miércoles, 4 de noviembre de 2015

Escenas de barrio

         En una noche oscura Margarita se encontró perdida en un sendero. La luz de la luna brillaba por su ausencia, escondida entre densos nubarrones que anunciaban una próxima tormenta. Sentía que el pánico se iba apoderando de ella impidiéndole moverse…

         Los gritos de la chiquillería resonaban contra las tapias mientras que las ruedas de las pesadas mochilas llenas de material escolar producían surcos en la arena…

         Apretó el paso cuando sintió en su cabeza las primeras gotas de lluvia, se levantó el cuello de la chaqueta y decidió tomar un atajo para llegar a la boca del metro antes de ponerse como una sopa. Con el movimiento, de un voluminoso paquete que llevaba debajo del brazo cayó un objeto…




         - ¿Dónde encontraste esas gafas? -le pregunta el padre.
         - En la calle -responde el chaval.
         - ¿En qué calle? -volvió a inquirir el progenitor.
         - No sé -afirmó el niño.
         - ¿Cómo que no sabes? -le increpa la madre.
         - Porque no sé qué calle es, no tiene nombre -dice el muchacho, enfadado.
         - Este chico es medio sonso, no hay forma de sacarle las cosas. Anda, sal a buscar a la abuela que en cuanto oscurece se pierde…

         Le atendieron en un ambulatorio cercano.
         A parte de tener destrozado el pantalón por el lado correspondiente al costado en que cayó, sólo tenía el pequeño shock propio del accidente y múltiples raspones en la pierna y el brazo.
         - Había arena suelta y cuando intentaba  evitar un objeto brillante caído en el suelo la bicicleta derrapó -explicaba a la solicita enfermera.
         - Las calles de este barrio están cada día más sucias, los barrenderos ya no quitan ni la arena -especulaba la mujer mientras impregnaba un algodón en betadine.
         - No fue en la calle, me metí por un sendero tratando de acortar el camino y ya ve…

         - En los caminos de la ciencia nunca hay que buscar los atajos -pontificaba el catedrático a la concurrida clase se aburridos alumnos, y los amplios ventanales reflejaban el tedio de la tarde.


         Si para Stendhal una novela es un espejo tendido a lo largo del camino, un cuento corto bien podría ser un monóculo perdido en un sendero.