olvidó quitarme uno, no tenía su mañana la doctora...
(Continuará)