viernes, 27 de febrero de 2015

Un día en la vida de M.


A las ocho de la mañana Martina recoge su cama, toma su bolso, sale a la calle y saluda a sus amigas Elvira y Rocío.

En la avenida de Covibar el tráfico de peatones y de automóviles es muy denso a pesar de la temprana hora. Algunos comercios ya han comenzado a abrir sus puertas y, junto a otros, los camiones cargan y descargan mercancías.

         La bella fuente de acero y cristal que ocupa el centro de la rotonda lanza al límpido aire penachos de cantarina agua que produce un tintineo característico al regresar a su embalse. Es su manera informal de saludar a los viandantes que cruzan la plazoleta, y también Martina sonríe al escuchar el armónico: ¡buenos días!

         Al otro lado de la plazoleta entra en la cafetería, colindante con su centro de trabajo, donde, como es habitual, terminará de asearse y recogerá un vaso de café con leche calentito para desayunar.

         Ya reconfortada se instala en su puesto y pronto comienza a relacionarse con su cotidiana clientela. Algunos la saludan con afabilidad:
-      ¿Qué tal pasaste la noche?
-      Muy bien, gracias, parece que hoy va a hacer un día precioso…
-      Hay algunas nubes, pero no tiene pinta de que vaya a llover.

         Terciada la mañana se encamina a un supermercado próximo, al otro lado de la Plaza de las Ranas, para procurarse un tentempié, que comerá en un banco del parquecillo, y pronto estará de nuevo en su trabajo.



       Allí permanecerá hasta las dos de la tarde, hora en que cierran sus puertas los comercios colindantes, y, a ratos, ameniza la tarea fumándose un cigarrillo ofrecido por algún cliente.

         La cafetería tiene también servicio de restaurante y allí recoge cada al mediodía una bolsa con comida y se desplaza hasta un amplio parque no muy lejano en el que almorzará. Hasta las cinco no vuelven a abrir los establecimientos por lo que tiene tiempo para degustar las viandas con placidez y hasta para tener algunas ensoñaciones mientras escucha el trinar de los pajarillos desde las copas del tupido y variopinto arbolado.

         Las ensoñaciones la llevan a menudo hasta la feliz infancia, allá en la aldea natal, chapoteos en el agua del arroyo, cacareos de gallinas… a la primera vez que llegó a este poblachón lleno de casas de ladrillo todas iguales y de chalets adosados, aquellos dichosos años en que tenía pareja…

         Retorna a su trabajo hasta las ocho y media, después si hace buen tiempo se da un paseo por los bulevares y charla un poco si se encuentra con algunas conocidas o se entretiene mirando escaparates.

         Más tarde vuelve a buscar su cartón y su manta donde los dejó escondidos a primera hora de la mañana y espera en la puerta del cajero a que algún cliente vaya a operar para tener acceso al interior. Se instalará lo más cómoda que le sea posible y, si no hay demasiada actividad nocturna, podrá dormir algunas horas seguidas de tirón.


         Mañana, Elvira y Rocío, las señoras encargadas de la limpieza de la agencia bancaria, se volverán a encontrar con Martina acarreando su cartón y su manta, la fuente la volverá a dar su húmedo y armonioso: ¡Buenos días!... y volverá a plantarse delante del estanco con una sonrisa en los labios y un vaso de plástico con alguna calderilla tintineante en la mano.