viernes, 10 de abril de 2015

Bonfarrull, el Exterminador: El caso de la sonora cerradura

            El caso de la sonora cerradura

         La tarde estaba como balsa de aceite sobre el agua del fregadero cuando Casimiro de las Fuentes irrumpió en la aséptica habitación del hospital. Vestía con su habitual desenfado de las jornadas festivas un traje de terciopelo granate aditado con una corbata de seda celeste sobre el fondo de una impoluta camisa rosa palo.
         - ¿Qué le trae de nuevo por aquí, amigo Casimiro? –fue el neutro saludo de don Pedro Pi Cuadrado, al que ya cansaban las intempestivas visitas del conocido periodista. Era uno de los aspectos negativos de estar internado en una cínica como permanente prisionero de una prolongada y rara enfermedad que le obligaba a estar la mayor parte del tiempo en aquella reducida aunque acogedora habitación de la tercera planta del perdido pabellón de los enfermos afectados por indefinidos males persistentes.
        - Me gustaría poder mentirle que se trataba de una simple visita de cortesía y que mi intención al romper su rutinario reposo no era otra que contribuir con mi charla a hacerle pasar una amena velada, mi estimado don Pedro, pero ya me ha comunicado con vehemencia en anteriores ocasiones que para usted, dilecto maestro, la mejor compañía es la soledad.
         - Una vez más molestando, mi querido impertinente sucesor, seguro que de nuevo atascado en alguna descabellada investigación.
         - La dio en el clavo, clarividente pensador, o más bien en el ojo de la cerradura, pues de eso trata la cuestión que me impulsa con humildad a acercarme a su cama y perturbar su reposo, de una infranqueable puerta abierta.
         Casimiro había comenzado a trabajar en el diario “Última Noticia” como cronista deportivo, ya saben, eso de travestir a patéticos zánganos en calzoncillos trotando tras de un objeto esférico en astros de un firmamento cosmocológico que se empoderaban de los sueños diurnos de una mayoría silenciosa y aborregada, dispuesta a dejar en el limbo del olvido sus necesidades más perentorias en aras del apoyo incondicional a los colores de su equipo, es decir, como último mono en la escala de los redactores de la amarillenta, venal, reaccionaria y obsoleta publicación matutina que tiene como lema “Ante todo la verdad”, y lo cumple a rajatabla pues en su cabecera aparece como precio cierto el valor monetario que te cuesta un puñado de hojas de deleznable papel reciclado de ínfima calidad impreso con pringosas tintas que tiznan los dedos cuando las pasas al ojearlo, y le invalidan para tener un fin medio práctico como envoltorio del tentempié de media mañana, y allí iba representando su papelón de mediocre artista de reparto hasta que la ignominiosa e indescifrable enfermedad del cronista de sucesos le dio la oportunidad de ascender en el escalafón. Don Pedro Pi Cuadrado se había hecho famoso a nivel nacional resolviendo intrincados casos criminales de sus columnas en el diario, y había llegado ha hacer verosímil y diáfana la figura de un improbable malhechor de fantasmagóricos aspectos: Bonfarrull, el Exterminador. Hasta el más enrevesado caso tenía asombrosa y fascinante solución con la mera aplicación de esta moderna y magnificente versión  de la piedra filosofal al servicio de la ley.



         -… Así que don Ramiro Ramírez de Velasco se había encerrado en su biblioteca echando la llave por dentro… -recapitulaba don Pedro, uniendo cabos sueltos entre lo leído en la prensa de los días anteriores y los últimos detalles que le acababa de embutir su necrófago sustituto.
         -… Y la llave de seguridad la encontraron los agentes policiales en el bolsillo del batín que llevaba puesto el finado, ¡pobre hombre! –remató el ex cronista deportivo.
         - Lo de “pobre” será una de esas figuras retóricas que usted acostumbra a endilgar a sus sufridos lectores…
         El conocido constructor, célebre por haberse hecho multimillonario levantando edificios de humo, miles de viviendas que se comenzaban a eregir y nunca se llegaban a terminar, y, por tanto, de pasar a las manos de unos presuntos destinatarios que continuaban pagando sus respectivas hipotecas a los bancos, había sido encontrado de bruces sobre la preciosa mesa de caoba, con tracerías y filigranas, de la ostentosa sala enmoquetada con pieles y adornada con lujosos cuadros barrocos de dorados marcos y dudosa procedencia, con el cortaplumas de mango de asta de unicornio blanco, que utilizaba para abrir la correspondencia, clavado en la mitad de su espalda. Las dos altas ventanas de multicolores vitrales que iluminaban la estancia y que daban al cuidado y extenso jardín estaban enrejadas por su cara exterior, lo que imposibilitaba que nadie hubiera podido acceder al interior por ellas.
            -…En la casona sólo estaban a esa hora el mayordomo y la cocinera –evaluaba el interno.
         - Que corrieron hacia la biblioteca al escuchar el horripilante grito del magnate cuando el acero le atravesó el corazón. Pero se dieron de bruces contra la hermética puerta de roble macizo y no pudieron hacer nada por auxiliarle, aunque llegar junto a él hubiera sido vano porque la estocada era mortal de necesidad, si me permite la expresión, don Pedro.
      - Creo que por hoy ya le he consentido desembuchar un buen derroche de necedades y de archirrepeticiones de lo leído en la prensa… Como odiado hasta desear su muerte lo era en ingentes cantidades por muchos y como cercanía para hacer tangible el tránsito no había nadie, puesto que se hallaba solo y enclaustrado, y entre lo mucho y la nada el abanico es amplísimo… Lo lejano es como la lluvia, que moja pero no ahoga…Lo cercano son dos y con esos me quedo –levantó con vehemencia dos dedos de su mano izquierda y agarrando uno con todos los de la derecha prosiguió: -El mayordomo tiene unos extensos antecedentes penales, no se sabe muy bien lo que “mayordeaba” en esa casa, pero sin duda le era de gran utilidad al gran timador de guante blanco para hacerle los trabajos sucios: como la ida y venida con maletines para inclinar voluntades de ediles propensos a poner el cazo a la menor oportunidad que se les presenta y otras diversas corruptelas, cuando no el reparto de alguna amenaza velada o una esporádica trompada…
          - Pero ningún lacayo muerde con saña la mano que le alimenta.
         - Se han dado algunos casos notorios de histórica relevancia que evalúan al alza la conocida regla de que la excepción confirma la misma. Pero no lo creo el caso, por lo que con una larga cambiada me meto entre fogones –y la mano diestra desasió el dedo enlazado para con un ágil molinete engancharse en el otro, y continuó: -La cocinera había sido soprano en sus años mozos, según informa con amplitud y estiramiento en su columna, que casi convierte por momentos en una exégesis de la biografía artística  de la ex diva, plumífero impenitente: que si su Aida y la Tosca, sus éxitos en la Scala de Milán y el Metropolitano de Tomelloso…
           - Ya sabe, mi dilecto ancestro, que cuando no hay noticia que dar se rellena la página con cuanta más paja mejor, es lo habitual.
         - … Y las sopranos son conocidas por la capacidad que tienen para llegar a los agudos más inverosímiles –continúo a lo suyo don Pedro haciendo caso omiso de las balbucientes excusas de su obtuso interlocutor- , notas capaces de romper un tímpano inmaduro o descabalar el mecanismo de la más sofisticada cerradura.

           - Me desparrama de alegría no tener que recurrir en esta ocasión a nuestro inquebrantable Bonfarrull, el Exterminador.