Don Pecunio Mercuto siempre entraba por
la otra puerta. Era una costumbre, o manía, porque a menudo es difícil
distinguir los límites donde acaba la una y comienza la otra, que adquirió,
podría decirse, desde la cuna. A ello ayudó no poco el que el citado individuo
fuera mellizo de una hermosa hermanita, de nombre Gertrudis, toda lindeza,
delicadeza y esplendor, a la que fueron dirigidos las más exquisitas de las
atenciones por parte de sus progenitores, abuelos, demás parentela y lo más
granado del mugriento vecindario.
Pues
Pecunio era desde bebé además de bastante feo, llorón y mocoso, cualidades
todas que no son receptoras de dedicación y simpatía hacia quienes las poseen.
Así tuvo que ir ingeniándoselas para conseguir que los regalos y golosinas que
llegaban hasta su hermanita acabaran apresadas por sus manos o su boca.
Ya
en el colegio comprendió las ventajas de sistematizar el empleo de la otra
puerta , no en vano la ciencia se fundamenta en la búsqueda de metodologías con
las que lograr hacer comprensible la inasible realidad. De este modo conceptos
como la puntualidad dejaron de tener sentido para él pues aunque la puerta del
centro académico se cancelara a una cierta hora siempre encontraba el camino
apropiado para alcanzar las aulas desde diferentes alternativas, fuera el
acceso de los conserjes o el de las mercaderías con que se surtían las cocinas.
Y en la acepción metafórica de puerta, con los
aprobados mediante diversas tácticas de copia y cambalacheo lograba una
encomiable presteza en superar los cursos.
Maestro
en el arte de “hacer mutis por el foro” pronto nació en nuestro afamado Pecunio
una decidida vocación hacia el teatro, lugar emblemático en la abundancia de
imprevistas entradas y salidas, tanto en lo referente a ubicaciones como a
situaciones. La “morcilla” es la otra puerta por antonomasia, burladero
encomiástico de los duendes de la farándula.
Mientras
se sucedían los apoteósicos éxitos en el mundo de la farsa en la farsa del
mundo encontró nuevas utilidades al uso de la otra puerta, descubriendo la
facilidad que resulta alcanzar el transporte público gratuito en el caso del
metropolitano utilizando como acceso las cancelas de salida, aunque de vez en
cuando tuviera algún que otro altercado con los controladores ferroviarios
cuando le exigían el título de viajero.
Como todo uso tiene su abuso también
comprendió que si inveterada costumbre le llevaba a incómodas situaciones
cuando trataba de entrar en los automóviles por el portón del maletero en vez
de utilizar las normalizadas puertas.
Estuvo
casado pero su vicio de utilizar siempre la otra puerta le impidió tener
descendencia.
Se
comenta que su conjunto pop favorito fuero “The doors” y que se le ponían los
pelos como escarpias escuchando los temas del desaparecido Jim Morrison. Y
siguiendo con el tema musical, nos preguntamos que si como Bob Dylan tuviera
que llamar a las Puertas del Cielo, ¿dónde encontraría su entrada alternativa?
